El ateísmo de Compte-Sponville

Compté Sponville expone sus SEIS ARGUMENTOS para no creer en Dios. Los tres primeros serían de índole negativa, esto es, que llevan a no ser creyente; los otros tres serían de índole positiva, esto es, lo llevan a ser ateo.

El primer argumento se relaciona con las pruebas aducidas en favor de la existencia de Dios, supuestas pruebas racionales que, a su juicio, resultan muy débiles. Un análisis de las llamadas pruebas ontológica, cosmológica y físico-teológica, las pone en evidencia. Aunque, en rigor, alguien podría aducir que su invalidez no prueba inexistencia, el peso de la prueba recae en quien afirma, lo que convierte en más lógica la increencia que la creencia sin base.

1. La llamada prueba ontológica asume que podemos imaginar un ser perfecto, pero advierte que éste no sería perfecto si no existiera. Un supuesto Dios imaginado conllevaría esencia y existencia… Como se ve, no prueba nada. Dejar a “Dios” como posibilidad es volver al punto de partida, a intentar demostrar su existencia. Y nótese que se trata de un ser personal, no basta con proponer la idea de que exista un ser infinito, éste podría ser la Naturaleza de Spinoza, la cual no remite al concepto “Dios”, ya que carece de inteligencia, conciencia, voluntad, finalidad, providencia, amor…

2. La prueba cosmológica parte de que todo lo que existe es contingente. Podría no existir y debió haber un tiempo en que no existía; pero cuanto existe debe su existencia a algo existente a lo que debe su existencia. Dado que esta serie no puede ser infinita, debe existir un primer ser que exista por sí mismo y no deba su existencia a ningún otro. A este ser no contingente lo llamamos “Dios”.

Comte-Sponville considera que este argumento es el más serio a favor de la existencia de Dios, pero dista de probarla. Lo único que prueba es que a nuestra razón no le gusta el vértigo de lo inexplicable, ni la ausencia de un orden, hasta el punto de que prefiere hacerse la trampa de ponerle un nombre a lo inexplicable, sin hacerlo por ello más explicable; ni tampoco más dotado de un “orden”.

Admitir que algo es inexplicable es honesto; tratar de explicarlo también. Pero la explicación debe incluir alternativas, del mismo modo que hoy no se ve tanto orden en el universo como creían hallar los hombres de otro tiempo, incluidos los físicos mecanicistas.

Por otro lado, la contingencia podría tener la última palabra, o el último silencio. Y un supuesto Dios no contingente no se libra de requerir explicación. De hecho, aun dando por sentada la contingencia, a lo más que llega la serie de entes contingentes es a proponer un primer ser necesario.

Pero éste no tiene por qué ser el Pantocrátor cristiano ni Dios todopoderoso. Bien podría ser el apeiron (el infinito, lo inanimado) de Anaximandro, o el fuego (el devenir) de Heráclito, que da origen a todo lo demás, el ser impersonal de Parménides, el Tao, también impersonal, de Lao Tsé…

Incluso la Sustancia de Spinoza que, aun siendo necesaria, causa de sí misma y de todo lo demás, eterna e infinita, está desprovista de cualquier rasgo antropológico: no tiene conciencia, voluntad ni amor. Y, aunque Spinoza la llame “Dios”, no es más que la Naturaleza (“Dios, o sea, la Naturaleza”…), que no es un sujeto, ni sigue alguna finalidad, ni oiría nuestras oraciones, ni se ocupa en modo alguno de nosotros: ni sabe que existimos.

En realidad, cuando hablamos del ser que existe, de por qué hay algo en lugar de nada, de qué generó el Big Bang, no estamos hablando de Dios. Tampoco los que dicen creer en la energía como fuente del ser. Creer en Dios no es creer en algo, sino en Alguien. Es creer en una voluntad y un amor personificados y conscientes en un ser que crea o/y rige el Cosmos y sabe de nuestra existencia. No es en la energía, sino en este Dios en lo que no cree Comte-Sponville (ni los ateos, en general).

Hoy tenemos bastante más idea del comienzo del Universo, y no se postula la necesidad de un Dios creador. Ni, tampoco, de un ser que exista por sí mismo.

3. La prueba físico-teológica se basa en principios de orden y finalidad y ha sido retomada por la moderna hipótesis del diseño inteligente. Apela a la necesidad de una inteligencia creadora que haya diseñado el mundo y su funcionamiento, al que concibe mecánicamente perfecto.

