El «Diccionario amoroso de la laicidad» de Henri Peña Ruiz

Este libro es oportuno. Por varias razones, de hecho. Primero, porque Henri Pena-Ruiz es un intelectual francés central en el tema de la laicidad; segundo, porque esta obra es ella misma la prueba del vínculo carnal entre el principio de laicidad y todo pensamiento emancipatorio; por último,  porque este objeto es una herramienta agradable y útil para todo el público.

En la confusión intelectual ampliamente mantenida por los medios de comunicación, por las élites políticas neoliberales de izquierdas y derechas, pero también por las élites intelectuales y de la izquierda languideciente, raros son aquellos puntos de luz a partir de los cuales podemos reconstruir un pensamiento nuevo, coherente y emancipatorio. Henri Pena-Ruiz es uno de esos puntos de luz. Como polemista, como intelectual y como globalizador del pensamiento. La historia de la lucha laica desde final de los años 80 no puede escribirse sin él. Como de hecho, no puede escribirse sin Chatherine Kintzler y Eddy Khaldi, y los militantes que durante este periodo han llevado a cabo la lucha laica. Lo encontramos en posición de combate durante todo este período: en los debates públicos, en la escritura, en la Comisión Stasi, en sus consejos, en su eclecticismo tanto en sus diversos campos de acción como en su propensión a ligar el principio de laicidad al resto del pensamiento emancipatorio.

Si es usted como yo, un enamorado de los diccionarios y las enciclopedias, arrójese sobre este libro. Si es como yo, incapaz de empezar un libro por el principio; arrójese sobre este libro. Si quiere entrever el vínculo carnal entre el principio de laicidad y un pensamiento vivo en nuestro tiempo, arrójese sobre este libro. Será sorprendido en el buen sentido de la palabra como lo he sido en la lectura de las más de 250 entradas que contiene este diccionario. Encontrará todas las entradas sobre habituales sobre este tipo de asunto que no voy, obviamente, a enumerar. Pero tal vez se sorprenda como yo, siempre en el buen sentido del término, al leer las entradas “Averroes”, “Bayle”, “Belaïd Chokri”, “Comuna de Paris”, “Dostoïevski” ,“Locke”, “Marx”, “Moral”, « Respecto de las creencias… o de los creyentes », etc. Verá usted un pensamiento preciso que no confunde “Antisemitismo” con “Antijudaísmo”, “Laicidad” con “Tolerancia”. Un pensamiento preciso sobre lo que es el “Concordato”, el “Clericalismo” y otras muchas cosas. Aprenderá cosas sobre “Dante”, “D’Holbach”, “Diderot” o “Spinoza”. Encontrará en fin una entrada seria sobre el Sionismo, mientras que ese término es denostado tanto por la izquierda como por la derecha.

Leer este diccionario es hacer vibrar la laicidad dentro del entorno global y social y no en una habitación aparte aislada de la verdadera vida.

Tengo críticas que hacer a este libro. ¡Desde luego! Pero las tendrá usted también puesto que es un lector vivo. Sobre la entrada “Cataro”, no he podido leer el vínculo ideológico ya existente en Europa desde los dualistas como por ejemplo con los Bogomiles, su crítica al Antiguo Testamento, etc. No he leído la entrada sobre Jean Zay (y sus dos circulares que prohíben los signos religiosos y políticos en la escuela en1937), sobre Buisson, sobre aquellos que han “traicionado” la lucha laica.  Pero este diccionario ya tiene más de 900 páginas… ¡por sólo 25 euros!

Léalo. Repóselo para asistir otras ocupaciones necesarias. Vuelva sobre él para releer alguna entrada específica. Repóselo de nuevo. ¡Haga leer a sus amigos las entradas que le llamen la atención! En fin, no tenga miedo a las lecturas vagabundas sin las cuales el placer no es completo.

Gracias, Henri.

Traducción para Laicismo.org de Daniel Peres Díaz.

Entrevista a Henri Peña Ruiz en Radio Classique

A continuación se reproduce la entrevista realizada a Henri por Olivier Bellamy en Radio Clasica transcrita por M. Bafour y revisada  por M. Cabotte-Carillon. Traducción para Laicismo.org de Daniel Peres Díaz

Henri Pena-Ruiz, es usted filósofo, escritor, maestro de conferencias en Ciencias Políticas y acaba de publicar en Plon un “Diccionario amoroso de la laicidad”, sin duda, apasionante. Uno de los autores que más frecuentemente vuelve sobre su pluma es Víctor Hugo, por el cual usted siente una pasión especial.

