El Catolicismo y el Estado Vaticano aliados ideológicos y políticos del Pacto Tripartito durante la IIª Guerra Mundial

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En este artículo, querida lectora, querido lector, he querido destacar con dos documentos la naturaleza totalitaria de la religión católica, que por extensión lo son todas las religiones monoteístas. En un documento: “Divini redemptoris”, el papa Pío XI desarrolla la ideología totalitaria cuando condenando el comunismo, el socialismo, el anarquismo (para los papas estos tres nombres vienen a significar la misma cosa: son ateos) y el liberalismo, al que acusa de ser el instrumento a través del cual se favorece el desarrollo del comunismo y, en consecuencia, debe ser eliminado, dota de contenidos teóricos a los movimientos políticos totalitarios. Ni Hitler, ni Mussolini, ni Tanaka o Tojo, ni Franco, ni Salazar…desarrollaron la ideología totalitaria. Esa tarea la asumieron los papas. Los otros, los políticos la pusieron en práctica creando la Antikomintern.

En el otro documento:“Dilectíssima nobis”, el mismo papa, fiel a la doctrina de sus predecesores, pide a sus fieles, a la derecha laica, que se movilicen y organicen políticamente para conquistar el poder y desde esa plataforma cambiar las constituciones de origen democrático. Es justo lo que hizo Mussolini, lo que hizo Hitler, lo que hizo Dollfuss y lo que pretendió hacer Gil Robles. Cuando la vía democrática para conquistar el poder e instaurar el totalitarismo fallaba quedaba la otra vía: el golpe de Estado. Lo que hizo Franco y lo que hizo Salazar. Con este documento la religión legitima la violencia armada como último recurso o recurso necesario para conquistar el poder. Falta un tercer documento en el que se desarrolla la legitimación de la violencia, de la guerra civil, del “Pacto Tripartito”, aunque éste quedara fuera de España, siguiendo la doctrina de los papas: la Carta colectiva de los obispos españoles en 1937. Esta no está incluida en este artículo, pero para quien la quiera leer la puede encontrar en mi libro “Dios es de derechas”.

Recomiendo la lectura de estos dos documentos porque son imprescindibles para entender la ideología totalitaria y la legitimación de la violencia en defensa de la religión. Y quiero hacer una advertencia sobre el peligro de involución o contrarrevolución fundamentalista en el que nos encontramos inmersos, una vez desaparecido el bloque comunista como amenaza principal. La derecha, que a veces suele presumir de liberal para camuflarse y confundir presentándose de moderna, cuando se autocalifica de cristiana, democracia-cristiana o popular, es porque sus valores morales son cristianos o lo que es lo mismo: autoritarios, patriarcales, antifeministas y homófobos. De manera que, si no estamos atentos a sus movimientos involucionistas tratarán de recortarnos los derechos individuales. No podemos olvidar que están en contra de: la separación entre la Iglesia y el Estado, el matrimonio civil, el divorcio, la libertad sexual, el aborto, los anticonceptivos, la homosexualidad, el lesbianismo, la píldora del día después, el tanga, los vaqueros, el desnudo, la libertad de opinión y del derecho a la libertad de cátedra…etc. O defendemos estos derechos día a día o nos los irán recortando discretamente mientras disfrutamos al calor de la memoria de nuestro pasado. Ser ateo es una forma de militancia en defensa de la libertad.

Durante todo el siglo XIX y XX  en cada país en el que se instauraba una revolución liberal la Iglesia iba siendo expulsada del Estado. Se quedaba sin poder, sin privilegios, sin protección  y sin función. En democracia eran y son incompatibles la alianza Iglesia-Estado porque la libertad no es compatible con la tutela intelectual y moral de una institución que pretende organizar nuestras vidas imponiendo leyes que no nazcan en los parlamentos. Ante este hecho, expulsión o separación del Estado liberal e incompatibilidad entre este Estado y la Iglesia, los papas dedicaron los siglos XIX y XX a impulsar la rebelión contra los Estados democráticos y a poner las bases teóricas y los instrumentos políticos para construir Estados a su medida.