Pero hace tiempo que el universo se concibe como algo entrópico, dinámico e indeterminado, con anomalías que lo distinguen de aquella idea de perfección que requería este supuesto.

Hay desorden y azar. Hay disfunciones, enfermedades, terremotos, choque de galaxias, implosiones… Pero, además, la vida y su evolución hace tiempo que se explican bastante bien, esto es, en un grado suficiente, sin recurrir a Dios. La selección natural es mejor explicación que el diseño inteligente, y cuenta con pruebas en la historia natural. Por lo demás, no hay la menor necesidad de proponer hoy a un primer diseñador, por lo que en este caso no llegamos a plantear el problema previo del diseñador del diseñador (¿quién habría creado al creador?).

En realidad, a diferencia de un reloj u otra máquina llena de engranajes diseñados, la vida no remite a un creador inteligente. “Si se encontrara un reloj en un planeta inexplorado nadie dudaría de su condición de que éste es el resultado de una acción voluntaria e inteligente, pero si encontráramos allí una bacteria, una flor o un animal, nadie dudaría, ningún científico, ni siquiera creyente, pondría en duda que ese ser vivo, por complejo que fuera, sería únicamente un producto de las leyes de la naturaleza” (p. 102).

La conclusión de Comte-Sponville –después de repasar las demás pruebas resumidas por Tomás de Aquino, Descartes y otros filósofos, siempre a partir de sus correspondientes precursores- es que todas ellas se reducen a estas tres modalidades, y que no hay prueba alguna de que exista Dios, ni puede haberla. Se requiere fe en su existencia. Algo que no se basa en pruebas racionales ni físicas.

Los creyentes podrán alegar que de momento tampoco hay pruebas de inexistencia, pero en este caso su situación es más desesperada, ya que “la carga de la prueba incumbe al que afirma”, y además “sólo se puede probar lo que es, y no, a escala del infinito, lo que no es. Una nada, por definición, no tiene efectos.”

Intentad probar una inexistencia, sea la de Papá Noel, los vampiros, los fantasmas o las hadas. “No lo conseguiréis. Pero ésta no es una razón para creer en ellos. En cambio, el hecho de que nunca se haya logrado probar su existencia, es una fuerte razón para negarse a prestarles fe.”

El segundo argumento negativo de Comte-Sponville se refiere a la debilidad de las experiencias. Si las pruebas eran débiles, las experiencias no prueban nada.

En primer lugar, la más evidente y universal es que Dios se esconde: no se manifiesta, no es perceptible… y ya Comte Sponville no se ve con edad para jugar al escondite.

Entre las razones que se aducen para explicar la posibilidad de que exista ese Dios que gusta esconderse, está la de mantenernos libres. En primer lugar, libres de creer o no en él; en segundo, ser supuestamente libres de incumplir sus mandamientos por falta de fe…

Pero esto tiene menos efecto a favor de nuestra libertad que en contra de nuestro conocimiento (se nos oculta, no permitiéndonos conocer la verdad sobre su existencia), y éste, más que limitar nuestra libertad, la facilita.

Si la ignorancia fuera un ingrediente de la libertad, nosotros seríamos más libres que Dios, que no dudará de su existencia. Y también más libres que los profetas que habrían hablado con él o con los bienaventurados que estarían viendo a Dios cara a cara.

Por otro lado, este argumento pro-ignorancia iría contra el espíritu de la Ilustración (“atrévete a saber”), ¿qué padre o maestro estaría en contra de que sus hijos o discípulos conozcan?

Kant no consideraba realmente moral –sino sólo “prudente” o “interesadamente sumiso”- a quien decidiera actuar en base a sortear la amenaza del infierno o ganarse el premio del cielo, pero éste sería un argumento que iría más contra la existencia de estos lugares o situaciones postmortem que a favor de que justificar el que Dios nos mantuviera voluntariamente en su ignorancia.

Pero, si todo lo anterior ya resulta inconcebible en un Dios amoroso, más aún lo es que un Padre se oculte de sus hijos aun en situaciones como las de Auschwitz, Gulag, Ruanda y similares.

La idea de un padre que se oculta, nos mantiene ignorantes de su existencia y no se hace presente jamás, ni cuando ve a sus hijos deportados, humillados, depauperados, torturados y asesinados, se parece más a la de un monstruo.

La debilidad de las experiencias –que también atañe a su subjetividad, a su falta de verificabilidad- afecta a nuestra confianza en que exista un Dios que se oculta o siempre calla. Se parece demasiado a lo que cabría esperar de su inexistencia.