Sí, Víctor Hugo era creyente, pero al mismo tiempo era profundamente laico. De hecho, no debería decir “pero” porque no hay contradicción, al contrario de lo que defiende un contrasentido demasiado expandido que asimila laicidad con ateísmo militante. Está claro que la laicidad permite a “aquel que creía en el cielo y a aquel que no creía en cielo”, por retomar el poema de Louis Aragon, vivir juntos, con los mismos derechos, con la misma libertad de conciencia. No obstante, Victor Hugo, cincuenta años antes de la ley de 1905, ideó una formula muy simple, grabada en el mármol, que decía: “Quiero el Estado dentro de su casa y la Iglesia dentro de la suya”.

Jesucristo dijo “demos al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”, dos mil años antes.

Con la salvedad de que para Jesucristo hay al menos una fuerte ambigüedad si nos referimos a San Pablo.

San Pablo no es Jesucristo.

No es Jesucristo, pero puesto que dice que “todo poder emana de Dios”, entonces César también emana de Dios; y sometiéndonos al César, nos sometemos también a Dios. Lo que quiere decir que César es el poder indirecto de Dios.

Es la explicación de San Pablo, con toda la radicalidad de un converso, Saül devino Paul entonces…

Sí, pero, por mi parte, no estoy convencido de esa idea muy expandida según la cual el cristianismo sería una fuente intelectual de laicidad; no la puedo aceptar porque, si fuera cierto, ¿por qué ha estado la Iglesia durante quince siglos en confrontación con los poderes establecidos? ¿Por qué ha pasado esa alianza a menudo mortífera con el César?

La Iglesia no ha respetado siempre el mensaje de amor de Jesucristo.

Sí, pero es al menos extraño que una Iglesia, es decir, una institución encargada de hacer valer el mensaje primitivo, haya burlado la supuesta regla de separación entre religión y política. Debemos recordar al menos que los Santos, como por ejemplo el San Bernando de Claraval, inventaron un dogma terrible: “la teoría de las dos espadas”. Según esta teoría, la Iglesia tendría a su disposición la espada espiritual de la excomunión para cazar a los herejes de la comunidad cristiana, y la espada temporal, hecha de acero, que penetra las carnes para colocar al poder temporal al servicio de la doctrina de referencia. Es algo terrorífico.

Países que se hacen reclamar como laicos, países como el Irak anterior a la invasión o la Siria de hoy, no están exentos de toda falta. Por lo tanto, la laicidad no es la verdad libre de cualquier impureza.

Sí, estoy de acuerdo, pero ahí parece usted hacer una comparación implícita entre la laicidad, que es un ideal de emancipación, de libertad de conciencia, de igualdad entre creyentes y ateos, y una recuperación, o una tentativa de recuperación ideológica, que han llevado a cabo algunos poderes los cuales son totalmente condenables. No podemos hacer esa comparación.

La Iglesia nunca ha sido recuperada por poderes reales, ¡centrales!

¿Piensa usted que no ha sido recuperada por poderes centrales? No sólo ha sido recuperada, sino que ha sido parte integrante de esta confrontación. Esto es tan cierto que, cuando la ley de 1905 separa Estado e Iglesia, tal como pretendía Victor Hugo, la primera encíclica del Papa es “Vehementer nos”, que significa “Nos hacen violencia”. Diciendo que la religión no compromete nada más que a los creyentes y que no tiene porqué involucrar a todo el Estado. Por tanto, es algo muy simple. La laicidad comienza con una frase muy simple: la religión debe ser libre, pero sólo involucra a los creyentes y los creyentes no tienen porqué imponer su visión del mundo a los ateos o agnósticos.

Henri Pena-Ruiz, ha elegido usted, lo que va a aligerar el debate, Pasacalle de las mantillas, extraído de la zarzuela “El último romántico” cuya cantante es Teresa Berganza. Ella ha defendido siempre este repertorio, siempre se ha elevado, como solo puede hacerlo una gran dama española, a veces con vigor, contra quienes desprecian este género, esta especie de ópera popular. ¿Es una referencia a sus raíces españolas?

Absolutamente. Es una pequeña madalena proustiana, una escalada hacia la infancia, como decía Bachelard.

Henri Pena-Ruiz, incluso si afirma que la laicidad consiste en amar una abstracción, usted le da vida desde el prefacio con la expresión “cara de Mariana”.

