El fanatismo y lo que significa

Reseña del libro de Alberto Toscano, Fanaticism. On the Uses of an Idea, London, New York: Verso 2010.

I

En los años cincuenta, Jules Feifer acuñó el término "radical de centro" para ridiculizar en sus caricaturas la obsesión liberal con la moderación, obsesión que hoy en día retrata Jon Stewart del The Daily Show en su rechazo total de cualquier expresión militante y con  la marcha a Washington que él organizó en aras de "la razonabilidad" política.  Una expresión más alarmante de esa obsesión en la política contemporánea  es la manera en que los liberales se enfrentan al islam político: asocian sus objeciones válidas al clericalismo reaccionario y al asesinato de civiles con una falsa e insidiosa equivalencia y simetría  entre la violencia del opresor y el oprimido. Ignoran la distinción entre el problema de fondo – la agresión racista e imperialista – y el problema real pero en segundo plano – las creencias y prácticas de las víctimas.  Los proponentes más sofisticados de esta política liberal  se presentan como  portavoces de las mejores tradiciones del Iluminismo, de los valores de la razón, del liberalismo y del humanismo  del mundo occidental.  Asumen que el Iluminismo fue homogéneo y no una mezcla de corrientes liberadoras y revolucionarias (el Marxismo entre ellas) con otras políticamente reaccionarias.  También sugieren que el propósito de la política y acción de las potencias occidentales en el Medio Oriente y en Asia Central es defender valores morales y políticos y pasan por alto cómo esos valores se usan para encubrir y justificar una política y una táctica imperialista.

II

En su libro, Fanaticism. On the Uses of an Idea, Alberto Toscano traza la historia de la idea del fanatismo y presenta un riguroso estudio de los orígenes de la crítica liberal y conservadora del fanatismo. El autor estructura su obra como un tratado de teoría política y de historia de las ideas.  Indudablemente erudito, es sin embargo difícil de seguir en ciertos momentos, y parece estar dirigido a estudiantes de doctorado y profesores de teoría política al tanto de la literatura y las controversias en su campo académico, y no a una audiencia lega interesada en la política. Aún así es un estudio valioso y estimulante que expone a la luz asuntos relacionados con la militancia política y presenta  mucha información histórica. Al trazar los diferentes modos en que históricamente se ha usado la noción del fanatismo, Toscano describe como esta se ha vinculado con otros fenómenos como la violencia y la religión y la manera en que se ha blandido contra la izquierda y contra el islam político. También analiza las divergentes interpretaciones de la religión dentro del marxismo. 

El libro también presenta los diversos y hasta contradictorios sentidos que el término ha asumido en diferentes momentos históricos.  Así, por ejemplo, fue un epíteto que el ala radical del movimiento abolicionista asumió con orgullo una vez que personajes importantes,  como William Lloyd Garrison y Wendell Phillips, se caracterizaron como "fanáticos por definición propia." (9)  También fue un epíteto honroso en la Alemania nazi. (XXV)  Pero el hecho que el término se haya usado para referirse a una variedad tan amplia de comportamiento en contextos tan diferentes lo convierte en algo inútil: se aplica a demasiadas circunstancias históricas y por lo tanto no contribuye al análisis histórico.  Quizás un análisis sociológico –casi ausente en la obra de Toscano – pudiera haber aclarado el  significado específico que el término asumió en cada contexto histórico.

 Aun así, la discusión de Toscano es útil.  Para explicar cómo, aplicaremos la noción de "penumbra" en la jurisprudencia norteamericana  que articuló el Juez de la Corte Suprema William O. Douglas. Douglas recurrió a esa noción para defender el derecho a lo privado en la vida de las personas, un derecho que en sí no aparece de manera explícita en la Constitución de los E.U.  Según él, las garantías especificadas en la Carta de Derechos tienen "penumbras": emanaciones de esas garantías explícitas que le confieren a cada una de ellas vida y substancia y de las que se puede inferir el derecho a lo privado.  Similarmente se podría decir que la noción del fanatismo es parte de una "penumbra" que emana de otros conceptos mucho más precisos.  Uno de estos es la abstracción, que histórica y lógicamente resulta estar  conectada con, y es una parte fundamental de la noción del fanatismo.  Toscano muestra la relación estrecha que ha habido entre la crítica conservadora de la abstracción y su ataque al pensamiento político radical; asimismo señala que desde Edmund Burke, el pensamiento conservador ha subrayado la necesidad de basar la práctica política en el sentido común, la costumbre y la tradición en contra de lo que considera como las vagas abstracciones de los fanáticos.

