El ateísmo sale del closet

Mientras en México se está dando una ofensiva clerical para influir en la política, de manera que se vean reflejados los particulares valores de inspiración religiosa en la legislación y para asaltar al sistema educativo sumido en una crisis abismal, en otros lugares del mundo el pensamiento científico, basado en la comprensión racional del universo, parece estar despertando de un largo letargo en lo que se refiere al activismo para hacerlo avanzar en el imaginario colectivo de las sociedades occidentales.

Aquí, la Iglesia católica ha iniciado una andanada de ataques al Estado laico con cantaletas de siempre y se dispone a apoyar abiertamente la intromisión de grupos confesionales en la política, incluso con llamados a constituir un partido abiertamente católico con tintes recalcitrantes que enfrente el avance de la legislación sobre derechos laicos, mientras en Europa los ateos militantes se han aventurado a emprender campañas de divulgación del pensamiento no religioso.

Después de una época de beligerancia polémica, desde la mitad del siglo XVIII hasta la mitad del siglo XX, los ateos entraron en una etapa de letargo en cuanto a la divulgación explícita de su pensamiento. Es posible que se deba sobre todo a la mala conciencia de ver vinculada la proclamación de la no existencia de dioses al comunismo y sus desastres. Además, en la medida en que el ateísmo no es una creencia en el sentido tradicional de la palabra, no busca crear iglesias ni conjuntos dogmáticos que identifiquen a sus seguidores. Por otra parte, el proceso de secularización social ha debilitado, sobre todo en los países europeos, pero también en el resto de las sociedades urbanas de Occidente, la fuerza de control de mentalidades de las religiones y ha hecho avanzar una concepción de la convivencia que admite las diversas formas de moral, de familia, de actitud hacia la vida, en la medida que respeten un orden jurídico establecido.

Sin embargo, durante las últimas tres décadas las visiones religiosas como fundamento del orden social han recobrado fuerza en diversos ámbitos del planeta. Los fundamentalismos han florecido como crítica a los malestares del desarrollo capitalista y se han convertido en maquinarias políticas con ambiciones de dominio, materializado en diversos países a partir de la revolución en Irán. Afganistán, Pakistán, Sudán, Nigeria, Indonesia, Egipto y, por supuesto, Gaza han sido escenarios del avance político del islamismo político en grados que van desde el control estatal hasta la creación de inestabilidad recurrente. En los Estados Unidos el creacionismo ha avanzado sus posiciones y los judíos más ortodoxos son impulsores de la política bélica de la derecha de Israel. La Iglesia católica en América Latina no se ha resignado a perder el control de la moral social a través del aparato estatal, en la medida que su prédica se muestra incapaz de generalizar sus preceptos de comportamiento a partir de la convicción.

La clerecía mexicana acusa de nuevo al Estado mexicano, hoy dirigido por sus discípulos panistas, de ser un educador absolutista y reclama legislación para imponer sus particular visión en materia de derecho a la vida, de familia o de sexualidad. Clama por recuperar espacios de pretendida libertad, cuando lo que realmente busca es utilizar al brazo secular para imponer su visión del mundo a la convivencia de una sociedad diversa que no comparte de manera universal la visión católica de la vida, del amor, de la sexualidad, de la felicidad o de la muerte.

Y frente a eso, el pensamiento laico mexicano no es capaz de presentar un frente articulado. No se escuchan más que reacciones defensivas, sin propuestas sólidas de construcción institucional que dejen a las creencias particulares en el lugar que les corresponde. Y los intelectuales ateos mantienen una actitud vergonzante, tal vez por los excesos del jacobinismo revolucionario de los años 20 del siglo pasado, no siempre injustificado.

Pero frente a este entorno lamentable, en Europa y los Estados Unidos el pensamiento explícitamente ateo ha perdido el miedo a tomar la calle. Hace unos tres años se produjo una oleada de libros de divulgación expresamente dedicadas a objetar la creencia en dioses. Richard Dawkins, biólogo evolucionista y etólogo, profesor de Oxford, es el campeón de la causa, con diversas publicaciones y participaciones en debates; su libro El espejismo de Dios ha tenido una amplia difusión y un impacto notable. Christopher Hitchens, destacado periodista, por su parte publicó God is not great, con un tono abiertamente propagandístico. En español, Fernando Savater con La vida eterna también entró a la discusión pública. Desde luego, en México el libro de Dawkins ha tenido una presencia clandestina, el de Hitchens no ha sido traducido y el de Savater anda por ahí escondido en los rincones de las librerías.

Y este renacimiento intelectual de la divulgación del ateísmo y la reivindicación del pensamiento científico como un sistema de comprensión del mundo y de la vida que se basa precisamente en la incredulidad, a diferencia de los dogmas religiosos, pues somete todos sus postulados a la posibilidad de falsación, ahora se ha visto acompañado por una campaña masiva por las calles de algunas ciudades europeas.

La idea original surgió en el entorno de Dawkins y su sociedad para el avance de la ciencia. Por Londres circulan ya autobuses con anuncios en sus costados con la leyenda “There’s probable no God. Now, stop worring and enjoy your life”. En Barcelona también han salido los que traducen el mensaje y dicen “Probablemente Dios no existe. Disfruta de la vida” y en unos días más saldrán los émulos madrileños.

De inmediato la respuesta cristiana ha surgido, clamando sin probabilidad alguna de error la existencia divina y el llamado a disfrutar la vida en Cristo, pero por lo menos han aparecido grupos dispuestos a difundir abiertamente una visión liberadora de los grilletes mentales que imponen las religiones. Sería hora de que en México surgieran voces que dejaran de tenerles miedo a las andanadas de los clericales y denunciaran las supercherías, no sólo las religiosas, por cierto, sino de todo tipo, tan abundantes en la televisión comercial en forma de videntes, astrólogos o vendedores de milagros.

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