Sí, es totalmente cierto. De hecho, Descartes dice en un texto muy bonito: “Desde el momento en que el espíritu humano concibe una idea y se adhiere a esa idea, esa idea enciende una emoción”. Experimentamos la emoción de vivir en una República, una cosa común a todos. Una República que dice a los creyentes, ateos y agnósticos: “He aquí que no haré distinciones entre vosotros, seréis tratados igualmente, disfrutaréis de libertad de conciencia, pero deberéis respetar la ley común”. Y debo decir que no he escrito mi “Diccionario amoroso de la laicidad” sólo con la razón, sino también con el corazón. Platón dice que a menudo el corazón participa de la razón, y me gusta mucho lo que escribía Victor Hugo al final de su vida en una carta a Georges Sand. Rememorando todas sus luchas por la emancipación, afirmaba: “he pretendido que el corazón piense”. El corazón que piensa… Es totalmente cierto que hay un resorte de emoción cuando pensamos en esa República simbolizada por una alegoría: esa mujer que porta el gorro frigio del esclavo liberado, es decir, que simboliza la emancipación, la liberación. Se da una emoción en esta encarnación, en esta idea que se vuelve valiosaa; es ciertamente algo muy emotivo. En mi prefacio, imagino que Mariana se dirige a mí, pero no a mí en tanto que Henri Pena-Ruiz, sino a mí en tanto que todos los ciudadanos, a todos los ciudadanos que ella une, no por algo que disminuye, no por la sumisión a una religión o ideología, sino por algo que emancipa. Decir, por ejemplo, a las mujeres, contrariamente a toda una tradición patriarcal y a menudo sacralizada por las religiones monoteístas: “Sois plenamente iguales a los hombres”. Este combate de igualdad entre los sexos está justificado por la laicidad. ¿Por qué quiere la laicidad desligar la ley común a todos de la fe religiosa? No por hostilidad hacia la religión, sino justamente porque muy a menudo la ley común ha estado marcada por estas representaciones patriarcales. Tome por ejemplo la noción de “jefe de familia”. Estaba todavía en el libro de matrimonio hasta que en 1982 el ministro de los derechos de la mujer suprimió esta noción machista. Pero esta noción de “jefe de familia” se encuentra también en la biblia.

La Virgen María es un personaje importante en la religión católica, sobre todo en España, en Italia y en los países de Europa del sur.

¡Hablemos de España pues! Me encanta España, ¡pero qué país más machista! Es en España donde las mujeres sufren la doble jornada de trabajo. He vivido, por ejemplo, en un pueblo de Castilla la Vieja donde iba de vacaciones para trabajar en los campos con mis tíos abuelos, pero, después del duro trabajo de la cosecha… cuando volvíamos a casa por la noche, ¿quién hacía todas las labores de limpieza, las labores de… “la mujer”, mientras que el hombre iba a jugar a las cartas con los amigos del barrio? Efectivamente, creo que el catolicismo, como de hecho el judaísmo o el islam, han tenido el gran fallo de establecer como divinas y eternas representaciones que son completamente históricas. Se equivocaron al pensar que el hombre debía dominar a la mujer, como lo dicen de hecho las tres religiones del libro: islam, catolicismo y judaísmo.

¡En una cierta época!

Sí, lo decían. Pero ha sido necesario arrancar, por medio de la lucha, el reconocimiento de igualdad entre hombres y mujeres. Fíjese en Inglaterra cuando Sylvia Pankhurst luchó en los años 20 para que las mujeres tuvieran derecho a voto. Fíjese también lo que ocurrió con Olympe de Gouges, con Louise Michel. Cuando Simone de Beavoir dice “no se nace mujer, se llega serlo” está señalando lo que la sociedad, por medio de sus condicionamientos ideológicos, va a imprimir en el sexo un cierto género, el género de la mujer asignado a las tareas domésticas del hogar. El marido dice que va a ayudarla, mientras que, en la práctica, no hace sino la parte legitima de su trabajo.

He leído que el derecho a voto de la mujer fue tardío debido a que el legislador tenía miedo de estas, puesto que las mujeres son más piadosas, van más a misa, lo que podría poner en peligro a la República. Ve usted que la cosa es compleja.

El legislador subestimaba a la mujer. Comportamiento paternalista. Si la mujer accede a los medios de la cultura, a los placeres, tiene a su disposición todos los medios sociales de los que dispone el hombre, sabrá distinguir, igual que el hombre, las cosas en materia de religión. ¿Por qué presuponer que la mujer es necesariamente más receptiva a ideologías de sumisión y dominación? Hace falta apostar por una sociedad que osa dotar a la mujer de los mismos medios que el hombre, y entonces veremos que son perfectamente iguales que los hombres.

Henri Pena-Ruiz, incluso si los Evangelios no tienen el monopolio del amor, en su evocación de Mariana, cuando usted dice “Mariana os quiere”, se dan, lo queramos o no, matices que pudiéramos calificar, si no de católicos, al menos tentados de dialéctica “cristiana”.

¿Por qué tiene tanto empeño en remontar al cristianismo? El amor en griego era la “filia”. Los filósofos griegos, antes del cristianismo, ya hablaron del amor, Lucrecio habla del amor en “De natura rerum”.

Mariana os quiere”, exactamente igual que cuando se dice “Dios os quiere”.