En respuesta a Burke y al pensamiento conservador, Toscano trae a colación al filósofo alemán Immanuel Kant y la defensa que él hace de la abstracción y del entusiasmo revolucionario con respecto a la Revolución Francesa. (138)  Toscano señala que  para Kant, el fanatismo era una parte inmanente de la razón misma y que en el proceso de ser "incorporado" por ésta, la inoculaba contra sí mismo al separar sus usos legítimos de los ílegítimos. Era así como Kant trataba de distinguir entre el entusiasmo (como algo positivo y necesario) y el fanatismo.  Es muy revelador que un siglo después, Nietzsche, el santo patrón del postmodernismo,  estigmatizó el kantianismo como "fanatismo moral," por sujetar la vida a principios abstractos y transcendentales de la moralidad. (122) La interpretación que hace Toscano de Kant es particularmente interesante dada la imagen que actualmente se ha erigido del filósofo alemán como estandarte de la moderación y el cosmopolitismo ético liberal.

III

Hay otra serie de asuntos que, aunque no están directamente conectados con la noción de fanatismo, Toscano discute de manera muy interesante y provocativa.  Uno de ellos es la conciencia y la organización política.  Este es un tópico controversial asociado con el surgimiento de tradiciones intelectuales divergentes  dentro del Marxismo y otras corrientes de izquierda.  Uno de los conflictos entre esas tradiciones es  lo que, por falta de otros términos, se podría llamar el choque entre el análisis "racionalista" y el análisis "romántico" de la conciencia y acción política.  Uno de los mejores ejemplos de la versión "racionalista" marxista es Primitive Rebels, una de las obras más importantes del historiador británico E.J. Hobsbawm.  Es un estudio de rebeliones a través de varios periodos históricos que sugiere un desarrollo evolucionario de las formas que la rebelión ha asumido,  desde un nivel pre-político hasta un nivel altamente político en términos de conciencia y organización.  Lo "político" en este caso se refiere al grado y capacidad organizacional con el que el movimiento se avoca a la toma del poder del estado como  requisito necesario para implementar un programa de transformación social.  Como Toscano lo indica, Hobsbawm entiende lo "político" en términos de "la eficiencia, durabilidad y capacidad para generar un mundo nuevo y mejor." (51)

El análisis "romántico," en cambio, adoptado por la cultura política de la Nueva Izquierda, tiende a imbuir de significado político a una gran variedad de comportamientos, que van desde las actividades de ocio hasta la prostitución y el crimen; frecuentemente redefine estos comportamientos como expresiones de "resistencia."  Por cierto, el marxista británico Raymond Williams se ha referido muy acertadamente a estos tipos de comportamiento como "conductas alternativas" a la cultura dominante y señala que estas "alternativas" se dan y se mantienen al margen de la cultura dominante.  De ser así, su significado político es muy limitado dado que no desafían ni resisten el status quo.

Toscano no se relaciona con el análisis "romántico."  Se enfoca en una discusión mucho más importante que es la crítica a la perspectiva "racionalista" de Hobsbawm con respecto a los movimientos sociales, y  muestra como esa crítica ha desempeñado un papel importante en los estudios subalternos en India.  Esta escuela mantiene que la noción de lo "pre-político" en Hobsbawm no explica la lógica de las rebeliones campesinas del subcontinente indio y, lo que es aún más importante,  que desestima la conciencia práctica y la subjetividad política de los que repetidamente se rebelaron contra el imperio británico.  Los estudiosos de esa escuela también sostienen que la noción de lo "pre-político" sugiere una espontaneidad ciega y una conciencia falsa que no concuerda con las características de la insurgencia campesina.  Asimismo señalan que dado que la explotación económica de las masas rurales se basó en la fuerza directa del imperio, el movimiento de resistencia  contra el imperialismo tuvo que ser, por definición, político.

