El Corán como guía, una sacristía como hogar

Una familia marroquí vive junto a la capilla donde antes se oficiaba misa Sus puertas están cerradas desde la salida de los españoles, en 1975

Tras el umbral de la puerta aparece la sonrisa de Siftin. Ataviado con una camiseta en la que se desdibuja ya la bandera de Marruecos, el pequeño de tres años saluda travieso a los empleados de Finnaoui Pesca Algarve, una de las empresas instaladas en el puerto de El Aaiún, justo en frente de su humilde casa.

Su madre, Fatema, nos invita a entrar mientras vigila sin cesar a Siftin y a Abderrafak, de ocho años. Viven en la sacristía de la capilla que España levantó en el puerto de la capital de su ex colonia en 1962, ocho años después de la llegada a la ciudad de los primeros párrocos, y que sigue siendo propiedad de la Iglesia española.

'Los curas dejaron a mi suegro quedarse aquí cuando llegó a El Aaiún, después de la Marcha Verde'

En la estancia donde los curas, enviados por el régimen a El Aaiún, se preparaban para oficiar misa para los soldados y empleados destinados en el puerto se han acomodado dos pequeños salones marroquíes, una diminuta cocina, una habitación donde duerme toda la familia y un cuarto de baño.

En esa misma casa dormía el padre Rafael Muñiz, aún en El Aaiún, los fines de semana, cuando se desplazaba hasta el puerto para asistir a la población cristiana. "Por aquel entonces sólo estaba en la zona la capilla, una gasolinera, algunos barracones militares y la casa del comandante de la Marina; el pequeño puerto quedaba a cinco kilómetros".

Pero las infraestructuras portuarias han ido ganando terreno en los últimos años, hasta quedar a pocos metros de la capilla. El puerto, en la actualidad, se ha convertido en un gran centro industrial que preside la cinta de más de cien kilómetros que lo une con las minas de fosfatos de Bucraa.

Mientras Siftin y Abderrafak miran embobados una serie de dibujos animados en una pequeña televisión, Fatema señala una foto de carnet en blanco y negro colgada de la desconchada pared. "Es mi suegro, los curas le dejaron quedarse aquí cuando llegó a El Aaiún, después de la Marcha Verde".

Era el director de la Banda de Música de la Marina Real y como muchos otros marroquíes fue destinado al Sáhara tras la partida de España. Fue trasladado desde Casablanca, donde nació también el marido de Fatema, Redouane. Aunque fue un canario que trabajaba como militar en el puerto el primero en ocupar temporalmente la sacristía con su familia a finales de los años sesenta.

Tres euros al día

El viejo reloj de pared de la pequeña estancia, con forma de timón y ancla, da las tres y media de la tarde cuando hace acto de presencia Redouane caña de pescar y bicicleta en mano. Hoy no ha habido suerte. Trabaja como pescador desde hace años. "Salgo todos los días muy temprano y muchas veces vengo con las manos vacías, este trabajo es muy duro y poco rentable". Cuando se da bien la faena, su sueldo no supera los 30 dirhams diarios, menos de tres euros.

"Somos musulmanes practicantes y aquí no se ofician misas, ¿cuál es el inconveniente?"

Para contribuir con la raquítica economía familiar, Fatema abre la puerta de la capilla -que queda en la parte trasera de uno de sus salones- una vez al mes para limpiarla y mantenerlo todo en orden. A cambio, recibe un pequeño donativo de los curas de la Iglesia de la ciudad de El Aaiún, que aún oficia misas los fines de semana para una decena de cristianos, la mayoría de la Misión de Naciones Unidas para el Sahara Occidental (Minurso).

"Vivimos al día, no tenemos ahorros, por eso no nos podemos ir de aquí; llevamos en la sacristía desde 2001, cuando nos casamos". Los hermanos de Redouane nacieron en la parte trasera de la capilla y, tras toda una vida bajo la cruz de Cristo, asegura que no le incomoda compartir paredes con el templo de los cristianos.

"Si nos queremos cambiar es sólo porque la casa es muy pequeña y necesitamos cada vez más espacio", relata Redouane al tiempo que agradece a los párrocos que les permitan habitar en la casa de Dios.

E insiste en que no tienen problemas, ni con su conciencia ni con sus familiares o amigos, por vivir en la antesala del templo de Cristo. "Somos musulmanes practicantes y aquí no se ofician misas, ¿cuál es el inconveniente?".

En cualquier caso, Redouane tiene claro que la conversión en Marruecos es un tabú y por si acaso queda alguna duda repite mecánicamente una y otra vez que son unos "buenos hijos de Alá". Fatema señala sus eclécticas estanterías, en las que se apilan juegos de té y café de todas las partes del mundo comprados en el puerto. Junto a ellos, se amontonan varios libros y, por supuesto, el Corán. Con el que rezan todos los días, en su pequeña sacristía.

Print Friendly, PDF & Email

También te podría gustar...