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El discreto encanto del yihadismo de clase media

Solemos imaginar a los extremistas como desesperados y pobres pero la experiencia en países como Bangladés muestra que muchos son hombres jóvenes licenciados en universidades privadas y resentidos ante la pérdida de estatus.

En cierto modo, Incitement de Alexander Meleagrou-Hitchens puede parecer algo anticuado. El objeto de su libro, Anwar al-Awlaki, lleva muerto casi una década, vestigio de una guerra olvidada. Awlaki, un yemení-estadounidense nacido en Nuevo México, trazó una sinuosa senda en el laberinto del islam radical dirigiéndose a jóvenes musulmanes descontentos en Estados Unidos y Gran Bretaña en la década de los noventa antes de mudarse al Yemen rural en 2004 y unirse a Al Qaeda en la Península Arábiga (AQAP, por sus siglas en inglés). Hablaba con fluidez inglés y árabe, estaba familiarizado con la cultura occidental y convirtió Internet en su púlpito para llegar a personas de todo el mundo con una mezcla tóxica de victimización y tergiversación de las escrituras. Publicó un sinfín de vídeos, escribió muchos tratados religiosos de amplia difusión y fundó la exitosa revista extremista Inspire. En el momento álgido de su influencia, se dice que discrepó en asuntos tácticos con Osama bin Laden y logró imponerse. Todo esto fue demasiado para la CIA, que en 2010 lo puso en una lista de objetivos a eliminar. Barack Obama ordenó su asesinato en 2011. Hoy en día, Awlaki es recordado principalmente como el primer estadounidense asesinado en un ataque con drones.

Incitement cubre dicho contexto biográfico al esbozar un retrato del enfant terrible del islam estadounidense. Gran parte del libro es un estudio detallado de la voluminosa producción de Awlaki, cuyas raíces políticas y teológicas examina Meleagrou-Hitchens concienzuda y atinadamente. Sin embargo, la razón por la que el libro cobra importancia ahora no son las creencias de Awlaki ni sus bombas, sino, más bien, el magnetismo de este pseudo predicador radical que lanzó un hechizo sobre tantos hombres descontentos por todo el mundo. Como muestra Meleagrou-Hitchens, Awlaki era una clase extraña de ideólogo moderno desligado de las limitaciones de la doctrina islámica formal –de hecho, quizás ni  familiarizado con ellas–, incluso cuando se presentaba a sí mismo como un verdadero intérprete del Corán, colmado de barba y túnicas. Su secreto radicaba en su capacidad para presentarse al público como un erudito salafista acreditado y un icono de la contracultura.

En esta historia tengo un interés personal. Hacia 2013 comencé a informar sobre una serie de asesinatos de activistas, blogueros y líderes de la sociedad civil, liberales y laicos de Bangladés cometidos por extremistas religiosos. A menudo los ataques eran bastante impactantes. Por ejemplo, el 25 de abril de 2016, el activista LGBTQ+ Xulhaz Mannan fue atacado en su piso de Daca por un grupo de seis jóvenes que lo mataron a cuchilladas a él y a un amigo antes de disparar a sus cuerpos mutilados al grito de “¡Dios es grande!”. Bangladés ha sido históricamente una nación musulmana tolerante cuya gente ha buscado interpretaciones del Islam más místicas y localmente relevantes, a menudo incorporando elementos del hinduismo. El islam radical es un fenómeno indudablemente nuevo en el país. Esto es en parte lo que me inquietó de los ataques.

Con su inglés fluido y su dominio de la cultura de Internet, Awlaki tenía un gran atractivo para una cohorte de bangladesíes que se inclinaban hacia el extremismo

Con el tiempo, mientras investigaba estos asesinatos, llegué a comprender que había una presencia yihadista transnacional plenamente desarrollada en Bangladés. Aunque los ataques fueron planeados y orquestados localmente, estaba claro que sus autores –muchos de ellos jóvenes de clase media descontentos– se estaban inspirando en yihadistas con un “perfil más amplio” en Oriente Medio y África del Norte.

El nombre de Awlaki se me iba apareciendo regularmente en estos círculos yihadistas. Con su inglés fluido y su dominio de la cultura de Internet, tenía un gran atractivo para una cohorte de bangladesíes que se inclinaban hacia el extremismo. Se les presentó como una figura heroica, lo suficientemente audaz como para darle la espalda a los supuestos valores de Occidente y lo suficientemente noble como para preconizar las frustraciones de quienes se encuentran en las supuestas zonas de influencia de la globalización.

