El laicismo a discreción personal

La Navidad cristiana impuesta desde el siglo IV, por decreto, al solsticio de invierno ocupa con su simbología grandes espacios públicos y de la mano de las grandes superficies, con su televisión, su presión gastronómica, su lotería y sus excesos para la salud nos ilustran sobre esta práctica a la deriva de la sinrazón y una sociedad cuyo valor supremo es el consumismo.

Recientemente hemos asistido a la polémica sobre el ángel del Belén de Xátiva, otro exceso rayano en el ridículo por las dimensiones y por esa invasión del espacio público para que a nadie se le olvide que estamos en la Navidad, es decir, el nacimiento de Cristo. Hoy también leemos que se declara bien de interés cultural la venida de la virgen a Elx. Parece que en el siglo XIV, en una caja aparecida en una playa con una imagen de la virgen estaba escrito «Soc per a Elx». ¿Puede ser esto declarado un bien de interés cultural? Lo que sorprende es que a esto se le llame bien cultural y valor identitario de un pueblo por parte de un gobierno llamado progresista.

El laicismo queda, por tanto, como algo que se utiliza a discreción, es un bufé libre, cada representante elegido puede hacer lo que quiera. Ciertamente, esta praxis es la que mejor asegura y legitima el poder de un Estado confesional porque parece basado en la libertad personal de las políticas de turno y no en un derecho a la igualdad de todas las conciencias.

¿Se imaginan ustedes que en las distintas áreas de gobierno como educación, medio ambiente, finanzas u otras, los responsables políticos y en función de sus convicciones personales dijeran e hicieran cosas contrarias a lo acordado? Rápidamente serían llamados a respetar lo decidido y su actuación sería muy cuestionada.

En clave únicamente valenciana, ¿qué ocurre con lo que partidos como el PSOE y Compromís tienen escrito en sus programas y parecen ser sus principios con respecto al Estado aconfesional, llamado también laico por ellos mismos? Pues que eso queda para el papel, ya que posteriormente sus representantes harán lo que en cada momento les interese. Es cierto que en València el alcalde Ribó no va a actos religiosos, pero en Benissa los concejales de Compromís, por poner un ejemplo, declaran que irán a las procesiones religiosas siempre. En el PSPV, a pesar de que su último congreso apostó claramente por la laicidad, nos encontramos con más de lo mismo: muy pocos representantes no asisten a actos religiosos.

La justificación ahora no es apelar a la religión aunque ésta es la raíz, no nos engañemos. Ahora se dice que «esto va mucho más allá de la religiosidad», e incluso se habla de tradiciones culturales e identitarias justificando actos donde vemos a Oltra, Morera, Puig y Cañizares y el belén cristiano al fondo.

Decir que toda la simbología religiosa y las tradiciones, además de estar pagadas con dinero público, tienen que ver con la cultura, debería provocarles sonrojo e indignación a sus votantes y también a sus militantes. Es el dogma de una religión que lleva siglos imponiéndose y ha conseguido con ayuda del poder político que esto parezca algo natural. Ninguno nos sentimos molestos con que practiquen en sus lugares, pero ¿también en todo el espacio público?

Los partidos supuestamente progresistas no tienen ningún interés en que la sociedad se regule con un modelo laicista de convivencia donde nadie tenga privilegios. Prefieren seguir con los de siempre, aunque ahora la justificación viene por la multiconfesionalidad, un poquito de reparto a las minorías religiosas para que los que están bien instalados sean inamovibles.

Raquel Ortiz

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*Los artículos de opinión expresan la de su autor, sin que la publicación suponga que el Observatorio del Laicismo o Europa Laica compartan todo lo expresado en el mismo. Europa Laica expresa sus opiniones a través de sus comunicados.

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