El derecho a la irreverencia

Con una gallardía que le honra, Mario Vargas Llosa ha entrado sin remilgos en la polémica desatada por la publicación de caricaturas de Mahoma en la prensa. El genial escritor, que hace un par de semanas publicó una serie de artículos sobre Palestina que más de uno calificó de anti-judíos, rompe una lanza por libertad de expresión y lo hace criticando a buena parte de los pacatos periodistas occidentales, censurando la tibieza de la UE y poniendo en solfa el silencio cómplice de los progres.

 

Comienza Vargas Llosa su largo artículo en El País, este domingo 12 de febrero de 2006, explicando que el casi olvidado origen de la polémica:Como un editor danés no consiguió ilustradores para un libro infantil dedicado a Mahoma, Fleming Rose, editor de cultura del Jyllands-Posten, importante diario de Dinamarca, sospechando que entre los artistas gráficos de su país se practicaba la autocensura, encargó a un grupo de dibujantes una serie de viñetas en las que imaginaran la figura de Mahoma como mejor les pareciera.

 

Afirma el escritor que entre las doce viñetas publicadas por el diario danés había dos particularmente beligerantes: Una muestra a Mahoma enturbantado con una bomba, y en otra, el profeta exhorta a una fila de terroristas a poner punto final a sus suicidios "porque ya no quedan vírgenes" en el paraíso para premiarlos.

 

Tras puntualizar que es comprensible que el dudoso buen gusto de estas sátiras ofendiera a los creyentes de una religión que, "además de ser intolerante como suelen serlo casi todas, es iconoclasta", manifiesta Vargas Llosa su aparente sopresa por la violenta reacción del mundo islámico, orquestada desde el poder, y su estupor ante las exigencias de gobiernos como los de Arabia Saudita, Irán, Libia y Pakistán: "Demandan que el gobierno danés presente excusas y sancione a los autores y editores de las viñetas incriminadas. ¿Azotándolos en una plaza pública? ¿Cortándoles las manos blasfemas? ¿O sólo metiéndolos a la cárcel?".

 

Se pregunta Vargas Llosa si hay en el mundo musulmán sectores suficientemente sensatos para medir la desproporción flagrante entre las viñetas y la casi declaración de yihad o guerra santa contra Occidente desatada a raíz de aquellas caricaturas. Y responde a renglón seguido que si: Desde luego que los hay, y la mejor y la más valerosa prueba de ello la dio, en Ammán, el musulmán Yihad Momani, editor del semanario jordano Shihan, que se atrevió a reproducir tres de las viñetas blasfemas para mostrar a sus compatriotas lo excesivo de la reacción contra lo que, al fin y al cabo, no eran más que unas figurillas de estúpido mal gusto. ¿Qué le ocurrió a este temerario? Fue destituido en el acto; los ejemplares de Shihan, retirados del mercado, y la empresa hizo pública promesa de "castigar a todos quienes estuvieran envueltos en esta acción irresponsable y vergonzosa". Dicho sea de paso, algo semejante ocurrió en Francia, donde el dueño de France Soir despidió en el acto a Jacques Lefranc, director del diario, por haber publicado las 12 caricaturas en solidaridad con sus colegas del Jyllands-Posten.

 

Lo más significativo del largo artículo llega casi al final, cuando el escritor subraya que, con la excepción de los gobiernos de Francia y del Reino Unido, ningún otro gobierno europeo ha mostrado de manera inequívoca su solidaridad con Dinamarca.

 

Y añade que han sido muy pocos, apenas una docena, los diarios europeos que se han atrevido a reproducir las viñetas para hacer pública su adhesión a los principios de la libertad de expresión y en solidaridad con el Jyllands-Posten: ¡Bravo por esos valientes! ¡Pero, qué poquitos son, en una Europa donde millares de publicaciones de todas las tendencias gozan del privilegio de poder opinar y criticar lo que les parece sin otras limitaciones que las que fija el código penal!

 

Curiosamente, los diarios que han corrido el riesgo de reproducir las viñetas son casi todos de centro o de centro derecha (como Die Welt, en Alemania; La Stampa y Corriere della Sera, en Italia; Abc y El Periódico de Catalunya, en España; La Tribune de Genève, y De Telegraph, de Holanda, entre otros), en tanto que con escasísimas excepciones, como la de De Volkskrant, de Amsterdam, la prensa de izquierda ha mostrado una extraordinaria prudencia, al igual que los llamados intelectuales progresistas, que, con las admirables pero mínimas excepciones consabidas -entre ellos, el primero, por supuesto, André Glucksmann-, no parecen haberse enterado siquiera de lo que está ocurriendo. Ojalá este mutismo se debiera sólo a la humana y respetable cobardía.

Dice Vargas Llosa que es muy legítimo no querer terminar como el cineasta holandés Theo van Gogh, asesinado por un fanático musulmán por ofender al Islam ejerciendo su derecho a pensar sin orejeras, pero afirma estar convencido de que el silencio de cierta izquierda ante este asunto se debe a que tiene serias dudas sobre cuál es la opción políticamente correcta en este caso: ¿Echarle la culpa de todo al pasado colonialista y racista del Occidente que por su política de humillación y saqueo de los países musulmanes creó el resentimiento y el odio que hoy se vuelven contra él? ¿Defender las actitudes de los extremistas musulmanes en nombre del multiculturalismo? ¿Demostrar, acogotando la sindéresis, que detrás de todo esto están las torvas garras de los Estados Unidos? ¿O, mejor, evitar pringarse en un asunto tan especioso y replegarse una vez más en lo seguro, lanzando las valientes arengas contra la guerra de Irak y la avidez de la Casa Blanca para apropiarse del codiciable oro negro del ocupado Irak y del pobre Irán, que se ve obligado a armarse de armas atómicas para no verse engullido por las trasnacionales?

 

La conclusión no podía ser más lógica: Cuando uno piensa que la izquierda estuvo en Europa en la vanguardia de la lucha por conseguir aquella libertad de expresión y de crítica que hoy día está cuestionada por el fanatismo y la compara con la de nuestros días, dan ganas de llorar.

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