Los Estados hechos a medida de la Iglesia sólo podían ser como siempre habían sido: o teocráticos o monarquías absolutistas. Ahora, una vez derrocadas las monarquías, éstas sólo podían ser sustituidas o por partidos políticos o por los ejércitos cuya ideología fuera antidemocrática. De dar forma a esta ideología, contenidos y legitimidad ya se encargaría la Iglesia. Es así como los papas pasaron el tiempo, encíclica tras encíclica, elaborando la ideología y el sistema social corporativo con el que se deberían construir esos Estados nuevos. El Estado totalitario. Los años treinta fueron el momento en el que las condiciones estaban creadas para instaurar este modelo totalitario de Estado. Todos serán católicos y sólo en el caso alemán, cuyo Jefe, Hitler, era católico, el catolicismo se verá obligado a compartir su participación en el Estado nazi junto con otras Iglesias cristianas. Porque en Austria, en Portugal, en España, en la Francia de Vichy y, luego en la Argentina peronista, todos católicos, la Iglesia consiguió construir el Estado que necesitaba para dejar de estar huérfana: el Estado totalitario.

Toda religión monoteísta es totalitaria no sólo porque su forma propia de gobierno sea teocrático y las formas de gobierno que coherentemente legitiman sean antidemocráticas sino porque pretenden imponer la voluntad divina a las voluntades individuales. De esa manera la voluntad religiosa contenida en las leyes y la moral no sólo priva a los individuos de la libertad sino de la capacidad para pensar por sí mismos. Así quedan sometidos a dios, el Poder, que está legitimado para perseguir toda diversidad siempre que proteja al dios al que sirve y del que se sirve. Todas las religiones o nacían vinculadas al poder totalitario o se vinculaban a él, como el catolicismo. Por su función, reprimir a las masas mediante la imposición de unos valores, una moral, mantenerlas sometidas al Poder y legitimarlo porque carece de origen legitimador basado en la soberanía popular, su suerte estaba vinculaba al Estado. Que la protege, protege sus intereses, y la beneficia y privilegia.

Durante siglos había sido así. Incluso en los siglos XVI y XVII cuando las guerras por la independencia nacional frente al Imperio de los Austrias son, al mismo tiempo, guerras de religión contra el imperialismo cristianismo de Roma, las nuevas iglesias nacionales, anglicanos, luteranos, calvinistas, nacían vinculadas al poder nacional. Estado y Dios- religión, eran indivisibles. El catolicismo, al ser una corporación eclesiástica organizativamente autónoma, conservó una ventaja: formaba parte del Estado autoritario como el alma que lo informa de valores y le proporciona la ideología, pero, al mismo tiempo conservaba su autonomía frente a las personas o dinastías que pudieran dirigir temporalmente esos Estados.

Así  podía conservar un margen de autonomía dentro del Estado frente a sus gobernantes. Y podía distanciarse de ellos, no del modelo de Estado, cuando no protegían sus intereses. Tenía el mismo comportamiento que la burocracia, civil o militar, que vive del Estado pero que, protegiendo el Estado puede sublevarse contra quien lo dirige. De manera que, junto con el brazo civil y militar, el tercer brazo burocrático del Estado era el catolicismo. Carlos Marx hizo, tal vez uno de sus más brillantes análisis en el trabajo “El dieciocho brumario de Luis Bonaparte”, donde explica cómo la burocracia militar, civil-administrativa y religiosa y no la clase burguesa, apoyaron a Luis Napoleón. No sacó las conclusiones que le hubieran permitido corregir los errores de su teoría de la lucha de clases, pero éste es otro asunto.

El catolicismo había proporcionado la ideología totalitaria a estos Estados en los que se sentía acomodada. Hasta que ocurrió algo que ya se venía gestando desde las revoluciones inglesas, la norteamericana y la Ilustración: la revolución francesa en 1789. De un plumazo esta revolución derribó los dos soportes del catolicismo: la ideología y su asociación al Estado, al proclamar la separación entre la Iglesia y el Estado. De pronto, quedaba huérfana, abandonada a su propia suerte. También será expropiada, pero perder sus riquezas no era tan grave como perder su alianza con el Estado.

La nueva ideología, históricamente nueva en la ciencia política, sólo con algunos referentes en las sociedades asamblearias y republicanas greco-romanas, negaba el totalitarismo católico afirmando la mayor: que el individuo y no la familia, la corporación o el estamento, es el fundamento de la sociedad. Que el individuo tiene derechos, condición nunca admitida por ninguna religión monoteísta; que el poder tiene su origen en los ciudadanos y no en dios y que los gobiernos deben ser elegidos por los ciudadanos y responsables y los poderes ejecutivo, legislativo y judicial estar separados. La función ideológica del catolicismo se desplomó. Los nuevos Estados que surjan de revoluciones liberales tendrán una ideología basada en los valores ilustrados y vivirán separados de la Iglesia sin admitir su tutela.

