El juez se postra ante el cardenal

La primera fotografía de Carlos Dívar, en el ejercicio de sus recién estrenadas funciones, lo muestra postrado y complaciente ante un cardenal.

Aun admitiendo que la sola visión de Rouco Varela induce al encogimiento anatómico por impulso reflejo, el presidente del Tribunal Supremo quemaba en la hoguera de su gesto las obras completas de Montesquieu y la cita evangélica sobre Dios y el césar. La imagen no habrá pillado por sorpresa a Zapatero, que muestra una tendencia a la profanación teatral digna del Boadella anterior al PP. El líder socialista debió contenerse para no colocar directamente al prelado como presidente del Consejo General del Poder Judicial, consumando así el fecundo diálogo de las civilizaciones laica y religiosa.
Ante el nombramiento de Dívar, las valoraciones con sesgo progresista acentúan la afrenta a los juristas que no sólo disponen de un currículum, sino también de una trayectoria consagrada a alejar a la profesión judicial de los dogmas. Sin embargo, el bofetón resuena con más estruendo en las mejillas del clero postconciliar, que había abogado por la ruptura de los vínculos eclesiales con el poder temporal. Si la despolitización de la justicia -enarbolada por el nuevo presidente del Supremo en el ascenso a los cielos de su profesión- va a superponerse a la adscripción religiosa de su máximo intérprete, existen razones objetivas para preguntarse cuáles son las ventajas del aventurado tránsito. Si no existe ningún motivo de preocupación, el primer signo tranquilizador debió consistir en la supresión de la postración ante el cardenal.
En un Estado que presume de aconfesional y últimamente incluso de laico -la ley francesa al respecto data de 1905, por lo que la laicidad se habría estrenado con el retraso pertinente-, Rouco Varela logra ubicarse en el centro de todas las fotografías. El cardenal muestra una habilidad icónica que en la arena internacional sólo podrían disputarle Brad Pitt y Angelina Jolie. Su perfil imperativo captura siempre la atención del espectador. A cambio de la flagrante contradicción de oficiar la segunda boda de Letizia Ortiz, el purpurado comparecía ante el Rey armado de un báculo, francamente amenazador en sus manos y que en cualquier otro caso hubiera propiciado la rauda intervención de los escoltas.
Gran amante de la confusión, Zapatero inauguró la tendencia a viciar en origen las altas magistraturas del Estado con la digitación adelantada de José Bono al frente del legislativo, antes de que se abrieran las urnas y para que nadie incurriera en el error de pensar en una designación ajustada a los cánones democráticos. Estos gestos de largueza maquiavélica neutralizan la hostilidad que anida en el favorecido, pero cuesta imaginar la deuda contraída con Dívar. Y si el presidente del Supremo quiso exteriorizar una religiosidad más abstracta que alineada -al encorvar su cuerpo y humillar simultáneamente al entero poder que representa-, cabe preguntarse si también se postraría ante un imán.
Cuatro años antes de saber que presidiría el Supremo, Carlos Dívar presentó la ponencia titulada La fe, orientadora de mi vida jurídica y profesional. ¿Podría aspirar a la cumbre judicial el autor de El Islam, orientador de mi actividad jurídica y profesional? En el probable caso negativo, cabría reclamar dónde radica la diferencia entre ambos encabezamientos. La fotografía en que el cuerpo del juez se inclina disciplinado hacia el cardenal obliga a plantear asimismo si Rouco Varela es un ciudadano más, o si de la imagen debe extraerse la sumisión de un poder del Estado a una norma no escrita.
Cada país es un mundo, pero un juez que interpela en sus artículos sin sombra de ironía a «las fuerzas del mal» nunca hubiera ingresado en el Supremo estadounidense, ni siquiera bajo la presidencia del Bush, que colocó a Rumsfeld al frente de los ejércitos del imperio. En un principio, el énfasis en la consistencia religiosa del máximo responsable del órgano judicial parecía obedecer a un morbo periodístico. El tiempo y las indagaciones transcurridas han forjado la convicción de la ausencia de datos adicionales que avalen su pedigrí jurídico. En este sentido, la foto en que su cuerpo confiesa la superioridad del cardenal le hace justicia, por mucho que Zapatero la haya contemplado con la sonrisa del deber cumplido.

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