El descendimiento de la fe [Aumento de apostasía, descenso de matrimonios católicos… en Málaga y en el resto de España]

En Málaga, 47 personas abandonaron formalmente la Iglesia en 2019

Los matrimonios católicos han pasado en una década del 51% al 23% mientras que los civiles ya suponen el 76%

En la Iglesia del Santo Cristo de la Salud, en el centro de la capital malagueña, siete personas juntan sus manos para rezar el padrenuestro al unísono del párroco. La escena, que bien merecería un corte en alguna película costumbrista, sucedió el pasado viernes, pero podría decirse de cualquier otro día. En esto de la fe, la realidad y la fantasía terminan siendo una. Cerca de 90 años han pasado desde que el todavía ministro de Guerra Manuel Azaña constatara la ruptura de un modelo político y social con solo seis palabras: “España ha dejado de ser católica”. La frase sigue sin ser cierta, pero cada vez lo es más.

El 67,3% de los españoles se considera católicos, según el barómetro postelectoral de diciembre de 2019 del CIS, aunque de ellos el 68,5% no es practicante. Las cifras son notables pero van en caída libre: hace una década, los que decían creer eran el 77,4%. Por sexo, siguen siendo más ellas –el 73,3% de las mujeres se declara católica frente al 67,3%– y, por edad, los mayores de 65 –87,7%–.

Lucía se amolda a la perfección a ese perfil. “Los fines de semana no falto a misa y entre semana voy cuando puedo”. ¿Por qué? “Porque creo en dios, por qué sino”. “Desde chiquitita me metieron esto, en casa y en el colegio, y yo lo sigo creyendo. Hay veces que tengo dudas, como todo el mundo, pero siempre salgo de la iglesia más serena, creyendo que cumplo con algo que siento que tengo que hacer”. Tiene 75 años y forma parte de la población que, de joven, creció creyendo en un dios impuesto.

El cristianismo fue durante muchos años inherente a la idea de España pero la realidad ha cambiado. Según una publicación del Pew Research Center, tres de cada cinco encuestados consideran que en la actualidad no aporta un valor especial a la identidad nacional, aunque el resultado más relevante del informe es otro: España es el tercer país de Europa con mayor abandono del cristianismo. La distancia entre los que fueron educados como cristianos (92%) y los que se consideran como tal ahora (66%) supera los 12 millones de personas. Según los datos del CIS, entre los menores de 25 años, el 50% se identifica como agnóstico, no creyente o ateo, el 4,6% como creyente de otra religión y 43,4% católico. Aunque de ellos, el 85,5% dice no ser practicante.

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Apostatar: abandonar la religión

“Me crié en una familia católica, me bauticé e hice la comunión pero entonces yo no me planteaba nada sobre mi fe. Recuerdo que cuando en catequesis me explicaban temas como la creación del universo, me lo tomaba como metáfora porque no encajaba con lo que me enseñaban en el colegio o leía en los libros. Años más tarde, tomé conciencia de mi posición de fe: nunca he sido creyente y por eso ya no soy católico”. José Luis tiene 24 años y hace unas semanas abandonó la Iglesia, lo que se conoce como apostatar.

Según los datos facilitados por el Obispado de Málaga, desde 2016 han dado este paso 220 personas. En 2019, 47. “Para mí, era lo más lógico, y no por un odio a la Iglesia, sino por conciencia. Quería que quedara plasmado de alguna forma que ya no era creyente y revertir los errores que cometió, con buena intención, mi familia”, explica José Luis.

Algo parecido le ocurrió a Luis, otro malagueño que no titubea al afirmar con rotundidad que “nunca” ha creído en ningún dios. “Mis padres eran creyentes y practicantes y de pequeño me llevaban a misa, incluso a los toros. Cuando nació mi hija, su madre y yo decidimos no bautizarla, era como una cuenta pendiente. Después, no soportaba pensar que yo estaba bautizado y ella no y apostaté. Ahora estoy tranquilo conmigo mismo, soy un ateo convencido”.

Ambos destacan que, más que por utilidad, han dado el paso por coherencia. “En Málaga es muy sencillo, solo tienes que ir al Obispado y rellenar un documento, aunque realmente no tiene validez real, como ser creyente o estar bautizado”, explica José Luis. La declaración de apostasía conlleva el bloqueo –que no cancelación– de la partida bautismal, por lo que un apóstata no podría llevar a cabo los sacramentos –en concreto, no podría ser padrino o madrina de un bautismo o confirmación o contraer matrimonio en el caso de que el otro miembro de la pareja no perteneciera a la Iglesia–.

El 76% de los matrimonios en Málaga, civiles

La celebración de una boda en una iglesia de Málaga.

