El cinturón de la Virgen

Los rusos tienen un tesón y una capacidad de sacrificio extraordinarios. Lo hemos constatado frente a la catedral de Cristo Salvador de Moscú, por donde han pasado más de medio millón de personas largo para acercarse a una reliquia considerada importante en la comunidad cristiana ortodoxa, el cinturón de la Virgen María, del monasterio de Vatopedi en el Monte Athos, en Grecia.

La reliquia, que visita por primera vez Rusia, ha deambulado de ciudad en ciudad en un trayecto en forma de cruz que comenzó el 20 de octubre en San Petersburgo, donde la recibió el jefe del gobierno Vladímir Putin. A Moscú llegó el 19 de noviembre, tras pasar por Yekaterinburg (en los Urales), Norilsk (en el círculo polar ártico), Vladivostok (en el Pacífico), Tiumén (en Siberia). El lunes 28 de madrugada, el cinturón de la Virgen concluye un periplo que ha sacado a la calle a multitudes. En Moscú, las colas han llegado a ser de varios kilómetros y las esperas, de varias horas y hasta de más de un día. Un aluvión humano llegado de todo el Estado ha aguantado estoicamente el frío, la lluvia y las primeras nieves. Esta vez, las autoridades civiles han estado a la altura del evento, dosificando el acceso de los peregrinos, ordenando la masa humana con vallas y proporcionando servicios como autobuses para entrar en calor, lavabos y bebidas.

Tal ha sido la afluencia que las autoridades eclesiásticas, en un intento de consolar o compensar a quienes no llegaran a ver el cinturón, informaban a los fieles de la existencia de otras reliquias de la Virgen María, consideradas igualmente importantes, accesibles sin aglomeraciones y de forma permanente en otras iglesias de Moscú.

Cada uno sabrá qué le ha atraido a la catedral, una reconstrucción de otra que fue derruida en los años treinta por Stalin: ¿Curiosidad? ¿Fe? ¿Esperanza de milagro? ¿La cola en sí misma transformada en un simbólico polígono de pruebas de la capacidad de sacrificio y superación? ¿El ritual? ¿La norma?

La estratificación viciada de la sociedad se ha reproducido también en esa cola que ha contado con un acceso privilegiado para VIPS y que ha sido realmente un microcosmos del país, a juzgar por mi experiencia en

uno de los accesos a la catedral, el más próximo hasta donde me permitió llegar la acreditación del ministerio de Exteriores.

Allí, el controlador exigía un pase especial emitido por las autoridades eclesiásticas: “El ojo de Dios lo ve todo y no tengo derecho a dejarla pasar. Y además, aquí hay un video que me está vigilando”, decía el funcionario. Mientras unos colegas del canal NTV, encallados también frente al control, llamaban al departamento de Prensa, las verjas se abrían para los portadores de pases expedidos por la patriarquía:

“¿Dónde lo consiguió?”

 “Me lo dieron en la parroquia”, decía una mujer mayor.

“Tengo un pariente que trabaja en Sofrinó”.

“¿Sofrinó?”

“Así se llama la empresa de producción de objetos de culto de la iglesia ortodoxa rusa. Pero dejaron de repartir invitaciones cuando descubrieron que las estaban vendiendo a cinco mil rublos (unos 120 euros)”, dice una mujer antes de deslizarse rauda a la siguiente zona de control.

Un hombre rechoncho con sotana vende estampas. Afirma ser el monje Porfionov, de la provincia de Kostromá. Las estampitas, asegura, protegen contra los ladrones y los incendios. ¿El precio? “La voluntad”.

El controlador mira con suspicacia uno de los pases: “Esto es una falsificación. Lo veo perfectamente. He detectado 250 falsificaciones hoy”, dice, impidiendo la entrada a dos mujeres.

Llega el funcionario de Prensa y con él queda libre el acceso a la catedral, aunque por la puerta de salida, en dirección contraria a quienes acaban de contemplar la reliquia. Todo es tan rápido que no veo nada. Sólo las vestimentas doradas, azules y blancas de los popes y los uniformes de los oficiales de las tropas de Ferrocarriles, que montan gurdia junto a la reliquia. Vladímir Yakunin, el jefe de los Ferrocarriles de Rusia (RZHD), es el presidente del patronato del Fondo Andréi Pervozvanni, que ha contribuido a traer el cinturón a Rusia.

“¿Dónde está la reliquia?”

“¿Pero no la ha visto?”, pregunta un hombre que con infinita amabilidad me lleva ante un cofre con tapa acristalada.

Salgo.

A la puerta de la catedral, un empleado del servicio de orden da la mano a una niña de aspecto acongojado: “Los padres de Masha…, por favor, los padres de Masha… que vengan a recogerla”.

En la escalinata, numerosos buzones para quien quiera contribuir a la reconstrucción de diversos monasterios, y repartidores de folletos de rutas turísticas y de peregrinación, además de dos puntos de distribución de réplicas en miniatura de los cinturones de la Virgen, acompañadas de la bendición del patriarca Kiril.

Esto ocurre en noviembre de 2011. Constato y reflexiono.

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