El fraude en la ciencia

Pero si algo bueno hay en la ciencia es que, tarde o temprano, se destapa el fraude.

En 1982 los australianos Robin Warren y Barry J. Marshall descubrieron que una bacteria de retorcido nombre, la Helicobacter pylori, presente en más de la mitad de la población mundial, era la causante de la gastritis y de la úlcera gastroduodenal. Marshall, al que no sé si calificarlo como valiente o como inconsciente, llegó a echarse un buen trago de cultivo del microbio para poner a prueba la hipótesis. Desde entonces sufre una molesta gastritis. Pues bien, a pesar de estar cargados de razón, la comunidad científica no aceptó los resultados de sus investigaciones hasta después de diez años, sobre todo porque sus primeras publicaciones no eran de mucha calidad.
Desde luego el mundo de la investigación científica no siempre es un mecanismo bien engrasado, y algunos hallazgos –y sus aplicaciones- tardan demasiado en ver la luz. Pero es todavía peor encontrarnos con científicos que no dudan en hacer trampa en pos del mantenimiento de la financiación, para pasar a la posteridad, o por no querer ver que la hipótesis a la que tantos desvelos han dedicado nunca se va a materializar como correcta.
Un caso muy reciente, y muy cercano a nosotros, es el del yacimiento romano de Iruña-Veleia, en Álava, donde en 2006 aparecieron grabados en fragmentos de cerámica los primeros escritos en euskera y el primer calvario, fechados entre los siglos III y IV. Las inconsistencias, como un incomprensible RIP sobre la cruz de Cristo han llevado a la palestra (y a los tribunales) al equipo del arqueólogo Eliseo Gil, después de que un comité de expertos haya concluido unánimemente que se trata de un fraude. Es posible que el engaño no haya partido del equipo de arqueólogos, pero si es así cayeron en la trampa cuando afirmaron tener “todas las pruebas” de que el hallazgo era auténtico. Sería un caso parecido al ya clásico de Paul Kammerer, a quien una cruel broma de sus ayudantes (inyectaron tinta en las patas a generaciones de sapos parteros) le llevó a concluir que Darwin estaba equivocado, y que la evolución era tal y como la había expuesto Lamarck: que los caracteres adquiridos se transmiten a la siguiente generación.
En la historia de la ciencia se han destapado muchos casos de fraude. Quizá recuerden el caso del coreano Hwang Woo-Suk, que consiguió nada menos que la portada de la prestigiosísima revista Science con su técnica de clonación de seres humanos. Al poco, la revista tuvo que admitir, para su sonrojo, que todos los datos habían sido falsificados. También le colaron un gol a la otra biblia de la ciencia, Nature, cuando en 1988 el homeópata Jacques Benveniste publicó su artículo en el que demostraba que el agua tiene “memoria” y es capaz de “recordar” las sustancias que en ella se han disuelto, lo que vendría de perlas para argumentar la magia homeopática. Al menos, los editores insistieron en condicionar la publicación a que investigadores independientes repitieran el experimento. Así se hizo, y jamás se consiguió el sorprendente resultado de Benveniste.
El hombre de Piltdown (a quien llegaron a clasificar como Eoanthropus dawsoni), un ser humano con un cerebro grande y con mandíbula simiesca, hallado en la época en que el “eslabón perdido” era el Santo Grial de la evolución humana; el impresionante hallazgo de la tribu filipina de los tasaday, tan en la edad de piedra que no tenían ni armas para cazar; o el anuncio de la fusión fría, que resolvería de un plumazo y para siempre el problema energético, son algunos de los casos más sonados de fraude científico.
Que los científicos sucumben a la tentación de engañar (o de no poner mucho interés en revisar resultados improbables que sustentan sus ideas) es evidente. Pero si algo bueno hay en la ciencia es que, tarde o temprano, se destapa el fraude. Que alguien repita tus experimentos para comprobar tus afirmaciones forma parte del juego científico. Por eso la ciencia es, casi con total seguridad, la ocupación donde más difícil se hace mentir, y como contraprestación, si estás en lo correcto, se va a saber. Por cierto, Warren y Marshall, los de la gastritis, fueron finalmente recompensados con el Nobel.

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