IV

Anteriormente mencioné que Toscano formuló su libro fundamentalmente como un tratado de teoría política y de historia de las ideas, y que le prestó muy poca atención a la sociología del fanatismo.   Para ser justo hay que mencionar que, en su Conclusión, el autor indica que "la pasión abstracta y demandas incondicionales" tienden a convertirse en una dimensión importante de la política cuando no existe un "espacio sobre el cual se puede negociar," como en el caso del abolicionismo. (250)  También señala que el fanatismo, entendido como una política de convicciones incondicionales y apasionadas, es de muchas maneras el producto de una crisis, cuando se quiebra el ritmo y el proceso normal de la política. (252)  Pero desafortunadamente, Toscano no presenta un análisis de las estructuras sociales ni de las condiciones que inclinan a las clases sociales o a sectores de estas hacia ciertas conductas políticas. Marx fue el pionero de ese tipo de análisis político socio-histórico en su 18 Brumario de Luis Bonaparte, donde expuso la base social de la política de los campesinos, del  proletariado lumpen y de las diferentes facciones de la clase en el poder en ese momento histórico.  Otro fenómeno de interés para el estudio de fanatismo desde esa perspectiva sociológica, es la conducta de sectores de la clase media y de estratos intelectuales que, en ciertos momentos, han optado por seguir la vía del terrorismo individual para forzar, en lugar de convencer a la gente, cierto resultado político.  Entre ellos están los "liberales con bombas" rusos que Lenin tanto criticó, así como los Weatherpeople norteamericanos de los sesentas y setentas.

V

El libro de Toscano también abre espacios para reflexionar sobre asuntos de importancia para los activistas políticos de izquierda, sobre todo porque son los que históricamente tienden a ser acusados de fanatismo.  Como Toscano señala, desde Edmund Burke la crítica conservadora de la revolución ha arremetido contra "el carácter desarraigado y geométrico de las ideas de la emancipación universal," ideas que ignoran las "diferencias nacionales, las jerarquías naturales y los límites de la potencialidad humana."  La critica liberal de la revolución también ha caracterizado las "abstracciones niveladoras del fanatismo igualitario como la negación violenta de una complejidad empírica que solamente se puede coordinar por medio de instituciones representativas y las transacciones del mercado."  (239-240)

Es aquí donde se vuelve pertinente la propuesta de varios filósofos del Iluminismo que sostiene que  la abstracción es la aplicación indispensable de la razón a los asuntos de la política.  Para los activistas políticos de izquierda es imposible entender el carácter sistémico de la explotación capitalista y proponer una alternativa  sin abstraer y generalizar. Es solo a través de la abstracción y generalización que es posible señalar el interés que une a los trabajadores del sector público y privado de la economía, a pesar de las diferencias reales que existen entre ellos.  Además de tener que recurrir a la abstracción, también es necesario el entusiasmo, la pasión y el odio a la injusticia, a la opresión y la explotación para poder participar y mantenerse en la lucha política. Pero eso no quiere decir que estas emociones son las que deben guiar y determinar la acción política. La razón y el espíritu crítico son requisitos para prevenir el dogmatismo, el triunfalismo y la brutalidad asociada con muchos tipos de cambio político, incluyendo las revoluciones.  Pero no por consideración hacia el enemigo, como generalmente se piensa, sino porque es la única manera en que se puede mantener la integridad de la causa, como lo expresa C.L.R. James en su obra clásica sobre la Revolución de Haití, con respecto al peligro de incurrir en la venganza:

La masacre de los blancos fue una tragedia; pero no para los blancos.  Por ellos, por los antiguos dueños de esclavos, los que solían quemar un poco de pólvora en el trasero del Negro, los que lo enterraban en vida para que los insectos se lo comieran, los que bien trató Toussaint y que, tan pronto como pudieron, volvieron a sus crueldades de antaño, por ellos no vale la pena malgastar una lágrima o una gota de tinta. La tragedia fue para los negros y los mulatos.  No fue política sino venganza, y en la política no hay lugar para la venganza.  A los blancos ya no había por qué temerlos, y las masacres sin propósito alguno degradan y brutalizan a la gente, especialmente a aquella que recién comenzaba como nación y que tenía un pasado tan amargo. 