El tercer argumento negativo atañe al intento de explicar un mundo que no se entiende. Se ha basado en que éste no tenía una explicación suficiente y acabada.

Las religiones tratan de explicar el origen del universo, de la vida, de la conciencia… Dios no sería explicable, pero suele considerarse una explicación válida de lo demás. Sería el único misterio en el que se sumiría todo lo misterioso, aunque él mismo permanezca misterioso, insondable e incomprensible.

Esto lo deja en un lugar equivalente al pleno desconocimiento, que cuando trata de suplirse con algo, cae en el antropomorfismo. La paradoja está clara. No sabemos nada de Dios, y cuanto le atribuimos son características esencialmente humanas que no tienen por qué ser suyas.

Pero mientras tanto la ciencia ha ido desarrollándose y reduciendo el papel explicativo de Dios. No por ello ha logrado explicarlo todo, ni resolver la existencia de un amplio campo de asuntos desconocidos, por iluminar o explicarse.

Existe el misterio, “pero ¿por qué ese misterio habría de ser Dios?” Al fin y al cabo, lo que conocemos (¿gira la Tierra alrededor del Sol o es éste el que gira alrededor de la Tierra?) lo conocemos por nosotros mismos, y Dios no sólo no explica nada de ello, sino que él mismo resulta inexplicable e incomprensible…

Prefiero aceptar el misterio como lo que es. La parte ignota o incognoscible que envuelve cualquier conocimiento y cualquier existencia”. Llamar a este misterio “Dios” es una manera fácil de tranquilizarse sin hacerlo desaparecer. ¿Por qué hay Dios y no más bien nada? ¿Por qué estas leyes y no más bien otras? El silencio ante el silencio del universo me parece más justo, más fiel a la evidencia y al misterio, quizá también más auténticamente espiritual. ¿Rezar? ¿Interpretar? No es más que ponerle palabras al silencio. Es preferible la contemplación. O la atención. O la acción. Me interesa más el mundo que la Biblia o el Corán, plagados de necedades y contradicciones…” (p. 110).

Como Hume observara, “¿en qué diferís vosotros, los místicos, que sostenéis la absoluta incomprensibilidad de la Divinidad, de los escépticos y los ateos, que afirman que la primera causa de todas las cosas es desconocida e ininteligible?” Para Comte-Sponville “la objeción es más fuerte de lo que parece. Si el absoluto es incognoscible, ¿qué garantía tenemos de que sea Dios?” (p.112.)

Es más, todo intento de atribuir cualquier cualidad concreta a Dios lo antropomorfiza. Inevitablemente. Estamos ante la paradoja de que no podemos decir nada absolutamente de él, hasta el punto de que no poder estar seguros de que sea “Dios” y no cualquier otra cosa ignota; o bien lo calificamos con atributos propiamente humanos (aunque idealizados): es padre, es justo, es amoroso, es sabio, es compasivo…

Por otro lado, si no conocemos nada acerca de Dios, no podemos saber que sea una Persona, un Sujeto, un Espíritu… que estemos hechos a su imagen o que sea justo, bueno, paternal, etc.

Hasta aquí los argumentos negativos, que llevarían a Conte-Sponville a un agnosticismo escéptico. Faltan por abordar sus argumentos positivos (pro-ateísmo).

¿Y cuáles son los tres argumentos positivos hacia el ateísmo de Comte-Sponville?

El primero, la existencia del mal. Un argumento pro ateísmo bien serio que ya abordaran Lucrecio, Epicuro y Hume.

“O bien Dios quiere eliminar el mal y no puede, o puede eliminarlo y no quiere, o ni lo quiere ni puede, o lo quiere y lo puede. Si quiere y no puede, entonces es impotente, lo que no es adecuado a Dios. Si puede y no quiere, es malvado, idea extraña a Dios. Si no puede ni quiere, es a la vez impotente y malvado, y por tanto no es Dios. Si quiere y puede, ¿de dónde procede entonces el mal, o por qué Dios no lo suprime?” (Comte-Sponville: El alma del ateísmo, p. 117).

La conclusión de muchos pensadores es que, o Dios no existe, o no se ocupa de nosotros. Es imposible que un mundo lleno de imperfecciones haya sido creado por Dios. “El mal es una realidad irrefutable”.

