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El camino a la destrucción: Vox

Estamos abocados a revivir tiempos dramáticos al permitir que quienes no creen en las libertades ni en los derechos humanos puedan acceder al poder democrático para destruirlo.

Mucho antes de que Hitler llegase al poder, periodistas españoles como Carlos Esplá, Chaves Nogales, Eugeni Xammar, Josep Pla o Luis Abeytúa informaban puntualmente de lo que se estaba fraguando en Alemania. Las campañas de propaganda de los nazis, los desfiles multitudinarios de los camisas pardas por los centros de las grandes ciudades, las agresiones constantes a las sedes de los partidos burgueses y obreros, la apelación machacona a un pasado de grandezas mitificado, las escenografías monumentales que acompañaban a Hitler en todas sus apariciones públicas, el desprecio visceral a la democracia parlamentaria a la que se acusaba de estar en la raíz de la decadencia nacional y de las penurias del pueblo, daban cuenta de que en aquel país se estaba fraguando un movimiento “transversal” de carácter totalitario que en breve amenazaría a las democracias de todo el mundo.

Alemania había perdido la “Gran Guerra” y en el Tratado de Versalles se le habían impuesto unas indemnizaciones por daños bélicos difícil de asumir. Ese fue el primer banderín de enganche del Partido Nazi, al que después se añadiría la crisis de 1929 que dejó en el paro a millones de alemanes que además se vieron vapuleados por una inflación descomunal que les impedía cubrir las necesidades más esenciales. La apelación anticomunista terminó por conformar la ideología de un partido destinado a provocar la mayor crisis de la historia de la humanidad. Con ese bagaje y la promesa de resucitar a los nibelungos para convertir a Alemania en la nación total, Hitler ganó las elecciones de noviembre de 1932 con un 33% de los votos. En enero, Hindenburg, considerando que contaba con el apoyo de los partidos más conservadores, nombró a Hitler Canciller, y en marzo el Reichtag, al aprobar la Ley de Concesión de Plenos Poderes, lo convertía en dictador absoluto. Lo que ocurrió después es sabido de todos y no es necesario repetirlo.

Estamos asistiendo al crecimiento vertiginoso del nuevo fascismo

Actualmente el mundo no vive una recuperación de la socialdemocracia como algunos medios han resaltado tras las elecciones alemanas, a lo que estamos asistiendo de verdad es al crecimiento vertiginoso del nuevo fascismo. Ya sé que muchos dirán que no se dan los requisitos necesarios para considerar a los actuales movimientos ultraderechistas como fascistas, pese a ello me reitero en mi opinión y estoy convencido de que de no actuar con rapidez analizando las causas íntimas de este fenómeno, estamos abocados a revivir tiempos dramáticos al permitir que quienes no creen en las libertades ni en los derechos humanos puedan acceder al poder democrático para destruirlo.

En Castilla y León, territorio tradicionalmente muy conservador por la implantación tremenda de la Iglesia, por el envejecimiento de la población y el miedo a los cambios, han ganado los mismos que lo han hecho casi siempre, es decir la derecha más conservadora. El problema ahora es que la competición entre el PP y VOX por ver cual de las dos formaciones es más facha -igual sucede en el resto del Estado-, ha hecho que el debate ideológico se haya trasladado al lado de Vox. No creo que Vox llegue jamás a obtener una mayoría suficiente para gobernar, pero tampoco le hace falta porque en la actual situación las diferencias ideológicas entre ambos partidos es mínima. Sólo podría suceder si Vox, ante la estulticia de los populares, termina por engullirlos tal como el Partido Popular ha hecho con Ciudadanos. En cualquier caso, a cada elección que se sucede el porcentaje de votos de la extrema derecha, en la que incluyo al actual partido de Casado y Ayuso, es mayor que el del resto de las fuerzas políticas. Y eso, además de constituir una gravísima amenaza para la democracia, lo es también para la integridad del país puesto que ni en el País Vasco ni en Cataluña esas formaciones tienen peso alguno.