Otros eruditos corroboraron mi observación. Según el experto en inteligencia Ashequl Haque, Awlaki fue una importante fuente de inspiración para Jasimuddin Rahmani, el guía espiritual y cofundador de la filial local de Al Qaeda, Ansarullah Bangla Team, que más tarde juró lealtad a una organización más grande, Al Qaeda en el Subcontinente Indio (AQIS, por sus siglas en inglés). “Rahmani estaba muy influenciado por Awlaki”, me dijo Haque recientemente por correo electrónico. “Sus sermones a menudo [estaban] copiados directamente de Awlaki. Rahmani fue el primer gran divulgador yihadista que trabajó en idioma bengalí para llevar la ideología yihadista global a [una] audiencia de habla bengalí”.

AQIS fue –y sigue siendo– la organización extremista más activa sobre cuyos delitos he informado. Aunque se centra en una sola persona geográficamente alejada de Bangladés, Incitement arroja una luz esclarecedora sobre sus operaciones.

AQIS se fundó en Pakistán en 2014 y muy probablemente lo hiciera el incondicional yihadista egipcio Ayman al-Zawahiri. Con el tiempo, este equipo regional se extendió a un “grupo” local de células en el sur de Asia, incluido Bangladés. Sin embargo, su proliferación no fue dirigida por una autoridad central, sino que surgió “de abajo hacia arriba”. Las unidades AQIS individuales a menudo comienzan como grupos de oración en universidades privadas –es decir, más ricas– o incluso como grupos de Facebook. La mayoría no va a ninguna parte, pero algunas persuaden a sus miembros para que hagan un juramento de lealtad a AQIS. Si son aceptados por el grupo transnacional (los rechazos no son infrecuentes), se convierten en socios menores de una agrupación.

El activo más tangible que ofrece un grupo transnacional como AQIS o ISIS (que en la misma época también comenzó a proliferar en Bangladés) es su aparato mediático y su “marca”. En 2016, por ejemplo, la unidad central de ISIS “transmitió en directo” un ataque a la panadería artesanal Holey de Daca que llevaron a cabo sus seguidores bangladesíes. Mientras los yihadistas locales secuestraban un restaurante donde mataron a veintinueve personas, ISIS compartía fotos de la salvajada con sus socios seniors, quienes a su vez las transmitían por Internet, en lo que se consideró una especie de primicia.

Dicho esto, el nivel y las formas de cooperación entre los grupos transnacionales y sus agrupaciones es motivo de controversia, y las unidades individuales tienen varios grados de representación. En la práctica, las herramientas para la violencia generalmente se obtienen localmente, al igual que los objetivos. Pero los propios actores ya no están solos; ahora son parte de una lucha aparentemente gloriosa en nombre de la umma, la comunidad mundial de musulmanes. En ese sentido, lo que ofrece una franquicia transnacional como Al Qaeda es una especie de sentimiento de pertenencia. 

De hecho, el sentimiento de pertenencia es fundamental en la historia que Meleagrou-Hitchens cuenta en su libro. Este presta mucha atención a las hábiles comunicaciones de Awlaki por Internet –algo que las unidades de AQIS intentan emular– y revela cómo, para cierto tipo de extremista moderno, la mensajería online fácilmente digerible se había vuelto tan importante como el acto violento en sí. Revela el atractivo que Inspire, con su diseño gráfico de calidad superior y su estilo retórico, tiene para los hombres musulmanes jóvenes, descontentos, que han nacido con Internet y que se sienten alienados de las ideologías occidentales que impregnan los medios tradicionales. Este tipo de propaganda es crucial para ofrecer a individuos dispares, que a menudo están relacionados de forma tendenciosa con diferentes células extremistas o bajo la influencia de ciertas culturas, una sensación de parentesco con un movimiento coherente.

Así como la propaganda por Internet es importante, también lo es el mensaje presumiblemente enviado a través de acciones violentas. En esto, los equipos de AQIS de Bangladés se diferencian de las filiales locales del Estado Islámico. Si bien las filiales de ISIS tienden a cometer acciones aleatorias de asesinatos en masa, AQIS adopta un enfoque más mesurado, asesinando en nombre de lo que describen como “valores sociales”. En la práctica, esto significa apuntar a una figura laica o liberal, y luego enmarcar el ataque como una especie de respuesta anti-imperial a los valores estadounidenses: un movimiento retórico sacado directamente del manual de estrategias de Awlaki. Como describe Meleagrou-Hitchens, Awlaki presentó “los llamados valores e ideas occidentales… como una influencia perniciosa sobre los musulmanes, que tenían que protegerse aislándose más”. Solía ​​quejarse empalagosamente de que las ideas occidentales se estaban “imponiendo a la fuerza a todo el mundo en la faz de la tierra”. (En respuesta, Awlaki discutió la noción de al-wala al-bara, que representa la unidad y el rechazo a las influencias de cualquier idea exterior que supuestamente engañan y corrompen).