Sí, pero espere, yo me he vuelto un poco sospechoso de la mirada de ese amor, porque amamos a los fieles sólo cuando se comportan conforme a la doctrina ortodoxa. No es un plan de amor para la humanidad arrancar al lengua a alguien y quemarla viva. Es una pena doble, porque, según el cristianismo, no debemos quemar los cuerpos, debemos inhumarlos, enterrarlos bajo el humus. Quemándolos, impedimos el paso al más allá, lo castigamos en el más acá, por un suplicio absolutamente terrible, que partía a veces del hecho de que se le arrancaba la lengua con unas tenazas de hierro para aquellos que persistían. Ocurría a gente que estaba siendo quemada. A Giordano Bruno, que no era en principio alguien antirreligioso, le arrancaron la lengua. ¿Y por qué quemarlo vivo? Para castigarlo no sólo en el más acá, sino también en el más allá. Lo que significa que la Iglesia se arroga el derecho de hacer el trabajo que teóricamente sería el de Dios según su propia doctrina, a saber, castigar en el más allá y no solamente en el más acá.

Las muertes no son prerrogativa de las religiones; la guerra del 14, la guerra del 45 no se han llevado a cabo, Henri Pena-Ruiz, en nombre de la Iglesia. Siento en sus propósitos cierta antirreligiosidad, mucho menos cuando leo su obra que cuando le empujo hacia sus prejuicios.

No, no soy nada antirreligioso, bien al contrario, respeto la fe religiosa cuando es verdaderamente una espiritualidad pura. Lo que me exaspera es cuando, en nombre de la religión, que debería ser libre, que debería ser desinteresada, se quiere el poder político, se quiere financiación. Por ejemplo, tome el régimen concordatario de Alsacia-Mosela. ¿Es normal que todos los franceses paguen el sueldo de curas, rabinos y pastores? Respondo que no.

Igual que los pagamos en Córcega.

No, no, no, espere.

Si pretende que se ponga en cuestión el concordato, va a tener a toda Alsacia-Mosela en la calle.

No, no, no, no es verdad. Tengo muchos amigos alsacianos y moselanos: aquello a lo que están atados los alsacianos-moselanos no son los privilegios mantenidos por los “religiosos”, sino a sus derechos heredados de la política bismarckiana, lo que no tiene nada que ver con los privilegios. Se puede cuestionar perfectamente los privilegios públicos de las religiones, y hará falta hacerlo en una época donde tenemos problemas con el dinero público.

Sabe usted bien, Henri Pena-Ruiz, que no siempre se lucha contra la cosa tal y como ella se “muestra”. A veces es una chispa. Sabe usted muy bien que si se levanta el concordato en Alsacia tendrá a los alsacianos en las calles.

No, usted no sabe nada. Si se levanta el Concordato manteniendo los derechos sociales de los alsacianos-moselianos, no estoy seguro de que todo el mundo salga a la calle. Y después de todo, a mí, lo que interesa, es la cuestión de saber lo que es y lo que no es justo. No es justo que los ciudadanos ateos o agnósticos financien los salarios de los curas, rabinos y pastores. No es justo, es una desviación. Imagine simplemente la inversa.

¡Es algo histórico!

La esclavitud también es algo histórico, y lo hemos puesto en cuestión.

Imagine el caso de Córcega, imagine las ventajas de Córcega, las ventajas cuestionadas de los bretones.

Olivier, no razono por analogía, “comparación no es razón”. Hablamos de laicidad, hablamos del empleo de dinero público y encuentro un principio de laicidad fundamental, a saber: el dinero público debe ir exclusivamente a aquello que es de interés público y no a lo que es de interés particular. Imagine solamente que algunos librepensadores ateos le digan: “queremos dar lecciones de humanismo ateo y queremos que la República nos financie”. Usted no estaría de acuerdo con que los creyentes financiaran los salarios de los librepensadores ateos o incluso de francmasones. Entonces, ¿por qué está usted de acuerdo en que se financien cursos de religión? Yo estoy absolutamente en contra.

El dinero público financia también en ocasiones la construcción de mezquitas.

Pero eso es un error.

Ello para impedir que el dinero venido del extranjero conocedor de un islam más radical lo haga en nuestro lugar.

Lo siento, pero no es el problema. No tenemos que pagar la construcción de mezquitas para evitar eso. Si Arabia Saudí quiere financiar mezquitas en Francia, eso no quiere decir que los imanes no vayan a decir tal o cual cosa. Si un imán incita a pegar a una mujer adúltera, como ha ocurrido recientemente en Lyon, será castigado por la ley porque toda incitación a la violencia es un delito. No tenemos la necesidad de pagar para controlar eso. Pagar para controlar responde a la lógica del antiguo régimen del mecenazgo que decía: “te doy un lugar de culto, pero ten cuidado de lo que dices”.

Henri Pena-Ruiz, gracias de nuevo por estar aquí esta noche, en directo, con ocasión de la publicación en Plon de este “Diccionario amoroso de la laicidad” donde usted rinde homenaje a una gran figura como fue Ghandi.

