El humo y el bautizo

Los católicos son como los fumadores: no se dan cuenta de cuánto molesta su vicio a quienes no lo comparten. Lo sé porque fumaba y ya no fumo.

La Iglesia católica es una agrupación privada, a la que respeto tanto como al club de fans de David Bisbal y a la asociación de productores de cebollas. Por eso no logro entender que los miembros de ese club no me respeten a mí. Me molesta en particular que quienes tienen la afición privada de practicar una religión nos restrieguen públicamente sus ceremonias a los demás. Pagadas con dinero público. En la televisión pública.

No tengo nada contra la Familia Real como familia privada. Me da igual que en sus casas y/o palacios sean católicos, homosexuales, comunistas o jugadores de mus. Pero no comprendo por qué convierten el bautismo de una de ellos en una fiesta institucional. Estamos en un Estado aconfesional; ¿qué pintan los poderes ejecutivo, legislativo y judicial en el ingreso de un bebé en una confesión religiosa concreta?

Admito que la boda del Príncipe se convirtiera en un acto público porque el matrimonio tiene efectos jurídicos. Sin embargo, lo verdaderamente respetuoso con el pueblo español -con todo él: cristianos, musulmanes, ateos…- hubiera sido que celebraran el matrimonio 'real', es decir, el civil, de forma pública, y el 'simbólico', o sea, el religioso, en una reunión íntima. Pero un bautizo… ¿Qué efectos legales tiene un bautizo?

Dicen que España es un país católico. ¿En virtud de qué datos? ¿La obediencia de la población a las consignas curiles sobre sexo? ¿El número de bodas-circo (bautizos-circo, comuniones-circo…) religiosas? ¿Las equis en la casilla de la Iglesia en la declaración de la renta? ¿Las cifras de separaciones y divorcios…? Los países serios y verdaderamente aconfesionales ignoran qué religión profesa su población: no influye a la hora de gobernar. Como debe ser.

A veces se olvida que la mayoría de los españoles fuimos forzosamente educados como católicos por la dictadura. El Estado democrático, en lugar de preocuparse por 'desprogramar' a esas víctimas inocentes del proselitismo a menudo violento de la Iglesia, lleva casi treinta años financiando sus actividades. Agachando la cabeza. Siendo laico con la boca pequeña. Y cuando alguna vez el Gobierno osa recordar a los católicos cuál es su lugar, se revuelven y se echan a la calle para gritar.

Son como los fumadores: sale una ley para evitar que su humo invada el territorio de los no fumadores y ya se sienten perseguidos. Las religiones no provocan cáncer de pulmón, pero sí terrorismo y guerras.

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