El contradictorio Dios cristiano

Los dirigentes católicos afirman sin justificación de ningún tipo la existencia de “su Dios”, consideran que éste tiene el derecho de prescribir a los hombres qué deben y qué no deben hacer, y que el hombre tiene la obligación de obedecer sus mandatos, los cuales podrían llegar hasta el absurdo de exigirle el sacrificio de sus propios hijos, tal como, según la Biblia, habría sucedido en el caso de Abraham, a quien Yahvé habría ordenado que le sacrificase a su hijo Isaac para saber hasta qué punto llegaba su nivel de sumisión, como si no lo supiera, de acuerdo con la supuesta omnisciencia y predeterminación que al mismo tiempo le atribuyen. Pero precisamente y como consecuencia de tal supuesta predeterminación, la pretensión de que Dios exija al hombre que le obedezca libremente es contradictoria, ya que de acuerdo con tal poder divino todos los actos humanos, incluido el de sus decisiones libres (?) de obedecer o no las órdenes divinas, habrían sido programados por ese Dios[1] y, por ello, implicaría suponer que el hombre pudiera dejar de hacer o dejar de querer hacer lo que Dios quisiera que hiciera o quisiera hacer, de acuerdo con una voluntad  propia e independiente de Dios, escapando por ello a su predeterminación.

Además de esta contradicción, cuando uno se pregunta cómo es posible que se pueda defender la absurda creencia de que un Dios pueda interesarse por las acciones de los hombres, la respuesta puede encontrarse en la fantasía humana que desde tiempos remotos ha conducido al hombre a crear a los dioses a su imagen y semejanza, de manera que, del mismo modo que los señores, los reyes o los faraones egipcios imponían sus órdenes y caprichos, y los súbditos llegaban a asumir la obediencia a tales órdenes como una auténtico deber moral, igualmente la clase sacerdotal impuso su doctrina de que los dioses serían seres sobrenaturales con un derecho y un poder absoluto sobre la vida y la muerte de los hombres, sus súbditos, que con mayor motivo tendrían esa misma obligación de obedecerles.

La justificación de aquel derecho, tanto en el caso de los señores terrenales como en el de los supuestos dioses, no era otra que la de su poder. Y, por ello mismo, desde que los sacerdotes judíos proclamaron la existencia de Yahvé como Señor absoluto de los judíos y posteriormente de toda la tierra, resultaba fácil establecer que a él se le debía una obediencia y una sumisión absoluta, y que cualquier desobediencia a sus órdenes merecía un castigo inexorable.

Así, por lo que se refiere a la crueldad y comportamiento despótico de ese Dios, “más allá del bien y del mal”, que sospechosamente se comportaba guiado por pasiones “humanas, demasiado humanas”, resulta difícil enumerar la larga serie de textos bíblicos en que se muestran tales características, pero tiene interés mencionar al menos algunos especialmente significativos por lo asombroso que resulta que, siendo la Biblia el libro sagrado de los católicos y habiendo en ella barbaridades de una magnitud inimaginable, supuestamente inspiradas por el “Espíritu Santo”, la mayoría de los fieles católicos siga desconociéndolas o llegue a considerar que tales textos deben de tener alguna explicación misteriosa, en lugar de atreverse a pensar por sí mismos para analizar y descubrir directamente lo que en ellos se dice, aunque tal actitud les lleve a tomar conciencia de que ese supuesto Dios, “amor infinito”, sería un ser especialmente perverso, movido absurdamente por el deseo de ser adorado y obedecido por el ser humano, como si su propia felicidad o perfección dependiera de algún modo del caso que los seres humanos hicieran de él.  


[1]En este sentido, conviene recordar las palabras de Tomás de Aquino, doctor de la iglesia católica, cuando escribió: “Algunos, no entendiendo cómo Dios puede causar el movimiento de nuestra voluntad sin perjuicio de la libertad misma, se empeñaron en exponer torcidamente dichas autoridades [bíblicas]. Y así decían que Dios causa en nosotros el querer y el obrar, en cuanto que causa en nosotros la potencia de querer, pero no en el sentido de que nos haga querer esto o aquello. Así lo expone Orígenes […] De esto parece haber nacido la opinión de algunos, que decían que la providencia no se extiende a cuanto cae bajo el libre albedrío, o sea, a las elecciones, sino que se refiere a los sucesos exteriores. Pues quien elige conseguir o realizar algo, por ejemplo, enriquecerse o edificar, no siempre lo podrá alcanzar […] Todo lo cual, en verdad, está en abierta oposición con el testimonio de la Sagrada Escritura. Se dice en Isaías: Todo cuanto hemos hecho lo has hecho tú, Señor. Luego no sólo recibimos de Dios la potencia de querer, sino también la operación” (Suma contra los gentiles, III, capítulos 89 y 90).

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