Estaba en juego la existencia de la corporación eclesiástica, el clero. Recreándose  una situación parecida a la provocada en el siglo XVI por Lutero cuando proclamó que todo individuo es sacerdote y no se necesitan de intermediarios para relacionarse con dios. El ataque iba directamente dirigido contra el estamento clerical. El otro estamento privilegiado, la nobleza, será barrido por la revolución, pero el católico, a pesar del duro golpe recibido no se hundió con el Antiguo Régimen, le sobrevivió, gracias a tener autonomía organizativa como corporación y gobierno teocrático propio. Podría ser algo así como una “quintacolumna”, o un partido en la clandestinidad, dispuesta a resistir el envite y a preparar la contraofensiva.

La reacción contrarrevolucionaria fue brutal. Con Pío VI a la cabeza fueron condenados y excomulgados los valores ideológicos de la revolución. En Quod aliquantum, Sobre la libertad, Carta al Cardenal Rochefoucauld y a los obispos de la Asamblea Nacional 10 de marzo de 1791, este papa se atrevió a afirmar que:

“A pesar de los principios generalmente reconocidos por la Iglesia, la Asamblea Nacional se ha atribuido el poder espiritual, habiendo hecho tantos nuevos reglamentos contrarios al dogma y a la disciplina. Pero esta conducta no asombrará a quienes observen que el efecto obligado de la constitución decretada por la Asamblea es el de destruir la religión católica y con ella, la obediencia debida a los reyes. Es desde este punto de vista que se establece, como un derecho del hombre en la sociedad, esa libertad absoluta que asegura no solamente el derecho de no ser molestado por sus opiniones religiosas. sino también la licencia de pensar, decir, escribir, y aun hacer imprimir impunemente en materia de religión todo lo que pueda sugerir la imaginación más inmoral; derecho monstruoso que parece a pesar de todo agradar a la asamblea de la igualdad y la libertad natural para todos los hombres. Pero, ¿es que podría haber algo más insensato que establecer entre los hombres esa igualdad y esa libertad desenfrenadas que parecen ahogar la razón, que es el don más precioso que la naturaleza haya dado al hombre, y el único que lo distingue de los animales?”

La contrarrevolución ideológica estaba en marcha. A sus filas se unieron los pensadores católicos y cristianos, como Hegel, Burke, Chateaubriand, Hardenberg (Novalis), Muller, Haller, De Bonald, de Maestre, Balmes, Donoso Cortés…y, sobre todo, todos los papas. Pero la Iglesia seguía huérfana de Estado. Excepto en el Imperio austríaco, allí donde triunfaba el liberalismo era expulsada del Estado y cuando conseguía recuperar posiciones en alianza con las burguesías conservadoras, cualquier golpe de timón, cualquier revolución la devolvía extramuros del Estado. Vivía en un estado de ansiedad e inseguridad.

La burguesía conservadora irá recuperando esos valores que necesitará para controlar a las masas que se estaban generando al ritmo de las revoluciones industriales, pero, aún así, esta burguesía la tenía como colaboradora no como ama. Todavía no sentía el peligro que se estaba gestando: la amenaza obrera de la mano del comunismo, del sindicalismo anarquista y del tradeunionismo. De manera que, durante todo el siglo XIX el enemigo principal del catolicismo fue la ideología en la que se fundamentaba el liberalismo político. Pero, en la segunda mitad del siglo XIX ya empezó la nueva clase burguesa a sentirse amenazada por la nueva clase: el proletariado. Una clase que se organizaba en torno a su propia ideología: el comunismo, el anarquismo y el tradeunionismo. Lo que era sólo un fantasma empezó a tomar cuerpo en el tercer tercio del siglo XIX.

A partir de ese momento, la ideología liberal no sólo era incapaz de contener la amenaza proletaria, sino que era utilizada por el proletariado para reclamar para sí los derechos que la burguesía se había atribuido como privilegio excluyente: los derechos individuales, el derecho al sufragio, el derecho a ser elegido…esta situación de inestabilidad fue aprovechada por un papa, que entendió que había llegado el momento de volver a ser tenido en cuenta por el Estado, si se ofrecía a éste la vieja ideología totalitaria como necesaria para organizar y contener a las masas, a los obreros que se estaban organizando bajo el anarquismo y el socialismo o comunismo.

