«El club» lleva la noche oscura de la Iglesia al festival de Berlín

Pablo Larraín y su película «El club» convierten en metáfora tristísima de lo que son todas las miserias del Vaticano. Sin duda, la película de la Berlinale

Decir que una película como ‘El club’ trata simplemente de la pedofilia en la iglesia católica equivale a afirmar que el argumento del Quijote, por poner el mayor de los ejemplos, versa sin más sobre los efectos de la locura en la caballería andante. Aún siendo los dos problemas graves en su sector (el de los curas y el de los desfacedores de entuertos), lo que importa, como siempre, es lo otro. No es el demente que cabalga o, ya que estamos, el pederasta que repugna, sino nosotros, nuestra locura y nuestro asco. Y así.

El chileno Pablo Larraín presentó su última película y algo, no quedó claro qué, explotó. Muy adentro y muy fuerte. No sólo es su mejor, más cruel y más divertido a la vez, trabajo sino que comparte con obras como ‘Saló o los 120 días de Sodoma’, de Pasolini, o ‘Funny games’, de Haneke, la virtud del ‘shock’. No es tanto un desafío como una declaración de principios; no es provocación es claridad.

«Nos levantamos y rezamos. Después tomamos el desayuno. Celebramos la misa al mediodía. Comemos a la una. Luego cantamos. A continuación tenemos tiempo libre. Rezamos el rosario a las ocho y media hora después cenamos», comenta tranquila la monja que ordena y regenta la casa en la que viven escondidos de sí mismos y del mundo un grupo de sacerdotes. Importa la puntualidad, el orden y la absoluta normalidad del más triste y repulsivo de los horrores. La propia y hasta santa iglesia (madre de sus súbditos que, por tanto, además son hijos) los tiene ahí ocultos. Ellos se limitan a estar.

A Larraín, un experto en rastrear en la parte de atrás, le interesan los mecanismos ocultos que mueven cosas tales como el abuso, la impunidad o la arrogancia. Ninguno de los allí recluidos es capaz de entender siquiera la gravedad de sus actos y, mucho menos, algo tan elemental como la culpa. Va en el propio mecanismo del perdón el feo vicio de la irresponsabilidad. Las consecuencias de sus actos terrenales, dice el credo que defienden los personajes, no son de este mundo.

Pero no todo es la mediática pederastia; a su lado, un capellán militar pena por su silencio de tanta atrocidad durante la dictadura; otro se esconde por haber robado niños recién nacidos de manos de sus madres; uno más hace tiempo que ha perdido la cabeza por no queda claro qué (tal vez su homosexualidad no aceptada), y la última, la monja, simplemente paga por obligación. Más sencillo: no falta de nada; la parroquia, cualquiera de ellas, al completo. Si no fuera tan trágico, podría ser comedia. O al revés.

Hasta que un día aparezcan por la casa dos sujetos extraños: una víctima enajenada de un pederasta; y el emisario de las nuevas jerarquías eclesiásticas dispuestas a acabar de raíz con el problema. «La institución no puede permitirse albergar en su seno gente incapaz del arrepentimiento», dice el cuerdo.

Como ya hiciera en ‘Post mortem’, por ejemplo, donde la dictadura de Pinochet era contemplada desde la modesta sala de una morgue, Larraín se las ingenia para transformar la situación más pretendidamente anómala en algo rutinario, si se quiere sencillo. O ridículo incluso. Lejos de cada plano la impostura de la denuncia, la tentación del melodrama.

Toda la película navega a media luz, entre el sol que se esconde o el día que arranca, enfangada en una tiniebla nada aparatosa. Entre la risa y el horror. No es el infierno, es el alba. Cada gesto busca la cotidianidad del mal, la vulgaridad de lo atroz. De hecho, todos los personajes son, según ellos mismos y su fe, buenos. La perversidad no es obra de seres irracionalmente perversos, sino de individuos perfectamente reconocibles. La enfermedad no es el Mal (así con mayúsculas), sino la indiferencia, la irresponsabilidad o el miedo (todo en minúscula). Y aquí, volvemos al principio, cabemos todos. No es de caballeros andantes de lo que hablamos, hablamos de la locura de estar vivo.

Es difícil imaginarse qué puede opinar el Papa Francisco, por ejemplo, de una película así. Y tampoco está claro si su opinión tiene la más mínima relevancia. El director advirtió quizá ufano que le importa más la opinión del cine que de la iglesia. Sea como sea, no basta con pedir perdón.

Películas desiguales

Por lo demás, y aún sin estar recuperado de la impresión, la sección oficial ofreció dos películas desiguales en su desigualdad. Suena a redundancia y, en verdad, es cansancio. Primero fue la alemana ‘As we were dreaming‘, del héroe local Andreas Dresen, siempre preocupado por la historia y la herida reciente. La de Alemania.

La película quiere ser una especie de ‘Soñadores’, de Bertolucci, pero al revés. En los tiempos de la reunificación, un grupo de niños primero, adolescentes después y víctimas por ultimo, se esfuerzan en sobrevivir. Viven entre dos mundos y, en efecto, en la fractura que separa el Este del Oeste, el comunismo del consumismo, están condenados a quedarse. Para siempre. El problema, que lo hay, es el ruido. Dresen, tan sutil en otras ocasiones, quiere seguir el paso a unos tiempos turbulentos a fuerza de subir el volumen. Pero no. Pretende frenesí y apenas acierta con la simple precipitación.

Por último, la directora polaca Malgorzata Szumowska, directora de horrores como ‘Ellas’ o ‘Amarás al prójimo’, atempera esta vez el gesto para componer en ‘Body’ una historia sobre pérdidas, silencios y hambre. Todo en uno. Un padre (policía él) y una hija (anoréxica ella) pelean como pueden ante la muy presente ausencia de la madre muerta. Y en esta guerra desigual y perdida, vale todo: cualquier mecanismo autodestructivo o la primera charlatana espiritista. Aunque falta de foco, la película consigue por momentos hacer de su irregularidad una buena excusa para hacer daño. Intensa en su descontrol.

Sea como sea, el día acabó a oscuras. No como siempre, sino peor, más negro. «Y vio Dios que la luz era buena; y separó Dios la luz de las tinieblas», se lee al principio de la película de Larraín. Pues eso, no hubo manera de separar nada. Todo confuso. ¿Y que dirá Francisco de todo esto? ¿Habrán acabado ya los Goya?

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