El demonio anda suelto

Hace unos días, el Episcopado mexicano denunció públicamente que los representantes de la Iglesia Católica son víctimas de una campaña de odio, desprestigio, intimidación e incluso de asesinato que busca coartar su libertad religiosa; sin embargo, si analizamos el actuar en nuestro país de la Iglesia y sus clérigos, podemos darnos cuenta de las múltiples violaciones a la ley que han cometido y cometen bajo el amparo de su envestidura y con el pretexto de la ley Dios, ¡Cuántos no han sido los clérigos y altos jerarcas de la Iglesia que han intervenido en asuntos del Estado!, mancillando por completo la laicidad que dicta nuestra carta magna; pero eso no es nada, pues no hay rincón en el país donde no se conozca, por lo menos un caso de pederastia, aborto o pornografía infantil donde haya estado involucrado algún representante católico, y que decir de sus vínculos con el narco, sólo hay que recordar el asesinato perpetrado por sicarios en el aeropuerto de Guadalajara en contra del Cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo, quien curiosamente fue confundido con el Chapo Guzmán, el líder del cártel de Sinaloa; quizá los vínculos entre la Iglesia y el narco van más allá de lo que nos imaginamos, si no cómo explicar que el Arzobispo de Durango denunciara públicamente que el Chapo se ocultaba en la zona serrana de esa entidad, denuncia que muy probablemente sirvió para guiar a las fuerzas armadas en dirección del laboratorio de anfetaminas que fue asegurado por el Ejército Mexicano en la sierra duranguense, el cual por sus magnitudes fue considerado el más grande de la historia.
    Muy probablemente los representantes de Dios hasta ahora se han dado cuenta que las jugosas limosnas o donativos que recibían para la construcción de templos y capillas, para financiar las fiestas patronales, ayudar a los feligreses necesitados o como simple pago por sus servicios provenían de actividades ilícitas; será por eso que ahora a los presbíteros ya no les sea conveniente o afecte a sus intereses el confesar a narcos, oficiar actos religiosos privados o bajo la clandestinidad, desafortunadamente el fervor religioso de los narcotraficantes mantiene vivo su vínculo con la Iglesia.
    Probablemente, estas no sean razones suficientes para que el Episcopado de México se dé cuenta y acepte que la campaña de odio que denuncia en contra de sus clérigos, esté más que justificada y haya sido provocada por ellos mismos; pues quizá para la ley de Dios un Padre Nuestro y un Ave María sean suficientes para absolverlos por los pecados cometidos de violación, pederastia, pornografía infantil, vínculos con el narco, oponerse a la libertad de las mujeres a decidir sobre su cuerpo, homofobia, violación a la laicidad del Estado o el que atenten contra la devoción popular; tal vez los presbíteros se han olvidado de que sus ángeles están en el reino de los cielos y baste con una oración para absolverlos de las atrocidades que han cometido, pero no deben olvidar que las víctimas de sus actos también son ángeles nada más que de este reino y los rezos no les bastan para perdonarlos; el rencor y resentimiento que han despertado en ellos no puede ser para menos, los padres de un niño violado, pueden ser igual o más peligrosos que un narco enojado, tal vez esta sea la respuesta a la denuncia y no la que pretenden hacernos creer de que algunos medios de comunicación y grupos progresistas estén confabulando para coartar su libertad religiosa.
    La Iglesia y las autoridades no pueden ni deben proteger a delincuentes, que refugiados en su estola y sotana hacen de la fe y la devoción su principal arma para delinquir.

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