La celebración de una boda en una iglesia de Málaga. JAVIER ALBIÑANA (Málaga)

Es cierto que este trámite no es en absoluto frecuente pero es el máximo exponente del descendimiento de la fe, que también se manifiesta en otros aspectos. El número de los que no creen no ha dejado de crecer en los últimos años, como el número de matrimonios. Según los datos de movimientos de población publicados por el INE, en 2018, el 76% de los malagueños que decidieron unir sus vida lo hicieron exclusivamente por la vía civil Hace una década, en 2008, estas uniones representaban el 48% y eran la segunda opción, por detrás del camino católico. Ese año, el 51% de las parejas pasaron por la iglesia; 10 años después, no eran ni uno de cada cuatro (23,2%).

Según los datos facilitados por el Obispado de Málaga relativos al último lustro, entre 2015 y 2019 disminuyeron todas las celebraciones religiosas, en mayor o menor medida, excepto una: la confirmación, una sacramento obligatorio desde, precisamente, 2016, para “llevar una vida cristiana adulta” y, por ende, para contraer matrimonio, ser padrino de bautizo o recibir la comunión. Los matrimonios disminuyeron en esos cinco años un 16%, las comuniones un 9% y los bautismos, un 1,79%. Aún así, la institución contabilizó en el último año 7.043 comuniones y 6.294 bautizos.

Rafael Pallarés, párroco en El Buen Pastor, en El Ejido, lleva 19 años oficiando en diferentes iglesias. En sus comienzos, según los datos del CIS, el 83% de la población era creyente, 16 puntos más que ahora. “Los datos objetivizan la realidad pero, en términos generales, yo no he percibido una diferencia sustancial en la implicación de la gente. Quizá antes las iglesias se llenaban los domingos por miedo a cometer un pecado y hoy no se llenan tanto pero la gente que va es por puro convencimiento”, asevera.

Él defiende que “hay una religiosidad que se vive de puerta para adentro” y que en esta reconfiguración de la sociedad, “en muchos sectores existe una ruptura o desafección hacia la Iglesia”. Los motivos que da son variados: “Desde el desconocimiento a la presión mediática que pone el foco en algunos casos que no han sido bien gestionados, el hecho de encontrar parroquias cerradas o alguna experiencia negativa en la infancia en algún colegio religioso”.

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Luis Ayuso, profesor de sociología de la Universidad de Málaga, niega en rotundo que los creyentes vayan a menos porque “la religión no se destruye, solo se transforma”. Para entender el proceso de secularización en España, el docente parte del “importante papel que la religión ha tenido en la construcción de la sociedad”. Por una parte, hay que tener en cuenta que la diferenciación entre Iglesia y Estado es relativamente reciente y, por otra, que, a diferencia de otros países europeos, en España no ha habido competencia entre religiones. “Venimos de una religión monolítica –el catolicismo– vinculada con el Estado”, resumen.

Con estos antecedentes, Ayuso argumenta que lo que se está ocurriendo actualmente es un proceso de desinstitucionalización: “Las instituciones que tradicionalmente han compuesto el modelo de sociedad que conocíamos alrededor del Estado-nación, con los procesos de modernización y posmodernización, se ven deterioradas”. Y, en este contexto, la sociedad está cogiendo rumbo a un pluralismo religioso en el que la forma de vivir la religión es más individual. “Que las personas no sigan a las instituciones religiosas no significa que desaparezca el fenómeno”, asevera.

Con todo, el experto apunta a nuevas formas de vivir la religión: “Ahora el individuo establece la relación que quiere con su dios o con su ente, crea su propia filosofía de vida”. Esto explicaría, en su opinión, que las religiones que no son la católica estén de moda. “Ahora se habla, por ejemplo, del equilibrio con el medioambiente, que no deja de ser un fenómeno religioso alterado”, apunta.

Entonces, ¿el fútbol o la saga de La Guerra de las Galaxias se pueden considerar nuevas religiones?, se cuestiona. “Son fenómenos similares: hay quien todos los fines de semana va a seguir a su equipo como antes se iba a la iglesia, y por su equipo mata, como antes se hacía y se sigue haciendo por la Iglesia”, aclara.

“La religión antes te decía lo que se podía o no hacer, te organizaba la vida. El Concilio Vaticano II flexibiliza esos dogmas y en las sociedades actuales la gente va más allá: rechaza las instituciones pero quiere creer en algo. Hay una religión a la carta: cojo lo que me gusta de cada creencia y vivo el fenómeno como quiero”, resume. Así, se hayan diferentes formas sentir la fe.

