El crucifijo

Hace unos días, según leo en diferentes periódicos, la Ministra de Educación declaró que el asunto de colgar un crucifijo en el aula de una escuela es una cuestión que ha de dilucidar el propio centro escolar. Y,  por lo que se desprende de la noticia, se quedó tan fresca. Quiero decir, que se marchó a  resolver otros asuntos, que la mesa la tendrá llena. Un servidor, sin embargo, con asuntos así resueltos se queda un tanto preocupado.

No le pediré yo a la ministra, a pesar de su doctorado en Sociología, que repase aquellos manuales de finales de los años 80 (Michael Apple, J. Jackson, o de los colegas más cercanos Jurjo Torres o Santos Guerra) en los que, de la mano de la sociología crítica, se profundizaba en el concepto curriculum oculto haciendo referencia a aquello que de un modo simbólico se manifiesta en el aula constituyendo una fuente de aprendizaje , sin  que haya sido formalmente planificado. O sea, que colgar un crucifijo es curriculum. No le recordaremos a la ministra que la planificación del espacio, la distribución del mobiliario, los objetos que cuelgan de la pared, constituyen un discurso, una forma de significar la experiencia del aula, la comprensión de esa experiencia,  y las relaciones del sujeto con la experiencia. Vamos, que la arquitectura nos dice cosas, y que en relación con lo que nos dice vamos también construyendo nuestra comprensión del mundo. Pues bien, la Ministra dice que eso del crucifijo lo resuelva el Consejo Escolar de cada centro, con una implícita teoría de la autonomía del centro, todavía más preocupante. Puede que la ministra tuviera mucho trabajo y quisiera lanzar, como vulgarmente se dice, balones fuera. Puede que se haya aplicado aquella máxima burocrática de la ausencia de conflicto como principio de funcionamiento institucional.  Puede que no quisiera tener más líos con la derecha y los obispos, que están muy valientes. Puede. Pero caramba! estamos hablando de la escuela pública y del derecho a la educación  que asiste a los niños y niñas que acuden a esas escuelas. Y la Ministra es la responsable y la mejor garante de que lo que allí pase sea todo bueno.

Déjenme que le recuerde a la Ministra y a quien corresponda algunas cuestiones que van más allá del curriculum oculto, por si las quieren utilizar. En primer lugar, estamos hablando de las aulas de las Esuelas Públicas, y en ese espacio institucional el crucifijo fue durante muchos años una imposición del poder de la Iglesia. No hablamos de la cadenita que de un modo más o menos íntimo  lleva colgada al cuello quién quiere, hablamos del crucifijo que durante demasiados años presidió el ejercicio docente simbolizando a la pedagogía autoritaria en una sociedad autoritaria. No fue nunca una decisión del pueblo, nunca salió de la asamblea de la comunidad educativa  de cada ciudad o cada barrio; cuando la democracia formal llegó a la escuela ya estaba allí el crucifijo. Es ahistórico y miope pretender que ahora sea cada cole el que diga si o no a lo que va a colgar por las paredes. La responsabilidad política de quien representa el proyecto democrático de la educación pública es impedir que los símbolos del autoritarismo sigan presidiendo la relación educativa.  Sin ser un experto jurídico, me atrevería a decir que también es su responsabilidad jurídica: nos ha costado mucho ser aconfesionales en los papeles, pero lo somos. Dice la ministra que no va a intervenir “en la guerra de los crucifijos” -no se quién inventó la expresión, pero desde luego no está a favor de la escuela pública- Pues si no interviene ella, quién lo va a hacer? Yo intentaré que el aula en la que estudia mi hija sea algo distinta del  aula en la que yo estudié, pero me reconfortaría saber que tengo una Ministra que va por delante. La constitución garantiza la libertad de cada cual a creer en lo que quiera, y se puede colgar de su cuerpo lo que más le reconforte, pero la escuela pública es una institución del sujeto-pueblo, un sujeto largamente sujetado, pero también con “potencia” –decía Jesús Ibáñez- para sujetar a quién le sujeta. 

Ustedes me disculparán el tono, pero vivo en una comunidad autónoma en la que hemos tenido que inundar las calles de Valencia estudiantes, padres y profesores en un cantidad que no se recordaba desde la manifestación contra la guerra de Irak, entre otras cosas, contra la barbaridad de la Ciudadanía en Inglés y ahí a la ministra no se le ocurrió decir que sea cada Consejo Escolar quién decida. En realidad, no se le ocurrió decir casi nada. Y ahora llega con una sospechosa teoría de la libertad para no enfrentarse a un problema –hoy simbolizado en el crucifijo- que nos viene costando mucho dinero y muchos disgustos. Francamente irritante.

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