El Cristo del Gran Poder o el gran poder de un icono

Rocío, una prima de un amigo mío, que es sevillana, soltera, rentista y seguidora del Cristo del Gran Poder, que aunque parece responder a un estereotipo es auténtica y real, lleva unos días que no levanta cabeza. Un perturbado que se creía el “Hijo de Dios” ha arremetido contra su más venerada imagen; la que representa, según ella, al auténtico Mesías. La brutalidad con la que actuó el desequilibrado sujeto fue de tal envergadura que le arrancó de cuajo el brazo derecho.

Hasta aquí el relato resumen de un hecho extremadamente desgraciado y deplorable. Aunque no es el primero que se produce. El que tuvo mayor repercusión por su gravedad en la historia reciente fue aquel que acaeció en la década de los 70 en el Vaticano. Un geólogo húngaro llamado Laszlo Toth asestó quince martillazos a la “Pietà” de Miguel Ángel al grito de: “¡Soy Jesucristo, soy Jesucristo y he regresado de la muerte!”

Pero si desdichado y lamentable ha sido el atentado sufrido por una de las más bellas piezas de la imaginería barroca andaluza del siglo XVII, la fanatizada reacción que este hecho ha provocado en una parte nada desdeñable de la población católica sevillana es digna de ser objeto de una seria reflexión por la sociedad y por la propia Iglesia que fomenta estas actitudes.

La prima de mi amigo, que es una adicta a la veneración de cualquier icono católico que se ponga a su alcance, desde el del Cristo del Gran Poder -su predilecto- hasta el de la Virgen de Fátima, pero sin olvidar al del madrileño Jesús de Medinaceli y, a excepción, -¡que en esto hay sus manías!- del de la Virgen que lleva su nombre por considerarla excesivamente folclórica, asistió este miércoles día 23 a una concentración de protesta que había sido convocada por cofrades de la capital andaluza, a través de la red social Tuenti, en la plaza de San Lorenzo donde se ubica la Basílica que acoge la talla del Cristo salvajemente agredida.

Cuando Rocío volvió a su casa y llamó a su primo con la intención de contarle lo ocurrido, su profundo abatimiento y el gran sofoco que le provocaba la indignación que había llegado al límite durante el desarrollo de la manifestación, le impidió pronunciar una sola frase inteligible. Mi amigo, preocupado por la salud de su familiar, acudió a su domicilio y se encontró con la escena que ya había presentido.

Tendida en el sofá del salón -tal como me lo cuentan lo describo- lloraba de forma inconsolable mientras repetía machaconamente algo muy parecido a la siguiente letanía: “Tú lo eres todo… Todo Padre… Tú lo eres todo… No solo para mí, sino para toda Sevilla, para el mundo entero… Tú eres Dios, Señor… Tú eres Dios… Maldito sea quien ha intentado matarte”.

Después de calmarla con ayuda de un ansiolítico, que tal era su estado de congoja, me llamó para comentarme lo sucedido y pedirme opinión. Y yo, que conozco personalmente a su familiar, me vi en la necesidad de decirle que, por desgracia, el caso de Rocío ya no tenía remedio y que la tarea a realizar, a través de mucha pedagogía, era la de evitar que estos disparatados comportamientos se repitieran por las nuevas generaciones.

Quizás sea un iluso pero creo que, aunque no llegue a verlo, la cordura terminará por imponerse en la mente de las personas y alumbrará el oscuro túnel de la irracionalidad que, merced a las esperpénticas e infantiles explicaciones que sobre el sentido del universo y de nuestra propia existencia han ofrecido las religiones durante siglos, han sumido a gran parte de la humanidad en una colosal ignorancia fruto de la imposición de la fe ciega y dogmática en una creencias que no resisten el más mínimo análisis crítico y razonado.

Añadido: Al terminar de escribir estas líneas, me entero de que alguien que acudió a comisaría para reconocer al perturbado es un personaje muy popular en la plaza de San Lorenzo -conocido por Almansa- que, cuando presenció la escena de la agresión, se abalanzó sobre el demente con un cúter y le lanzó una cuchillada que, por suerte, no acertó con su objetivo. Posteriormente -en frío- ha afirmado que lo volvería a hacer y, a pesar de ello, hoy es, para demasiada gente, un verdadero héroe. Sin más comentarios.

Gerardo Rivas Rico es Licenciado en Ciencias Económicas

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