«En el vacío más absoluto, me encontré con Él»

Elvira nació en un ambiente religioso. Desde los nueve años participaba junto a sus padres y sus hermanas en actos de religiosos, en campamentos y convivencias. “En mi casa siempre se ha hablado de Dios, de Jesús, de María. Mi madre siempre se ha mostrado abierta a expresar sus sentimientos cristianos, si censura, sin reparo, de una forma inquebrantable”, narra.

Como los demás, cree que en una edad primaria la religión no es algo que se piense pero, en su caso, “simplemente, lo sentía, me gustaba y me dejaba llevar”. Conforme fue creciendo, comenzó a descubrirse y, tras la universidad, “después de un tiempo bastante alejada de todo”, quiso encontrarse. Se cruzó más de medio país para asistir a un retiro espiritual, comenzó a implicarse en grupos de oración…. “Y en el vacío más absoluto en el que estaba inmersa, me encontré con Él”, explica.

“Poco a poco, fui descubriéndome a la misma vez y con la misma fuerza con la que iba descubriendo a Cristo y, a día de hoy, y aunque pido cada día crecer más en este amor, me siento fuerte y firme en mi fe”. Ahora, con 34 años, está inmensamente agradecida con sus padres “por este regalo tan grande que desde la cuna me hicieron y que ahora vivimos y cultivamos juntos”. Y con Dios, “por plantarse en mi camino, cogerme de la mano y llenar mi vida de bien, de amor y de fuerzas”.

«No estaba haciendo nada malo y no tenía que subordinarme»

“De pequeña sentía que había un camino labrado para mí y por eso seguía los estándares católicos establecidos que mi familia me inculcaba. Lo típico: creyente y educada”. Marina tiene 24 años y acaba de terminar la carrera de Medicina. Precisamente, su llegada a la Universidad de Málaga trajo consigo el paso definitivo para cambiar su mentalidad y abandonar la fe: “En estos años me he enfrentado a situaciones en las que para nada estar en manos de algún dios o ser creyente, te salva. He visto a mucha gente en sus últimos momentos de vida y, creyente o no, al final, todos morimos de la misma forma. Ser cristiano no te salva del sufrimiento humano”.

Mucho antes de eso, recuerda, hubo un primer punto de inflexión, mientras se preparaba para la confirmación. “Durante una de las confesiones previas a la celebración del sacramento, recuerdo sentirme bastante inquieta porque no sabía cómo iba a contarle al párroco que, como todas las chicas, me masturbaba. Al final, me presenté ante él llorando, diciéndole que no me merecía nada porque lo que hacía estaba fuera de la fe. Cuando salí ese día de la iglesia, pensé que en realidad yo no estaba haciendo nada malo y que no tenía que subordinarme a ningún tipo de imposiciones, ni como persona ni como mujer”. Ahora, tiene claro que sus creencias fueron impuestas y se ve muy lejos de ellas. No ha dado el paso de apostatar, principalmente por desinformación, pero asegura que se lo plantearía.

«Dios es amor en todas sus formas»

Alba considera que, de pequeña, la fe la inculca la familia. “El camino lo tienes hecho, todo es muy fácil y no te planteas la fe ni si crees o no crees. Para eso necesitas madurar y reflexionar y sobre todo tener vivencias que te hagan creer”, explica. Para ella, ese punto llegó tras confirmarse. Entonces, decidió preparar a los más pequeños como catequista: “Me encantaba, esa experiencia me sirvió para encontrarme y reflexionar porque, a fin de cuentas, a los niños les inculcas amor y respeto y no hay nada más bonito e importante”.

Ahora, que tiene 23 años, considera que la fe es algo muy importante en su vida. “No por plantearme la existencia de un dios o un mesías si no por lo que significa para mí. Dios para mí es amor en todas sus formas, es respeto y es querer disfrutar de la vida ayudando y queriendo de corazón. Y esa es la forma de vida que quiero. Creo que existe el camino y la forma para llegar a eso y lo encuentro basándome en la vida de alguien que lo hizo”.

Ella es asidua a la misa de los domingos, una celebración que le supone “pensar en mí al menos una hora a la semana, hablar con Dios, buscar mi camino, reflexionar sobre mi vida y ver dónde puedo cambiar”. “Es como parar a pensarte y hablar con alguien que quiere lo mismo que tú. Es bonito y tranquilizador”, ejemplifica. A pesar de su convicción en la fe, es crítica con la Iglesia como institución. “Yo creo en la Iglesia como comunidad que ayuda mucho y que da o sacrifica su vida por los demás. Como institución, como poder, no me gusta; es autoritaria y ambiciosa y muchas veces está lejos de la verdadera fe”.

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