El Estado laico frente a la amenaza del populismo

Marsilio de Padua (1274-1349) y Thomas Hobbes (1588-1679), dos filósofos que no fueron anticlericales, tampoco antirreligiosos, ni ateos, que no oyeron hablar de la palabra laicismo, coincidieron en que la legítima institución política, sea monarquía o república no se basaba en la revelación divina sino que derivaba del poder de la comunidad excluyendo toda potestad distinta de la justificada racionalmente.

También Martín Lutero el 31 de octubre de 1517 clava literalmente las Noventa y Cinco Tesis en la puerta de la iglesia de Wittemberg, Alemania. Este documento fue una protesta a puntos claves en la doctrina católica, influyendo directamente en las monarquías que deciden separarse del Estado Imperial Papal, suscitando a futuro algunas de las bases del Laicismo, recordando que gran parte de la historia del mismo comienza con el fin del oscurantismo de la Edad Media y la llegada del Renacimiento y posteriormente, el extraordinario legado de la Ilustración.

La filosofía de la política medieval era en esencia teología política, larga batalla que el incipiente liberalismo enfrentó para emanciparse del dominio de la Iglesia, en un contexto de resquebrajamiento de los dos poderes universales del catolicismo: Imperio y Papado.

En efecto, la humanidad ha hecho un largo peregrinaje hasta entender que los poderosos no encarnan la voluntad divina con el objeto de desprenderse de esa creencia en la que se había basado durante siglos el dominio sobre los pueblos, ya que la premisa de la modernidad establece que los hombres son soberanos para fijar sus leyes en vez de recibirlas desde la Providencia.

Por lo tanto un Estado laico es aquel donde los poderes de la Iglesia y el Estado se encuentran separados, su administración no es la resultante ni acepta la influencia de las creencias de cualquier tipo de religión. Al mantenerse independiente, no margina ni beneficia pero si establece igualdad ante las minorías, sean estas religiosas o de otra índole, sin interferir con el credo y sus actividades siempre que estas se realicen bajo los límites estrictos de la ley.

En el término que se establecen las libertades, cada hombre actúa de acuerdo con sus convicciones, siendo este derecho inalienable el que las sociedades teocráticas suelen combatir imponiendo su dogmatismo por sobre la libertad de conciencia, de culto y expresión porque no es un derecho arrogado por el Estado, el interpretar y/o interceder en la libertad de culto de los ciudadanos.

Para Carlos René Ibacache, miembro de la Academia Chilena de la Lengua, «El laicismo no es opuesto ni contrario, ni hostil, ni indiferente. No es ateo, ni teísta, ni deísta, ni panteísta, ni agnóstico. El laicismo estima que el problema de la divinidad, fundamento de las religiones, debe resolverlo cada persona y debe ser respetado ante cualquier conclusión, centrando su exposición en el aspecto objetivo de las cosas y no desde la perspectiva subjetiva”.

Es decir, Estado e Iglesia son entidades separadas diferenciadas por sus tareas. La función del primero es garantizar mediante su ordenamiento jurídico la convivencia pacífica entre los ciudadanos. En consecuencia el Estado es laico y no confesional, donde su norma se debe contraponer a conceptos sofistas promovidos por los sectores anti-laicistas.

Desde la época de la Ilustración, el secularismo plantea que las determinaciones del hombre en lo que respecta a su comportamiento social deben estar basadas en la ley y estas reglas de convivencia, establecidas dentro un marco puramente Republicano, deben ser creadas sobre pruebas y hechos concretos. Si así no lo fuese estarían siendo intervenidas por conceptos opuestos a la razón y a la capacidad de discernimiento, afectando el ejercicio pleno de los derechos y obligaciones de los habitantes, así como la justa aplicación de la ley.

A diferencia de la indubitable ética religiosa basada en la verdad absoluta y guía sobrenatural, el secularismo se fundamenta en la razón, la ética y la libertad de pensamiento y culto. Esta visión debe ser vista como una diversidad de convicciones basadas en el humanismo, el laicismo y el librepensamiento, debiendo formar parte de la educación del individuo a los fines de establecer íntimamente el concepto de la tolerancia, virtud fundamental para la convivencia y armonía entre los ciudadanos de cualquier país.

La influencia cultural religiosa como verdad revelada y absoluta intimida a mitigar angustia por la finitud de la vida con la promesa de la existencia eterna mediante la obediencia sin cuestionamientos, lo que podríamos catalogar como dogmatismo categórico, el que regido desde un Estado teocrático lleva al mismo mediante el concepto de unanimidad de la Iglesia/Estado hacia un populismo autócrata y absolutista que, fomentando el dogmatismo desde un criterio cuasi inquisidor, ejerce una potestad perversa sobre el ciudadano, lo aleja del progreso intelectual y del impulso racional hacia la libertad, inhibiéndolo de la búsqueda como planteaba Aristóteles de la felicidad como una actividad de acuerdo a la virtud, ya que el “Hombre feliz vive bien y en consecuencia obra bien”.

En definitiva, permítanme concluir que lamentablemente el populismo se construye sobre las bases del fundamentalismo ya sea este político o religioso o ambos a la vez por lo cual podemos percibir cómo los movimientos extremistas más allá de sus diferentes prédicas confluyen en un mismo objetivo: la muerte del liberalismo, el exterminio del pensamiento libre y la abolición de la razón, siendo reemplazada esta por principios dogmáticos de supuestas verdades absolutas, indemostrables e incuestionables.

 

Sergio Gentile Galli

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