El concejal, la misa y la «casa de citas»

Una de las principales funciones que desempeña el lenguaje verbal consiste en articular y hacer posible el conocimiento; no sólo el relativo al vasto mundo exterior con todos innumerables pormenores, también el conocimiento de nosotros mismos, como especie y como individuos con un mundo interior igualmente vasto e ignorado. Asimismo es cierto que el lenguaje se puede sesgar, retorcer y manipular en función de intereses particulares, y que asistidos por la palabra podemos perseverar largo tiempo en el engaño y el autoengaño. Pero antes o después el lenguaje acabará por delatarnos —o iluminarnos— mostrándonos como somos y cumpliendo así su crítica misión de darnos a conocer. Paradójicamente, una de las vías que ofrece el lenguaje en esta andadura del conocimiento es el error, el descuido o traspiés verbal; técnicamente, el lapsus linguae. Cuando Mª. Dolores de Cospedal confesó lo mucho que habían trabajado «para saquear a nuestro país adelante», quizá no estaba equivocándose sino haciendo un sincero ejercicio de confesión, permitiéndose —y permitiéndonos— acceder a un conocimiento hasta entonces oculto o solo intuido. La misma generosidad tuvo Pedro Sánchez cuando admitió que «Vamos a ampliar y reforzar las puertas giratorias», claro que sí. Otro ejemplo, de una categoría más elevada y sutil (siempre hubo clases), nos lo ha brindado recientemente Carlos-Carmelo Gutiérrez, concejal del Partido Popular en el Ayuntamiento de Valdefresno (León), al afirmar durante un pleno que «hay que ir a los actos institucionales como Concejal, a una misa, a otros actos, incluso a una casa de citas». Error, descuido o pura transparencia verbal, tal es el sentido de la responsabilidad institucional de este representante público, dispuesto a ir a donde haga falta en el ejercicio de su deber. Apreciamos en su justa medida tan abnegado espíritu de sacrificio, así como la posibilidad de acceder al conocimiento de tan esforzada predisposición.

Más allá de lo chusco de la anécdota, interesa saber que las declaraciones de Gutiérrez tuvieron lugar en medio de un cruce de opiniones a propósito de si los concejales electos tienen, entre sus responsabilidades como cargos públicos, la obligación de acudir a actos religiosos, por ejemplo misas. Aurora Panizo, concejala por La Sobarriba en Común, declaró en dicho pleno su negativa a acudir a tales actos en calidad de concejala, basándose en su idea de que no deben mezclarse política y religión. Así mismo lo entiende quien esto suscribe, y así pareció entenderlo hace dos mil años uno que dijo «al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». Pero comprendemos igualmente que política y religión tienden de forma natural a mezclarse y fundirse, a intercambiar o solapar sus papeles: una y otra obedecen a similares afanes de control de lo social, aspiran por igual al ejercicio de un poder cada vez más amplio y menos democrático, pretenden igualmente perpetuarse en ese poder y tienen un parejo afán de lucro y notoriedad, así como una similar tendencia a corromperse y traicionar sus anunciados ideales, ocultando bajo la bella cáscara de su discurso realidades oscuras y hediondas. Siendo esa su íntima naturaleza, es comprensible que políticos y religiosos gusten de ir de la mano, de apoyarse unos a otros, reforzarse en sus respectivos y coincidentes propósitos y cubrirse mutuamente las espaldas. En efecto, la Historia demuestra que muchos de los peores desmanes que hemos padecido (y padece hoy buena parte de la humanidad) se han dado justamente cuando las organizaciones religiosas se han instalado en el poder político. También cuando los abusos políticos han tenido el apoyo, la excusa o el parabién religioso.

La mejora de nuestra imperfecta democracia, así como el progreso de la sociedad en índices de civismo, convivencia y libertad, pasa por la observación de una estricta neutralidad religiosa por parte de instituciones y representantes públicos, neutralidad particularmente deseable en esferas tan sensibles en la formación ciudadana como es la educación, tanto más cuando esta se financia con el fondo común. Es desde esa neutralidad de lo público (que no debe confundirse con indiferencia, ni con relativismo) como mejor se puede defender el derecho a la práctica libre y respetuosa de cualquier confesión religiosa en los ámbitos privados; más aún, sólo desde la neutralidad política institucional se puede defender, en toda su integridad, la libertad religiosa al amparo del Derecho; un Derecho, por cierto, que permitió al Sr. Gutiérrez demandar a la Sra. Panizo por supuestas «calumnias e injurias», pues la concejala cometió el «imperdonable» error de hacer públicas las declaraciones del concejal utilizando, en lugar de «casa de citas», otra expresión más ruda y coloquial, que está en la mente de todos y es la que ella creyó oír en el susodicho pleno. Quizá la concelaja no estuvo fina de oído aquel día; quizá no fue ella quien adoleció de falta de finura. En cualquier caso, ella rectificó su error, si lo fue, y el concejal obtuvo las disculpas que reclamaba y creía merecer.

Tan patética experiencia nos reafirma en uno de los ideales que vertebran la Europa moderna, culta y civilizada: el de la neutralidad religiosa de los Estados y sus instituciones, neutralidad que se fundamenta en el Derecho y en la defensa sin fisuras de las libertades individuales. De este modo entendemos que Aurora Panizo no vaya a misa como concejala, y que justamente desde esa posición esté perfectamente capacitada para defender el ejercicio de la libertad religiosa al margen de las instituciones públicas, también de las escuelas y universidades que cimentan nuestras sociedades y pagamos entre todos; al margen, en suma, de lo que es tanto de los que creen en una u otra confesión, como de los no creemos en ninguna. Esa misma actitud, extendida, nos permite respetar a Carlos-Carmelo Gutiérrez, incluso aunque no estemos de acuerdo con él cuando acude a un acto religioso en calidad de concejal, estrechando así los viejos y temibles lazos que históricamente han unido política y religión, o como no lo estaríamos si acudiese con esas mismas medalla y banda «a una casa de citas», a estrechar no sabemos qué otros lazos.

La concejala no va a misa, por respeto. El concejal sí, por sus propias razones, o sinrazones. Y «a una casa de citas», si hace falta, también. Es su derecho, valga la contradicción, y como tal lo respetamos.

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