El ilusorio “éxito” de Francisco, bajo la lupa de un sociólogo de la religión

Panamá, Emiratos Árabes Unidos, Marruecos, Bulgaria, Macedonia, Rumania… Sólo en los primeros cinco meses de este año el papa Francisco puso en agenda tantos viajes fuera de Italia como los llevó a cabo anteriormente en todo un año. Y seguirán otros más también, a África y Asia. Esto es lo que hace también una “estrella” internacional. La imagen de la Iglesia católica se identifica cada vez más con la persona del Papa y con su “éxito” planetario.

Al nivel de la opinión pública el papa Jorge Mario Bergoglio goza seguramente de una amplia popularidad, incluso recientemente lograda en un país clave como Estados Unidos. Pero no sucede lo mismo para la Iglesia católica, que por el contrario, padece en casi todos lados un “fracaso” flagrante”.

Es esta contemporaneidad del éxito del Papa y del fracaso de su Iglesia uno de los rompecabezas de la sociología religiosa de hoy.

Un rompecabezas al cual da una respuesta original, en su último ensayo recién publicado, Luca Diotallevi, profesor de Sociología en la Universidad de Roma III y ex miembro senior en el Centro de Estudios de las Religiones Mundiales en la Harvard Divinity School, y politólogo de referencia de la Conferencia Episcopal Italiana durante el anterior pontificado.

Sin embargo, antes de intentar una respuesta a este rompecabezas, Diotallevi afronta otro que le es preliminar. Es la validez o no del paradigma clásico de la secularización, según el cual “más avanza la modernidad, más se marginaliza o directamente desaparece la religión, y con ella el cristianismo”.

Porque en muchos casos este viejo paradigma funciona, pero en otros no, como por ejemplo precisamente en el caso del papa Francisco.

Mientras que, por el contrario, en otros casos resulta ser un instrumento analítico muy eficaz la teoría de la diferenciación social elaborada por el sociólogo y filósofo alemán Niklas Luhmann (1927-1998).

Diotallevi dedica muchas páginas a ilustrar el paradigma luhmanniano. Subraya en ellas la validez, sobre todo allí donde ese paradigma muestra cómo todo subsistema en el cual una sociedad difiere las necesidades, para funcionar, de sus “lenguajes” especializados, que para la política pueden ser las leyes, para las sentencias el derecho, para la economía la moneda… ¿Y para el cristianismo? Diotallevi nota – justamente – que “no sorprende en absoluto que en el Concilio Vaticano II y en los años posteriores, en el centro del trabajo del catolicismo haya estado la cuestión de la liturgia y de su reforma”. A pesar de que en una sociedad de modernización avanzada, para una religión que quiera “decir Dios” a los hombres el rito no es la única de las modalidades comunicacionales posibles.

También para Luhmann, como para el paradigma clásico, la avanzada de la secularización signa el declive y la desaparición de las religiones que tienen un modelo “confesional”, que efectivamente hoy están en crisis en todas partes. Pero las religiones, y en especial el catolicismo, no son reductibles siempre y solamente a ese modelo.

Esto a lo que se asiste hoy en todo el mundo es efectivamente un boom religioso que no tiene nada de “confesional”, sino que es más que nada “una modernísima y desprejuiciada recuperación selectiva de las tradiciones”. Son “estilos, símbolos y retóricas utilizadas sin ninguna duda para penetrar en nichos específicos de mercado”, con “una primacía absoluta de la demanda religiosa sobre la oferta religiosa”.

Esta es la ”low intensity religion”, la religión de baja intensidad – escribe Diotallevi – que ocupa “el gran teatro socio religioso actual ”. También el catolicismo está ampliamente marcado por esto. Omite los vetos y las barreras que se oponen al consumo religioso individual, ignora los dictados doctrinales y morales que pretenden orientar la vida de los individuos y de la sociedad política, rechaza el arbitraje de una autoridad religiosa superior. La participación regular en los ritos declina, mientras el consumo individual de los mismos se hace cada vez más inorgánico e imprevisible.

Lo que ha de oponerse a esta mutación – sostiene Diotallevi – es sobre todo la forma de una Iglesia querida por el Vaticano II y por Pablo VI, una Iglesia proyectada por un “régimen de sociedad abierta y de libertad de conciencia”, una Iglesia capaz de combinar “alta autonomía y alta relevancia extra religiosa”. Ni Juan Pablo II ni Benedicto XVI – a su juicio – dieron sustancia adecuada a este proyecto, pero después llegó la “revolucionaria” renuncia de Joseph Ratzinger al papado para cerrar el largo paréntesis, que duró siglos, de la Iglesia católica “confesional” y para reabrir el espacio para una nueva relación del catolicismo con la modernidad avanzada.

En este espacio irrumpe en el 2013 el papa Bergoglio. Y así estamos hoy.

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Al llegar a afrontar el rompecabezas del éxito de Francisco en el interior de una Iglesia en pleno fracaso, Diotallevi escribe ante todo lo que es un éxito del actual Papa como “religious celebrity” no particularmente original, sino deliberadamente incrementado por el aparato mediático que lo circunda – sin valorar eficacia y costos – y peligrosamente inclinado a alimentar ese proceso de “reificación y mercantilización de la religión” que es típico del actual boom religioso.