¿Por qué hemos llegado hasta aquí? En mi opinión hay varios desencadenantes. El primero, al igual que sucedió en la Alemania nazi, es la crisis económica derivada de la catastrófica burbuja financiero-inmobiliaria. Durante los años previos a la crisis se vivió un periodo de crecimiento económico artificial que posibilitó que mucha gente ganase dinero comprando y vendiendo o trabajando a destajo en obras y servicios. Algunos incluso se atrevieron a llamar a aquel disparate “el tiempo del crecimiento perpetuo”. Las huellas destructoras de aquel espejismo especulativo están en nuestras costas, en los pueblos del interior, en la naturaleza y en el crecimiento de nuestra deuda, pero también en la pérdida de valores éticos evidenciada por el nulo impacto de la corrupción en los resultados electorales. La especulación económica se basa en el engaño y una parte considerable de la población admitió durante los años boyantes que era lícito ganar dinero de cualquier manera, surgiendo entonces -con el apoyo indispensable de los medios-, una admiración inusitada hacia quienes manifestaron mayor pericia en apropiarse de lo que no era suyo. Muchos pensaron de verdad que el espejismo no era tal sino que era real y la crisis hizo que todo su mundo se viniese abajo. Desde entonces, con gobiernos que no hicieron más que aplicar recortes y menguar servicios públicos esenciales, comienza a producirse una antipatía hacia la política que no logra menguar ni las medidas sociales emprendidas durante la pandemia ni la aparición en la vida pública de personas que no son corruptas y que demuestran día a día que trabajan por el bien común, entre otras cosas porque el bien común ha dejado de interesar a muchos ciudadanos.

Otro desencadenante del crecimiento de la ultraderecha nacionalista fueron los hechos acaecidos en Cataluña durante el otoño de 2017. El movimiento independentista catalán, auspiciado desde luego por las campañas del Partido Popular, la sentencia del Constitucional y otros factores que no vienen al caso ahora, se presentó también como transversal y basó su estrategia en la política de hechos consumados y en señalar a un enemigo: España, la España que nos roba y nos maltrata cuando nosotros podemos convertirnos en la segunda Suiza o la segunda Dinamarca sin el lastre español. La insensatez histórica de aquel movimiento no se detuvo a considerar que también había un nacionalismo español bruto, irracional y tan emocional como el suyo que había sido humillado, y ese nacionalismo de raigambre en extremo conservadora ha despertado y apela a un hasta aquí hemos llegado que exige uniformidad y mano dura con quienes quieren romper la baraja.

Si a eso añadimos que en toda Europa y en Estados Unidos los movimientos ultraderechistas y antidemocráticos crecen como la espuma apoyados por redes sociales y medios que analizan lo que está ocurriendo con la más absoluta trivialidad, vemos que el caldo de cultivo para que el virus del fascismo crezca de nuevo exponencialmente está preparado.

La revolución digital, que en nada está beneficiando a la inmensa mayoría de la población salvo que llamemos beneficio a tener WhatsApp o Instagram, y sí la está jodiendo mucho al cambiar rutinas y modos de vida por desconcierto y pobreza; la deslocalización industrial que ha convertido en inestable la vida de muchas personas que sólo querían estabilidad y ha pintado el futuro de negro, no hacen más que ahondar la distancia entre el electorado y los partidos reformistas, mientras crece su afección hacia quienes anuncian la resurrección de el Cid Campeador y del mundo de los hombres de verdad, que también pueden ser mujeres de verdad.

Es difícil, muy difícil cambiar la dinámica de los tiempos, pero no es imposible. Ante la amenaza que se cierne sobre nosotros -es una amenaza real, no una suposición- no hay más remedio que analizar las causas y promover los remedios, pero sin dilación porque los huevos de la serpiente están por todos lados y no podemos seguir dándoles calor.

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