Sí, Gandhi es alguien extraordinario que desgraciadamente vio, ya al final de su vida, cómo se esfumaba un sueño, el sueño de una gran unión india laica, en que todos los indios coexistirían sean cuales fueran sus opiniones espirituales. El soñaba evidentemente con hacer coexistir a hinduistas, musulmanes, sikhs, cristianos y humanistas ateos. Usted conoce la gran tragedia que afectó a Gandhi, el pensador de la no violencia, que primeramente experimentó esa no violencia en Sudáfrica, en un época donde había una terrible discriminación racial, a la cual Mandela, gracias a su heroísmo, puso punto y final. La no violencia no es la cobardía, es la fuerza extraordinaria de aquel que resiste, pero que resiste por el hecho de no plegarse ante algo que considera injusto. En la India, consiguió poner en cuestión el poder de Gran Bretaña, del imperio británico, pero soñaba con una India laica. De hecho, al trabajar sobre Gandhi he encontrado textos admirables donde dice: “cuando hay una elección entre la asignación de algunos hindúes del rango de intocables, en el sistema de castas, y la puesta en cuestión de esta religión que tiene intocables, cuestiono esta religión. No cuestiono toda creencia religiosa”. Era alguien profundamente piadoso, pero supo cuestionar los dogmas más reaccionarios. La gran tragedia de Gandhi fue la partición de Pakistán. El jefe de la liga musulmana, Jinnah, no creía que en la India fuese posible la unión de musulmanes e hindúes; este último es pues responsable de esta partición. Usted sabe que Gandhi fue asesinado por un hinduista que le recriminaba haber sido demasiado benévolo con los musulmanes.

Igual que Yitzhak Rabin, también él asesinado, por un judío ortodoxo.

Este había atendido a un versículo de la Biblia, un versículo en el cual creía encontrar la orden de matar a ese hombre que iba a compartir la pretendida Tierra prometida. Vemos aquí de nuevo cómo la religión, cuando se ampara en la cuestión política, la endurece, la radicaliza. El extremismo religioso debe ser distinguido de la religión. Verá usted que, en el diccionario, he escrito un artículo que lleva por título “laicos, seculares”. Me refiero ahí a los cristianos de Somos También La Iglesia que milita por el laicismo por razones religiosas, es decir, que no desean una religión confundida con la política, y que efectivamente tienen una espiritualidad admirable, despojada de toda voluntad de dominación.

Nadie lo quiere, Dios grande.

Nadie lo quiere, Dios grande… son personas que a menudo me ha invitado a sus congresos, ahora bien, son profundamente creyentes y no veían en mí alguien hostil a la religión. Existe un grupo que se llama CEDEC -Chrétiens pour une Église Dégagée de l'École Confessionnelle–1, que milita por una escuela pública, y que rechazan la financiación pública de los colegios religiosos.

Mitterrand quiso hacerlo, ¡y provocó que todo el mundo saliera a la calle!

He aquí el momento de las madalenas musicales… Usted ha elegido “Mi Francia” de Jean Ferrat.

Cuando vi a Jean Ferrat en Ardecha, durante una conferencia que había sido organizada por mi amigo Gilbert Auzias, ahí, en frente mía, le dediqué esta conferencia sobre Victor Hugo, en particular los combates de Victor Hugo. Sabe usted que en “Mi Francia” dice: “la del viejo Hugo viniendo de su exilio, aquella que sobre la que el Señor Thiers dijo: que la fusilen…” Le dije a Jean Ferrat las palabras que me vinieron a la cabeza: “Jean, ha puesto en música nuestras esperanzas”. Para mí Jean Ferrat es un cantante con esa voz cálida, esa voz lírica, que dijo en palabras simples lo que podría ser la esperanza de un mundo mejor. El mismo provenía de una familia judía, con deportados, y la primera canción que me impactó cuando era joven fue “Noche de Broudillard”, donde contaba la tragedia de la deportación. Entonces, hizo un largo camino hasta el fin de su vida con el partido comunista francés e hizo suyas las esperanzas, no de una revolución sangrienta, sino de una mejora de la condición obrera, de todos esos combates que han permitido la conquista de derechos sociales, que han forzado al capitalismo a humanizarse. Hoy, de hecho, estas cosas se están cuestionando bajo el pretexto del ultra-liberalismo. Jean Ferrat es alguien que merece quedarse en el corazón de los franceses e incluso de los europeos.

