El escepticismo feliz y otros ensayos, por supuesto, trágicos

«Dentro de su propia catástrofe, el escéptico puede ser hasta feliz, como afirma uno de estos guerrilleros, Héctor Subirats, en el libro que aquí se presenta al descrédito del lector. Porque a un escéptico no se le debe dar crédito ni tampoco creerle, después del esfuerzo que se impone para mostrarse gozosamente descreído. No se crean pues lo que van a leer, sino utilícenlo contra sus restantes creencias. Pongan este libro al servicio de su propia catástrofe y les servirá de parachoque contra alguna de las más frecuentes inmaculadas concepciones ajenas.» (del Prólogo de F. Saváter)
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Prólogo de Fernando Sávater

CONTRA LA INMACULADA CONCEPCIÓN

El príncipe de Saurau, uno de los personajes menos dado a las concesiones del poco dado a concesiones Thomas Ber nhard, establece en su célebre monólogo, al final de «Tras torno»: «En cada cabeza humana se encuentra la catástrofe humana que corresponde a esa cabeza.» Por favor, no miren a su alrededor: habla de todos. Además, tampoco hay nada de lo que avergonzarse. Lo malo no es llevar una catástrofe en la cabeza eso no es malo, sino inevitable sino proyec tarla sobre los demás, imponerla, convertirse en misionero o comisario de la propia catástrofe. Y lo peor es que en esa exteriorización nefasta quizá no influye para nada la voluntad del sujeto, sino que quiera o no quiera su catástrofe se le sale de la cabeza y marcha sobre los demás, impecable, implacable. Así empiezan las tiranías y los sistemas filosófi cos, el terrorismo y las doctrinas religiosas, los mesías, los ministros y los catedráticos, todos los que no renuncian a hacer algo por la Humanidad. Gente peligrosa, vamos, gente a la que se le sale la catástrofe del coco y que avanza vociferando y pisándosela a trompicones, entre el arrobo fatal de los pardillos y el pavor de los mejor avisados.

Contra la catástrofe que cada cual lleva en la cabeza, poco hay que decir (y ese poco es demasiado metafísico como para ponerlo aquí en dos líneas: lean a Pascal, por ejemplo) porque a fin de cuentas es la que corresponde a cada una de nuestras cabezas, la catástrofe que más se nos parece, aquella que nos hará perecer, desde luego y como no puede ser menos, pero perecer con el mínimo de sobresalto y con la mayor adecuación a nuestro caso. La invocación de Rilke -«concede, Señor, a cada cual su propia muerte, puede leerse así: «ya que nada puede apartar de mí la catástrofe que me pertenece, líbrame al menos de la catástrofe ajena». Con la catástrofe que le sale a uno de dentro hay modo de arreglárselas, por supuesto dejando el pellejo a tiras en la empresa: es una tormenta pero que no infrecuentemente recibe el nombre de «alegría». Pero la catástrofe que nos asalta desde el exterior, la catástrofe que otro me quiere meter dentro a martillazos, ya no es una tormenta si no un tormento. No sólo nos posee, sino que nos viola: se suma a nuestra catástrofe propia y la potencia, la precipita, la refuerza, la multiplica, la corrompe …

El que quiere imponer su catástrofe a los demás, el que padece una catástrofe contagiosa, siempre invoca para justificarse las más nobles razones o las más inocentes: es algo «útil», trae la «salvación» a quien le escucha, se trata de un «invento» suyo, del resultado de su «investigación», de una exigencia de la «salud pública», de la «verdad» misma que no es ni tuya ni mía sino forzosamente de todos. Lo que le ha ocurrido (que la catástrofe se le saliera de la cabeza y se fuese campando por sus respetos y sin respeto para nadie) nos dirá que se le ha ocurrido. El concepto nace blanco como un tierno corderito, aunque luego se convierta en Calígula: toda concepción es por dogma inmaculada. La historia del pensamiento filosófico, político o religioso de esta humanidad a la que por azar no del todo venturoso pertenecemos es el devenir sucesivo de inmaculadas concepciones catastróficas cuya proliferación cancerosa sobre poseedores de catástrofes propias individuales menos expansivas ha dado resultados patentemente atroces, aunque no puede negarse que ha dotado a la crónica de los siglos de cierta febril amenidad.

De vez en cuando, surge un guerrillero contra la inmaculada concepción de las catástrofes imperialistas. A tales guerrilleros (Pirrón, Montaigne, Madame du Deffand, Cioran, etc..) se les concede el nada honroso calificativo de escépticos. No se los toma demasiado en serio porque no hay forma de edificar nada sólido sobre la antidoctrina preventiva que segregan: no hay manera de organizar una cruzada ni un doctorado académico ni siquiera un proceso inquisitorial a partir del escepticismo, imagínense qué pobreza de recursos. Pero a los escépticos esta limitación no les preocupa, porque carecen de afanes misioneros o pedagógicos y sus dicharachos son del mismo tipo que la tinta del calamar: un dispositivo oscurecedor para despistar a sus agresores ideológicos y nada más. Lo que quieren los escépticos es que no les redoblen artificialmente su propia catástrofe mental con la imposición de catástrofes ajenas: en cuanto a propagar la suya, nada les interesa menos. Dentro de su propia catástrofe, el escéptico puede ser hasta feliz, como afirma uno de estos guerrilleros, Héctor Subirats, en el libro que aquí se presenta al descrédito del lector. Porque a un escéptico no se le debe dar crédito ni tampoco creerle, después del esfuerzo que se impone para mostrarse gozosamente descreído. No se crean pues lo que van a leer, sino utilícenlo contra sus restantes creencias. Pongan este libro al servicio de su propia catástrofe y les servirá de parachoque contra alguna de las más frecuentes inmaculadas concepciones ajenas. Vamos, creo yo.

 

 

libro El escepticismo felizFicha técnica:

Título El escepticismo feliz y otros ensayos, por supuesto, trágicos
Autor Héctor Subirats
Editorial Mondadori
Páginas 108
Fecha pub. 1989
Encuadernación
135×212 mm. Tapa dura
ISBN
84-397-1585-4

 


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