En alguna de sus encíclicas como la “Immortale Dei”, 1885 o  la “Rerum Novarum”, 1891, volvió a condenar el sindicalismo y el socialismo, propuso el corporativismo como alternativa al sindicalismo, la coexistencia de clases bajo dirección de la burguesía frente a lucha de clases, el Estado como integrador de las clases sociales que debían sacrificarse por  el bien nacional e hizo una defensa del estado totalitario como forma de gobierno, aunque se vio obligado a admitir que aún siendo el liberalismo político indeseable se podría colaborar con él en torno a unos objetivos comunes.

Dejaba sentada la doctrina de la “accidentalidad de las formas de gobierno”, en virtud de la cual los católicos no tenían por que apoyar ni dejar de colaborar con gobiernos que no fueran autoritarios, pero debían conquistar esos gobiernos por vía democrática, a falta de otras como la rebelión militar, para, una vez en el Poder, transformar el estado democrático en un Estado totalitario. Había entendido la estrategia de la socialdemocracia que pretendía hacer lo mismo: conquistar el Estado para instaurar la dictadura del proletariado. Este, sin olvidar el liberalismo, pasó a ser el enemigo principal de la burguesía y del catolicismo.

Pero aún no se habían establecido las condiciones sociales y políticas para acabar con la democracia y el socialismo de un plumazo. Esas condiciones se fueron creando después de la Iª Guerra Mundial. Primero en Italia, donde Mussolini, apoyado por la Iglesia, fue nombrado primer ministro por el monarca y procedió a transformar el estado liberal en otro totalitario llevándose por delante a socialistas, comunistas, anarquistas y liberales. Todos los partidos, excepto el fascista, fueron prohibidos y lo mismo ocurrió con los sindicatos. Que fueron sustituidos por las corporaciones. Pío XI fue el papa que empezó a poner en práctica la doctrina de León XIII orientando ideológica y organizativamente al Estado fascista. Del que la Iglesia volvía a formar parte. Ahora, después de siglo y medio, volvía a tener un Estado propio, que ella legitimará a falta de soberanía popular. Y del que ella recibirá no sólo protección sino enormes beneficios. Y volvía a recuperar su función ideológica: se encargará, en régimen de monopolio, de la educación. Además serán prohibidos el matrimonio civil y el divorcio. Quedaba demostrado que cualquier tiempo pasado fue mejor.

La experiencia contrarrevolucionaria se irá repitiendo por “vía pacífica”, como Dollfuss en Austria y Hitler en Alemania o militar como Salazar en Portugal y Franco en España. No era la burguesía sino los funcionarios civiles o militares quienes se rebelaban en defensa de la patria y de la nación contra la democracia, la amenaza interna,  y contra el socialismo, la amenaza externa. Defendían la integridad nacional contra la lucha de clases. El totalitarismo contra la democracia, impotente frente a la marea revolucionaria del proletariado. El catolicismo volvía a ofrecer su ideología, sus valores, su moral, dotando de contenidos y legalidad a la brutalidad nazi, fascista o franquista. Hasta que se desencadene la Segunda Guerra Mundial una de cuyas causas fundamentales será la contrarrevolución ideológica contra el liberalismo, la democracia, el socialismo y el anarquismo.

Pero la causa principal de la Segunda Guerra Mundial ya estaba inscrita en la Guerra Civil española, que aunque nada tuvo que ver con los comienzos del conflicto internacional, sí la justificó ideológicamente. La Segunda República española había separado la Iglesia del Estado, impuesto la enseñanza laica, el divorcio, el matrimonio civil…una moral laica y democrática frente a una moral sexual represiva religiosa y católica. Era demasiado. Hasta tal punto que fue el propio papa Pío XI quien estuvo impulsando a los católicos a que se organizaran, conquistaran el Estado y luego lo sustituyeran por uno totalitario. El modelo, Dollfuss. Llegados aquí se me hace inevitable leer la encíclica de este papa, llamada “Dilectíssima nobis”. Donde el papa se dirige con toda la arrogancia posible al Gobierno democrático y republicano, en nombre de que él posee la verdad y de que España es suya. Aquí el pueblo no pinta nada. El decidirá por el pueblo.

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