Henri Pena-Ruiz, cita usted a Victor Hugo, y lo cita en numerosas ocasiones, especialmente en Notre Dame de París, Los miserables,… No obstante, Victor Hugo se interesó por los más pobres, por los más excluidos. Hoy día podemos introducir a Europa, en tanto que Comunidad europea. Esto va a ser un poco caricaturesco, perdóneme lo que voy a decirle. Cuando el Papá Francisco, en sus discursos sobre los pobres, o cuando habla de los homosexuales que entran en la iglesia diciendo “¿Quién soy yo para juzgarlos?”. ¿Piensa usted que hay una gran diferencia filosófica?

Sí, hay una gran diferencia. Victor Hugo era creyente, pero no era para nada clerical, y cuando el Papá Francisco osa rebelarse contra el derecho de la mujer a dar a luz cuando ella lo decida, que es una libertad fundamental; cuando osa decir con un tono lloroso: “¡Ah, todos estos niños que no van a nacer, eso es el aborto, pero hace falta pensar en esas mujeres!

No he entendido ese tono lloroso.

No, pero quiero decir que, a este hombre, no se le ha entendido mucho bajo la dictadura argentina, nos habría gustado que en ese momento hubiese defendido a los hombres reales que estaban siendo torturados por la dictadura argentina.

Lo hizo…

No estoy tan seguro, es controvertido, pero yo…

Cree usted que con Franco…

Sabe usted, ahí está tocando un tema extremadamente sensible. Escribí un artículo, España, donde lamentaba efectivamente que la no intervención entregó al pueblo español a la coalición de los tres fascismos, el de Hitler, el de Mussolini y el de Franco. Se negaron armas modernas a los republicanos que estaban luchando contra un golpe de Estado armado por Hitler y Mussolini. Mussolini que envió las Flechas Negras, Hitler que envió la legión Condor a bombardear Madrid y Guernica, Leon Blum y el gobierno del Frente Popular rechazaron intervenir, fue André Malraux quien salvó el honor de Francia en el cielo de Madrid con la escuadra Espana. Hoy, de hecho, vemos como esa monarquía establecida por Franco está sin aliento, corrompida, impopular; es el momento de restablecer la República española con su bandera morado-amarillo-rojo por la cual murieron tantos republicanos. Sabe usted que en la bandera actual, la bandera monárquica, en la banda amarilla del medio hay una corona sobre una cruz. Es exactamente la corona que portaban los emperadores del Sacro Imperio Romano Germánico. Haría falta terminar con ese enfrentamiento. Ese enfrentamiento que ha conducido a Mariano Rajoy, bajo el dictado del cardenal de Madrid, a impedir la interrupción voluntaria del embarazo para las mujeres españolas.

Podemos recordar también las palabras de Pablo Casals, que no es sospechoso de pertenecer al franquismo, puesto que se negó a poner un pie en España mientras el Caudillo estuviera allí, y murió antes de que ocurriera, diciendo: "Yo soy republicano de convicción, pero monárquico de corazón”. Tiene efectivamente el arte de relacionar las cosas sin por ello contraponerlas.

Personalmente, creo que la monarquía de hoy es ilegítima, está fundada por un golpe militar. Es de hecho algo extremadamente sorprendente…

Al menos ha conseguido salvar el después del franquismo, ha conseguido reunir al pueblo español.

No estoy muy seguro. Cuando Tejero, el golpista franquista, llevó a cabo una tentativa de Estado, no fue secundado por nadie. Lo que salvó, en aquel momento, a la democracia española no fue el rey, contrariamente a lo que la legenda pretende, sino el hecho de que el pueblo español hubiese vivido treinta años de dominación franquista y que no quisiese volver de nuevo a eso.

Otros países han vivido bajo regímenes totalitarios y han caído en el caos.

Usted razona por analogía, yo no quiero que se compare lo incomparable. Me habla de España, de la España republicana. Para mí, la bandera de la república española violeta, amarrilla y roja es la única bandera legítima, y la república española que advino en 1931 es el único régimen legítimo. Es como mínimo sorprendente, a día de hoy, el ver una monarquía en España que es resultado de un golpe de Estado militar fascista, apoyada por Hitler y Mussolini. Es increíble. ¿Es que sólo se ha resuelto la segunda guerra mundial? ¿Hemos arreglado realmente las cosas? No pienso tal cosa.

Pausa musical: la temporada o de las cerezas…

¡“La temporada de las cerezas”! Sí, he elegido esta canción pues, como usted sabe, es una canción compuesta por Jean-Baptiste Clément, partidario de la Comuna. Extraordinaria aventura de la Comuna de Paris que, entre paréntesis, propuso una ley de separación entre Estado e Iglesia, que permitió a las mujeres recibir instrucción gracias a la acción de Louise Michel, que hizo una gran labor en tres meses y se quedó sin habla por el enfrentamiento de Thiers y austriacos. Estos ayudaron a Thiers a hacer la semana sangrienta, lo que dividió la Comuna. Pero la Comuna ha quedado en la historia como testimonio de una tentativa formidable de emancipación, no solamente social, sino también política. Los partidarios de la Comuna en la ciudad de París inventaron o retomaron la teoría del mandato imperativo en el cual elegimos a alguien, pero en el cual controlamos el uso que ese alguien hace de su mandato. Estaría muy bien, de hecho, que hoy, en la transición hacia una sexta República, en vez de dar un cheque en blanco a los cargos electos, que hacen lo que quieren; después de que, tras prometer "A", hagan "no A", estaría bien que hubiese asambleas ciudadanas que volvieran sobre esta cuestión. Yo quería que la Comuna de París estuviera un poco más presente en este programa, y por eso he elegido esta canción en realidad, como usted bien dice, "Inmortal, La temporada de cerezas. "

