El hombre soñado

Partiendo de un cuento sufí que refleja la tendencia del poderoso a autoadjudicarse un carácter divino e imponer la adoración a su persona, Iñarra se centra en la figura del Papa y de los reyes, que se apoyan en las ideas y emociones, previamente fabricadas, «inoculadas» en sus representados. La función de éstos es convencer a los demás de que eso es lo real, y su destino no dudar de que el Papa representa a dios o que el rey representa a su país, cuando, precisamente, «la duda es el único modo que posee el ser humano para defenderse de la verdad fabricada y los modos de pertenencia dictados».

«El ser humano ha poblado la historia de caprichosos dioses, violentos héroes, reyes omnipotentes, papas infalibles…».

Elia Lerga

Un rey mandó construir un templo e hizo colocar en él una gran estatua de sí mismo. Decretó que todos se postrasen cada día ante la estatua. No conforme con la sumisión de los que le rodeaban, dispuso que le trajeran las tres primeras personas con las que se encontraran. La guardia trajo entonces del mercado a un político, un periodista y un mendigo. El rey les dijo:

-Ésta es la imagen del único y verdadero Dios, postraos ante ella o vuestras vidas serán ofrecidas como sacrificio ante él.

El político pensó: «El rey está loco y me matará si no me inclino. Éste es evidentemente un caso de fuerza mayor». Dicho esto se postró ante la imagen.

El periodista dijo: «El rey ha perdido la razón y cumplirá su amenaza si no reconozco su divinidad. Por fortuna, yo soy quien decide cuál es la verdadera realidad. La imagen que yo honre será aceptada como el verdadero dios». Y se arrodilló.

Llegó el turno del mendigo, que no hacía ningún movimiento.

-Arrodíllate -dijo el rey.

-Majestad, yo no debo favores ni obediencia a ningún poder innombrable. Pero tampoco me debo al pueblo, que en realidad la mayor parte de las veces me corre a patadas de los umbrales de sus casas. Nadie me ha elegido para nada, salvo los pocos piojos que sobreviven en mi cabeza. En cuanto a mi vida, no creo que sea un bien tan preciado como para hacer ridiculeces para conservarla. Por lo tanto, mi señor, no encuentro ninguna razón valedera para arrodillarme aquí.

Dicen que la respuesta del mendigo conmovió tanto al rey, que decidió revisar sus propias posturas. Y mandó reemplazar el templo por una fuente y la estatua por hermosos árboles. Porque debajo de cada rey hay un hombre que puede despertar, siquiera brevemente, de su letargo endiosado.

Este relato parafraseado de un cuento sufí, ilustra la necesidad de deificarse el poderoso y de imponer, a continuación, su adoración. No es sólo vanidad o locura. Adorando la imagen de único y verdadero Dios, el rey obtiene la obediencia y sumisión de cuantos le rodean, y ese afán le vuelve voraz cuando intenta que todos y cualquiera acepten esa «verdad». El mendigo es el único individuo consciente capaz de detener y alterar el intento de apropiación y colonización, así como de institucionalización de la representación ideada por el monarca. Éste es un sembrador de creencias interesadas que, únicamente por la posición social que ocupa, le diferencian del simple delirante. En el texto se complementan dos niveles de representación. Una política: la representación monárquica. Y la otra religiosa: la imagen de dios. Ambas son obligatorias e insustituibles.

El que posee creencias necesita alimentarlas para sostenerlas. El que se erige en representante necesita de sus representados. Así, el rey necesita de sus súbditos, ahora llamados ciudadanos. El Papa, de sus creyentes católicos, y en particular de los mejor dispuestos para la obediencia y la fe. La representación, en estos casos, es una forma de relación de poder. El representante se apoya y crece con las emociones e ideas, que previamente han sido fabricadas e inoculadas en el representado. La función de éste será convencer a quienes le rodean de que eso es lo real y lo auténtico. Por ello su destino consiste en no dudar de que el Papa representa a dios, o el rey a su país, cuando en realidad no son más que ideas con las que el representado se identifica de tal manera que llega a pensar como creyente católico, o se convierte en un acérrimo defensor de la idea monárquica.

En ambos casos se trata de versiones que amagan perdurabilidad y que militan por desplazar la naturaleza de la vida: del sentimiento de trascendencia al Papa y del sentimiento de pueblo al Rey. Dos iconos patriarcales, dos ídolos, representantes de una sociedad androcrática, tristes centinelas que vigilan el orden jerarquizante, con la inestimable complicidad de los medios de comunicación. El representante transformado así en ídolo pretende ser idolatrado sobre un mundo previamente determinado por la aceptación o sumisión. Aquél por ser tal, desde instancias poderosas, ocupa un lugar preferencial en un sistema jerarquizado. Subyace a él la arrogante victoria del personaje entronado sobre el sumiso. Se convierte en el dueño de la representación, apropiándose del espacio simbólico compartido. Brotan los códigos del tratamiento que ponen verbal y gestualmente a cada uno en su lugar. A partir de ahí, en el ídolo agoniza la frescura de uno mismo y, simultáneamente, se frustra el acceso directo del tú a tú.

Los dos iconos que describimos, Papa y Rey, cumplen del modo más claro las funciones de la figura del poder. Diluyen dudas y muestran el camino de la verdad y el modo en que se debe pertenecer a una tierra. Moldean mentalidades, crean adeptos y partidarios, fomentando un tipo de moral acorde con los respectivos idearios. Así se expresa el poeta zen Ikkyû Sôjun, del siglo XIV-XV, en estos versos bajo el título «Bajo tus pies, el hilo rojo»:

«Aquellos que observan los preceptos son unos asnos/ aquellos que los rompen son seres humanos./ Las reglas diseñadas para atormentar la mente/ son tan numerosas como las arenas del Ganges».

Sin embargo, la duda es el único modo que posee el ser humano para defenderse de la verdad fabricada y los modos de pertenencia dictados. Además, la duda, unida al darse cuenta, es el único medio que existe junto a la reflexión autónoma para comenzar a desarrollar una sensibilidad y conciencia no dependiente de lo externo, de estructuras que excluyen y que impiden otras maneras de percepción menos restrictivas y alienantes. Modos reglados que generan impotencia y sumisión, entre los que hay que destacar las representaciones basadas en el poder de la individualidad.

La representación que aquí describimos y la idolización generan significados en torno a lo que debe ser la realidad. Aunque ya se sabe de su fracaso, pues ignora lo que es el ser humano. Se trata de formas de percepción pasajeras, interesadas, que arrebatan al representado su propio poder (lo enajenan) y que lo convierten en desplazable, en elemento estereotipado de una serie clasificable (lo alienan). El ídolo existe tan sólo si consigue ser idolatrado. Pero, sabemos, estimado lector, que ambos son solamente los soñadores de un mismo sueño. Una ficción repetida desde antiguo.

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