Un segundo factor de éxito, para el papa Francisco, es – a juicio de Diotallevi – la atenuación del rigor doctrinal para orientar la praxis.

Un tercer factor es su elaborada simplicidad “franciscana”, la cual consiste en una estrategia hecha de “continua y razonada sustracción” respecto a los códigos de conducta papal del pasado y termina por confundir en él el rol de “jefe de gobierno” con el rol de “jefe de la oposición”, pero privado de verdaderos proyectos de reforma alternativos y necesariamente complejos.

Además – escribe Diotallevi – debe tenerse en cuenta un efecto de gran importancia y de largo alcance del éxito del papa Francisco. Es un efecto particularmente visible en Italia, pero no sólo allí. “Francisco produjo un terremoto en la identificación religiosa católica”. Mientras que antes los católicos más o menos practicantes tenían “como referencia de su propia pertenencia religiosa no al Papa, no a la diócesis, menos que menos a grupos y movimientos, sí a la parroquia, verdaderamente la más difundida institución religiosa con forma eclesial que ciertamente se puede no frecuentar, pero que no se puede elegir a gusto, con el papa Francisco esto ha estallado”. La referencia es él y basta. Esta personalización es un rasgo constante de la religión “de baja intensidad”. Si no la ha querido, ciertamente “el papa Francisco no la ha rechazado”.

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En cuanto al fracaso de la Iglesia católica, Diotallevi identifica una primera señal en el desmoronamiento de la cadena de mando que desde el Papa iba a los obispos, a los párrocos y a los diferentes niveles y oficios de la Iglesia. Ahora cada uno se mueve “con creciente y recíproca independencia” y “con referencias a autoridades reales distintas de las canónicas”.

Después está la pérdida de los recursos humanos: menos sacerdotes, menos religiosas, menos laicos en los movimientos y en las asociaciones. Todos ellos disminuyen en cantidad y en calidad. Y crece la tendencia “a ceder cada vez más a la exigencia de los consumidores”, obedeciendo paradigmas religiosos o culturales externos al catolicismo.

Se debilita también el interés de la Iglesia católica para influir en la configuración de la sociedad. Mientras, por ejemplo, se va transformando el perfil legal de la familia – advierte Diotallevi – “lo que falta o se atenúa es la participación de los católicos en el diálogo público, en las formas propias de la dinámica política”. En el campo de las obras católicas disminuye el compromiso sobre todo en la escuela y en la industria editorial, es decir, en los sectores con más alto valor agregado cultural, y está quien exalta esta falta de compromiso en nombre del pauperismo y de la laicidad. En Italia, el “proyecto cultural” promovido por la Conferencia Episcopal Italiana durante los dos anteriores pontificados ha sido cancelado, sin ser sustituido por algún otro proyecto.

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Ahora bien, entre estas dos tendencias que se propagan hoy en la Iglesia católica – entre una religión “de baja intensidad” y un neo confesionalismo residual-, ¿qué hace el papa Francisco? ¿Sus palabras y sus actos de gobierno “elaboran e implementan en medida adecuada, a más de cincuenta años de la finalización del Concilio, el programa de ese viraje eclesial”? ¿Con mayor razón hoy que “la Iglesia católica es más débil y los desafíos de la modernización avanzada se han vuelto enormemente más exigentes”?

A estas dos preguntas Diotallevi da respuestas negativas. Y las explica, entre otras cosas, tomando el ejemplo de “Amoris laetitia”, con su “degradación” de la doctrina sobre la familia, fingiendo no haberla rozado siquiera, con el resultado de pasar “del caso por caso al caos de un régimen de obispo por obispo”, según los sentimientos de cada uno. ¿Y entonces “como frenar la propagación del shopping religioso, incluso en el interior de la Iglesia católica”?

Otro terreno sobre el cual Diotallevi ve a Francisco dramáticamente lejos del gran proyecto eclesial del Concilio y de Pablo VI es el político. Sus discursos a los “movimientos populares” exaltan de hecho como principios “no negociables” la tierra, el techo y el trabajo, sobre el trasfondo de una idea del “pueblo” típicamente latinoamericana y peronista, totalmente incompatible con el popularismo de don Luigi Sturzo y de Giovanni Battista Montini.

En síntesis, entre una religión “de baja intensidad” veteada por un lado de pentecostalismo, y por otro lado el proyecto integral de renovación eclesial del Concilio y de Pablo VI, el papa Francisco da vía libre a la primera, así como al “embarazoso neoclericalismo”, inclinado esta vez a la izquierda, de muchos de sus cortesanos.

“Desde el punto de vista sociológico – concluye entonces Diotallevi – el éxito del papa Francisco y el fracaso de la Iglesia católica no parecen contradictorios en absoluto, porque independientemente de las intenciones de los protagonistas, las razones del éxito de Francisco no contrastan para nada con el proceso de progresiva descomposición del catolicismo”.

Otro problema además es que en el comienzo de este siglo XXI parecen estar en dificultades también las “sociedades abiertas”, las cuales se nutren de un relevante aporte del cristianismo, pero de las que ni siquiera el catolicismo romano puede prescindir, “como lo prueba el viraje eclesial del Vaticano II, desde la Declaración ‘Dignitatis humanae’ sobre la libertad religiosa hasta los discursos de Benedicto XVI en el Westminster Hall y frente al Bundestag”.

Pero para Bergoglio esto es hablar en árabe.

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