Tercera madalena musical. Pierre Perret; cuando la mujer está entre rejas. Pierre Perret nos reenvía a su entrada "Ostentación" en su amante Diccionario amoroso de la laicidad.

Y a la entrada “velo”. ¿Acaso no es inadmisible que la mitad del género humano, en ciertos casos, en ciertos países, sea condenado a no descubrir el mundo sino a través de una cárcel de tela? Estas mujeres, como bien decía Elisabeth Badinter, no tienen ni tan siquiera el derecho al rostro. Entonces, ¿es esto la religión que está en juego?

O lo que hacemos con ella…

Es lo que hacemos con ella porque…

Porque no está escrito en el Corán que una mujer debe llevar el velo, hablo del velo y de la mujer encarcelada.

Vuelvo sobre lo que decía hace un momento; cuando las tres religiones del libro, no hay ninguna para relevar a la otra en esto, han asignado a la mujer el rol secundario. En el Antiguo Testamento, se le dice a Eva, “tus deseos te empujarán hacia tu marido, y el dominará sobre ti”. En el Corán, en numerosas ocasiones, se subraya lo que se supone es la inferioridad de la mujer. La mujer ha tenido un grado de precedencia de menos que el hombre. En el cristianismo, se dice “mujeres, sed sumisas a vuestros maridos”. Efectivamente, ahí, no puede ser exactamente la religión, pero son religiosos que han escrito textos devenidos en normas, normas a partir de las cuales se tapa el rostro de las mujeres tras cárceles de tela; hace falta al menos ser claro sobre las responsabilidades.

Hace falta tomar el asunto en su contexto; desde el momento en que se aísla una cosa, evidentemente, hacemos mentir a los textos.

Desde luego, pero ¿por qué la noción de jefe de familia ha sido inscrita en todos los libros de matrimonio durante siglos en todos los países dominados por el catolicismo? ¿Por qué hoy en ciertos países dominados por el islamismo –lo distingo del islam– se ha osado escribir: “la mujer es complementaria del hombre”? Se trata efectivamente de una denegación de la igualdad. Usted sabe muy bien que, cuando se afirmar “la mujer es complementaria del hombre” en la constitución de Túnez, no se le da el mismo estatuto jurídico que al hombre. Es decir, la mujer sólo existe por relación al hombre. Sin embargo, la mujer tiene el derecho de reivindicar la existencia para ella misma y no solamente por relación al hombre.

La mujer es complementaria del hombre y el hombre es complementario de la mujer.

No pero un momento, Oliver Bellamy, en un texto jurídico que tiene una función constitucional, que está en lo más profundo de la jerarquía de las normas, es como poco alucinante poder decir que la mujer es complementaria del hombre en lugar de decir “el hombre y la mujer son rigurosamente iguales en derechos y deberes…”

En culturas diferentes…

La cultura tiene buena espalda.

Usted quiere dirigir el mundo.

No, pero fui a dar una conferencia a Túnez, en Sfax, en homenaje a Chokri Belaïd, hombre laico, abogado, que defendía la igualdad de sexos; él habría replicado totalmente a eso de que sea la cultura la que asigne a la mujer el rol secundario. Creo que hay que disociar la cultura y las relaciones de fuerza. En un momento dado, hay una dinámica de emancipación, hay una tradición de oprimidos que luchan contra las relación de dominio. He elegido la “mujer encarcelada” de Pierre Perret porque encuentro que es una canción magnífica. Expresa la revuelta de un hombre o de una mujer delante de la condición que se le hace a una mujer que, efectivamente, no tiene el derecho a enseñar el rostro. Creo que las religiones han sacralizado imprudentemente los prejuicios de una época patriarcal. De hecho, no pueden hacer suficiente religión, puesto que la religión pretende trascender su época. Pero en este caso no lo han trascendido, han sacralizado los prejuicios de una época, dicho de otro modo, es completamente histórico. De hecho, cuando fui a Sfax, había mujeres en la sala, y dije “sin duda no es vuestro dios, si creéis en dios, que os dice que la mujer debe estar al servicio del hombre, son los hombres los que han prestado sus prejuicios a su dios”. Efectivamente, hace falta deshacerse de este tipo de prejuicios. Pero hace falta habérselas con esos textos, como El Corán, la Biblia, o como los evangelios, los cuales han cometido el error muy grave, diría incluso la falta, de sacralizar prejuicios históricos.