El asesinato de Xulhaz Mannan es un buen ejemplo. Además de dirigir una publicación LGBTQ +, Mannan trabajó para la agencia estadounidense [de cooperación internacional] USAID. Y en la declaración donde reivindicó la autoría de su asesinato, AQIS concentró su propio fanatismo homofóbico con acusaciones retóricas del gran Satanás:

“Estamos asombrados por la desvergüenza de estos estadounidenses. Son los que continuamente cometen crímenes contra la ética humana fundamental, la moralidad, los valores de la civilización y la humanidad. Ellos son los que trabajan sin descanso para difundir su propia depravación, obscenidad, perversión, maldad y libertinaje por todo el mundo… ¿Y estos son los descarados que se atreven a enseñar humanidad y moralidad a los musulmanes de Bangladés?”

El asesinato de Xulhaz Mannan fue un triunfo de propaganda. No solo movilizó a los seguidores de AQIS, sino que obtuvo la aprobación tácita del ministro del Interior de Bangladés, Asaduzzaman Khan. “Nuestra sociedad no permite ningún movimiento que promueva el sexo antinatural”, afirmó Khan. “Escribir a su favor es equivalente a la comisión de un delito según nuestra ley”. No importa que el ministro del Interior se equivocara con la ley, que solo criminaliza un acto sexual específico, no un discurso a favor del mismo. Lo más irónico es que el origen de las órdenes judiciales contra la sodomía en Bangladés no es el Corán, sino la ley colonial británica. Los juristas victorianos estaban tan preocupados por “el abismo del pecado” en el siglo XIX como lo están ahora los líderes de Al Qaeda.

Grupos como AQIS terminan desarrollando estructuras jerárquicas claramente desiguales que son bastante contrarias a los objetivos expresos del islam

Meleagrou-Hitchens lleva a cabo un trabajo minucioso al explicar el alcance y el atractivo de las ideas de Awlaki. Lo que pasa por alto –lo que la mayoría de los comentaristas pasan por alto– son las diferencias de clase que hay entre los partidarios de la “guerra santa” de Awlaki. Tendemos a imaginar a los extremistas y los terroristas suicidas como individuos desesperados procedentes de los peldaños más bajos de la sociedad; esto puede ser cierto en países como Irak y Afganistán. Pero en Bangladés, como en muchos otros centros de yihad transnacional, son los miembros de la clase media los que tienen más probabilidades de unirse a los grupos terroristas. Esto resultará evidente para cualquiera que vea la mensajería o chats por Internet de AQIS, donde los vagos llamamientos izquierdistas comparten espacio con el tipo de temas de actualidad que encontrarías en el muro de Facebook de un estudiante de clase media, como las protestas por los accidentes de tráfico en Daca. En un artículo de 2016, el politólogo Ali Riaz señaló que un porcentaje elevado de los detenidos vinculados con el terrorismo en Bangladés eran cultos. (Del mismo modo, en su libro de 2016 Engineers of Jihad [Los ingenieros de la yihad], los académicos Steffen Hertog y Diego Gambetta demostraron que existe una relación estadística entre la educación superior y la probabilidad de participar en actividades extremistas, en líneas generales, en el mundo entero).

Un resultado de esta división de clases es que grupos como AQIS terminan desarrollando estructuras jerárquicas claramente desiguales que son bastante contrarias a los objetivos expresos del islam. Los líderes o teóricos de los grupos extremistas tienden a proceder de entornos de clase media y tienen títulos de universidades privadas; se centran en los elementos de “cuello blanco” de la yihad: relaciones públicas, editoriales, mensajería online, troleo, etc. Por el contrario, los soldados rasos tienden a ser jóvenes que proceden de clases bajas y, por lo general, del campo; más labores “obreras” como la obtención de armas, la vigilancia y, por supuesto, el asesinato divino se les deja a ellos.

Dos episodios recientes demuestran esta estratificación social. El primero es el asesinato de un bloguero ateo, Washiqur Rahman. En la mañana del 30 de marzo de 2015, Rahman se dirigía al trabajo cuando fue atacado por tres jóvenes con machetes. No satisfechos con los golpes que le asestaron en el rostro, que fueron fatales, los asaltantes se inclinaron sobre su cuerpo y le apuñalaron. Cuando trataban de alejarse del cadáver destrozado, una mujer transgénero de veintiún años, Labannya, salió a la calle y cogió a dos de los agresores. Un machete cayó de una mochila mientras trataban de zafarse. La policía llegó enseguida al lugar de los hechos.