La esencia del marxismo clásico es el espíritu crítico y el uso de la razón en la actividad política.  Estos se justifican por sí mismos a la luz de las experiencias del siglo veinte – al que se refiere Hobsbawm  como la edad de los extremos – y del siglo veintiuno.  No se trata ya solo de las hecatombes de la época de Hitler, Stalin,  de las torturas perpetradas por las dictaduras en la América Latina y de Pol Pot en Cambodia, sino también de incidentes de índole "menor" relacionados con trabajadores pobres, de minoría,  tales como el asesinato/suicidio de más de 900 personas en la selva de Guyana que organizó el Reverendo Jim Jones, un líder religioso carismático y paranoico de "izquierda."

VI

Es también a la luz de un espíritu crítico que se debe analizar el islam político, un fenómeno muy diferente del marxismo pero al que también han tildado de fanático.  La tarea política principal con respecto al islam político no consiste, como lo proponen algunos liberales y ex izquierdistas, en defender el Iluminismo liberal del fanatismo y la irracionalidad. Muchos de los supuestos defensores de la libertad individual han apoyado la prohibición del hijab en las escuelas públicas en Francia.  Ayaan Hirsi Ali ha sido ensalzada por la opinión conservadora y parte de la opinión liberal como una feminista valiente, pero pasa por alto el profundo racismo anti musulmán (y contra otras minorías) que actualmente reina en Europa y los Estados Unidos.  Muchos de los defensores del Iluminismo atribuyen el crecimiento del islam político al deseo de volver a poner a la mujer en su lugar, de restaurar el Califato y otras fantasías político-religiosas.  Pero ni siquiera consideran el papel fundamental que realidades sociales tales como el racismo y las políticas del imperialismo norteamericano y de la OTAN en el Medio Oriente y en Asia Central  han desempeñado en el desarrollo de ese fenómeno.  Y a pesar de la reciente historia en Iraq y Afganistán, reúsan enfrentarse al hecho que ni el liberalismo norte americano y europeo ni la intervención imperialista han podido emancipar a la mujer (ni al hombre) de las consecuencias reaccionarias de la religión, y que solo son los que sufren directamente bajo su yugo los que pueden liberarse mediante una lucha independiente.

Al mismo tiempo, precisamente porque la política radical de izquierda requiere del pensamiento crítico,  no tiene por qué ocultar sus valores y su política por miedo a ofender a los defensores del islam político solo porque ambos se oponen al imperialismo y al racismo. Oponerse al clamor creciente por la intervención militar de Israel y los EU en Irán no desdice lo reaccionario que son los pronunciamientos de Mahmoud Ahmajinedad, incluyendo su negación del Holocausto, ni lo represiva que ha sido su política doméstica con respecto a la oposición política y las manifestaciones públicas,  ni lo importante que es oponerse también a eso.  Asimismo, las duras y represivas leyes contra la blasfemia en Pakistán exigen una crítica firme, aunque se debe tomar en cuenta el significado que esas leyes tienen en el contexto de la sociedad pakistaní actual.   El amplio apoyo popular con la que estas leyes cuentan, que también incluye el apoyo del movimiento de los abogados, los que se han opuesto a otras medidas anti-democráticas, matiza la manera en que se articula la crítica , pero no impide la crítica misma.  Lo mismo aplica al análisis de la política de los mandatarios iranís, a pesar de su vulnerabilidad a las agresiones de los EU e Israel.

Para cerrar su estimulante estudio sobre el fanatismo, Toscano cita a Antonio Gramsci  cuando dice que "el recrudecimiento de las pasiones y del fanatismo," que "aniquilan el sentido crítico y lo corrosivo de la ironía," deriva de la percepción de un peligro enorme e inminente.  Pero para Gramsci ese fanatismo jamás podría generar un proyecto coherente y efectivo para reestructurar una sociedad.  En el mejor de los casos la podría reorganizar, restaurar, pero nunca podría conducir a la fundación de una nueva sociedad política. (252).  No hay nada que añadir (*).

Nota:

*Originalmente apareció bajo el título "The Meaning of Fanaticism" en International Socialist Review, Issue 79, September/October 2011.

Samuel Farbernació y se crió en Cuba y ha participado en la política socialista por más de cincuenta años.  Su último libro, Cuba Since the 1959 Revolution. A Critical Assessment, aparecerá en el otoño de 2001, publicado por Haymarket Books.

Traducción para www.sinpermiso.info: Selma Marks

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