Otro artículo interesante en su Diccionario amoroso de la laicidad: “el pensamiento de fondo”, según Pascal. Explíquenos en qué consiste este pensamiento de fondo, porque es magnífico.

He escrito el artículo en referencia a la necesidad de la distancia interior. Pascal, en realidad, “birló” esta idea a Montaigne. Montaigne dice “Cuando uno cumple un rol en la sociedad, hay que cumplirlo lo más convenientemente posible”. Él era alcalde de Bordeux, “pero cuando entro en casa dejo de ser alcalde de Bordeux, vuelvo a ser un hombre y tomo distancia de mi función. Siempre hace falta, para evitar caer en el fanatismo, tener la capacidad de distanciarse de sí”. No obstante, hoy, tiene fanáticos religiosos, sean cuales fueren, que le dicen “mi religión es mi piel”. Harían bien releyendo a Montaigne, quien decía “está la piel, y está la camisa”, hace falta distinguir entre la piel y la camisa. Harían bien releyendo a Pascal quien decía “en lugar de abandonarnos a nuestras funciones, a nuestros poderes, sepamos tener un pensamiento de fondo”. Es decir, un pensamiento que toma distancia de toda pasión fanática. Creo que la tolerancia, el respecto no de las creencias, sino de la libertad de creer, no implica el respeto de de los creyentes, porque tenemos el derecho de criticar una creencia igual que tenemos el derecho de criticar una ideología. Esto requiere de la distancia interior; es un viejo tema que remonta a los estoicos. En Cicerón encontramos esa idea de que el sabio debe tener siempre la capacidad de tomar distancia de las cosas, incluidas las pasiones. Podemos, usted y yo, estar en desacuerdo sobre tal y tal punto, pero, en un momento dado, hace falta que cada uno se recomponga para tomar distancia, para evitar la reacción fanática; creo que esta es la más bella crítica contra el fanatismo. De hecho, la encontramos en Montaigne, que había vivido en la época de las guerras de religión, que veía regularmente enfrentarse a protestantes y católicos. El súmmum del horror se produce en la matanza de San Bartolomé en el año 1572, cuando Carlos IX y los católicos fanatizados degüellan por las calles de París a todo aquel que consideran protestante. Esta gente no tenía ningún tipo de distancia interior, no eran capaces de decirse “bueno, esta persona no cree de la misma manera que yo, no cree en el mismo Dios que yo, pero ello no significa que deba matarlo”. Estaban instalados en el fanatismo, sin distancia interior.

Puesto que me mete en la discusión, en realidad, Henri Pena-Ruiz, le diré que no soy su contrincante, no estamos debatiendo juntos, simplemente intento muy modestamente de mostrarle su pensamiento de fondo, puesto que está en su espalda, y por eso es capaz de verlo. Eso es todo. Mi rol se limita a eso. Entonces, ¿ha elegido un nocturno de Chopin o la tercera lección de las tinieblas de Couperin? Hay que elegir.

Me hubiera gustado elegir las dos, pero no tenemos tiempo. El nocturno.

Henri Pena-Ruiz, ¿qué le evoca la música? Se percibe que es algo extremadamente importante para usted, en su vida, en su sensibilidad.

Es importante, y de hecho lamento no haber tomado el suficiente tiempo para escucharla. Para mí, la música es arte. El arte pertenece al orden de las finalidades de la existencia humana, está debajo de todo lo que hacemos. A través del arte el hombre tiene una relación consigo absolutamente extraordinaria: se pone a reflexionar sobre su existencia, se pone a experimentar según la emoción interior lo que, por otro lado, intenta pensar con la razón.

La pasión según San Mateo, ¿la escucha de forma laica?

De todas formas, me gusta el arte religioso. Piense en el Juicio Final de Miguel Ángel, que fue censurado por un Papa: hizo venir a un pintor que pintaba las bragas en sitios que no sabríamos ver. Y creo efectivamente que la censura del arte por parte de la religión ha sido bastante increíble.

Y sí, habla usted igualmente de Galileo y de otras muchas cosas más. Gracias Henri Pena-Ruiz por haber venido esta noche en directo a Radio Clásica y por su “Diccionario amoroso de la laicidad” absolutamente apasionante. La prueba, lo que nos hemos calentado está noche fraternalmente en el micro.

1 En español, la traducción sería algo así como “Cristianos por una Iglesia Separada del Colegio Confesional”. (Nota del Traductor)

libro Diccionario amoroso de la laicidad Henri Peña Ruiz

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