Estos fueron de los pocos asesinos de AQIS que resultaron atrapados con las manos en la masa. Cuando fueron interrogados por la policía, se supo que ni siquiera sabían qué era un blog. Ambos fueron educados en seminarios religiosos (madrasas) que acogen a estudiantes cuyos padres simplemente no pueden permitirse el lujo de alimentarlos o educarlos. Claramente, uno de sus supervisores había “instruido” a estos hombres para que cumplieran una misión. No se trataba tanto de una cuestión de violencia divina como de una subcontratación laboral.

Por el contrario, analicemos la historia de dos hermanos bangladesíes que buscaron y contactaron directamente con Awlaki. Rajib y Tehzeeb Karim eran parte de una familia bangladesí socialmente en ascenso; el suegro de este último había fundado uno de los bancos islámicos más grandes de Bangladés. Después de algunos episodios inquietantes en su vida personal, incluida la pérdida de un hermano mayor, Tehzeeb viajó a Yemen en 2008 para trabajar con Awlaki en Inspire. Mientras tanto, Rajib se mudó con su familia al Reino Unido en 2006 para trabajar en TI; finalmente, encontró un trabajo en British Airways.

Awlaki se emocionó al saber que el respetuoso Rajib trabajaba para una aerolínea. Pensó que esta sería una forma de colocar un paquete en un avión que volaba a Estados Unidos. Pero Rajib no estaba tan interesado en orquestar un ataque terrorista real. Simplemente quería seguir a su hermano a Yemen y disfrutar de un troleo prototeocrático en Internet. Sin embargo, ante la insistencia de Awlaki, Rajib intentó movilizar a “dos hermanos” que trabajaban en la manipulación del equipaje, pero antes de que nada pudiera suceder, los servicios de seguridad interceptaron sus comunicaciones y el gobierno británico le arrestó y encarceló treinta años.

Finalmente, la llamada divina no pudo competir con la división del trabajo de la clase media o la aspiración de sentarse detrás de un ordenador. Rajib y Tehzeeb sencillamente eran unos niños de tercera generación, educados e insatisfechos, con un pie en Occidente y otro firmemente plantado en Internet, un mundo que prometía ayuda religiosa así como el estatus social que tanto ansiaban. Al abrazar la yihad habían elegido una carrera difícil, pero querían un trabajo administrativo y de cuello blanco en el movimiento.

En Occidente, la historia de Awlaki suele presentarse como una parábola sobre los peligros que supone el terrorismo “autóctono” para Estados Unidos y Europa. Esta preocupación por su influencia sobre los llamados “lobos solitarios” está más que justificada. Pero quizás la verdadera relevancia de Awlaki reside en países en desarrollo como Bangladés, donde la seguridad material, familiar e identitaria se encuentran en un estado de mayor incertidumbre. Algunos hombres de estas sociedades sienten de repente una gran angustia por su posición social, que cada día desciende más. Al mirar a su alrededor, ven que cada vez más mujeres obtienen ingresos, que la tierra –de la que antes se podía depender alquilándola u explotándola– está perdiendo valor económico (cuando no está siendo anegada), y ese estatus y aspiración, cuyos barómetros eran seguros y estaban localizados, se miden cada vez más a escala internacional. Es posible que estos hombres no estén económicamente necesitados, pero se perciben a sí mismos tremendamente lejos del “centro” de la narrativa globalizada de la existencia compartida que está ganando terreno en Internet.

Tales hombres experimentan una fuerte sensación de lo que pensadores como el sociólogo alemán Max Scheler denominan resentimiento. Para ellos es como si el mundo estuviera sumido en el caos y desean lo que Hertog y Gambetta describen como “sed de orden”. La genialidad de Awlaki radicó en fundar su discurso sobre este malestar. Al despojar al Islam de su complejidad bíblica y desafíos lingüísticos permitió que los jóvenes que carecían de ataduras sintieran que estaban en contacto con la pureza teocrática, cuando en realidad estaban absorbiendo una versión diluida de la religión, a lo Hans Christian Andersen. En esto, Awlaki no es tan diferente de la también estrella de YouTube Jordan Peterson, cuyas 12 Rules for Life: An Antidote to Chaos [12 reglas para la vida: un antídoto contra el caos]también ofrece una cura claramente masculina para descomposición de la sociedad. La coincidencia entre pensadores aparentemente diferentes debería decirnos algo sobre el frágil ego del hombre moderno ávido de estatus, ya sea en Mirpur o Maryland.  

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Este artículo se publicó originalmente en inglés en The Baffler.

Traducción de Paloma Farré.

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