Existen demasiados horrores en este mundo, demasiados sufrimientos, demasiadas injusticias –y demasiada poca felicidad- para que la idea de que haya sido creado por un Dios todopoderoso e infinitamente bueno me parezca aceptable”. Para los ateos, el problema del mal es un obstáculo que forma parte de la realidad, pero ¿cómo explican los creyentes la omnipresencia del mal en un mundo creado por un Dios todopoderoso e infinitamente bueno? (p. 118.)

La naturaleza se basta para explicar el mal existente en el mundo. Pero ninguna idea de Dios explica que exista el mal, y en ningún caso que haya tanto.

“Existen demasiados horrores en este mundo, demasiados sufrimientos, demasiadas injusticias –y demasiada poca felicidad- para que la idea de que haya sido creado por un Dios todopoderoso e infinitamente bueno me parezca aceptable” (p.120).

Un contra argumento manido es que la parte de mal que depende de los hombres, creados por Dios como seres imperfectos, se debe a que Dios nos habría creado libres. De nuevo, dado que Dios sólo puede hacer el bien, ¿es menos libre que los hombres? Dios muy bien podía habernos creado igual de libres y habernos hecho un poco menos mediocres, avariciosos, granujas, violentos, pretenciosos, etc., y un poco más generosos y dotados para el amor que para el odio, el egoísmo, etc.

Pero es que además están todos los restantes males: las enfermedades atroces que matan niños que sufren atrozmente, por no hablar de sus madres, de los millones de mujeres que mueren en los partos, de la peste, el autismo, el paludismo, el Alzheimer…

Y están los terremotos, los maremotos, los huracanes, las sequías, las inundaciones, las erupciones volcánicas… Pascal reconoce que debemos nacer en pecado porque de lo contrario Dios sería injusto. Comte-Sponville considera que hay otra posibilidad más simple: que Dios no exista.

El segundo argumento positivo de Comte-Sponville apela a la mediocridad del hombre. Nuestra especie está demasiado poblada de individuos mediocres y banales; la humanidad se caracteriza por detentar una bajeza que difícilmente podría atribuirse a Dios.

Podría argüirse que también hay creaciones dignas, pero ¿qué opinaríamos de un artista bien dotado que, junto a obras de arte de primer orden, hiciera una enorme cantidad de chapuzas? Si este ejemplo aún bastara para un ser humano, ¿sería extensivo a un Dios omnipotente e infinitamente bueno? No parece una idea plausible.

Parece más creíble que procedamos de antepasados simiescos, por razones de evolución, que haber sido creados a imagen y semejanza del propio Dios. En el primer caso, podemos enorgullecernos de haber llegado a la Luna o contar con representantes como Mozart.

No hay misantropía es esta visión. El hombre es simplemente mediocre y no es culpable de ello… En tanto que animales, somos comprensibles. No hay razón para odiar ni despreciar a los hombres. “Sin embargo, como copias de Dios seríamos ridículos e inquietantes” (p.125).

No obstante, somos el más extraordinario de todos los animales, nuestro cerebro es único. Hemos sido los artífices de “las ciencias y las artes, la moral y el derecho, la religión y la irreligión, la filosofía y el humor, la gastronomía y el erotismo…”

Y, a pesar de ello, ningún animal podría aproximarse a lo peor de que somos capaces. Nuestra singularidad es incuestionable. Pero imaginarnos creados por un Dios, con todo esta mezquindad, este narcisismo, este egoísmo, estas rivalidades y odios miserables, estas pequeñas o grandes ignominias… “¡La miseria del hombre, como dice Pascal, me parece mucho más incompatible con su origen divino que su grandeza con su origen animal! (p.126-127). En este sentido, creer en Dios es un pecado de orgullo, y el ateísmo una forma de humildad (p.128).

El tercer y último argumento positivo estaría relacionado con nuestro propio deseo e ilusión. ¿Cuál es en realidad la causa de que tanta gente crea en Dios?

Es emocional, y tiene que ver con nuestro deseo de sobrevivir a la muerte y de tener un padre amoroso e infalible. Dios es apetecible. Se puede soñar con Él; es normal que apetezca creer en Dios; que resulte una experiencia gratificante…

Pero nada de ello es una razón para creer. Lo es, en todo caso, para sospechar de este tipo de razones para creer en Dios. No se trata de razones “racionales”, aunque sí profundas, en tanto emocionales y no conscientes.

“Dios, o el sueño absoluto, o el absoluto soñado: un infinito de amor, de justicia y de verdad… Estoy a favor de Dios, como la mayoría de la gente, quiero decir que preferiría que existiese; pero esto no es una razón suficiente para creer en él, e incluso es una muy fuerte para negarse a hacerlo.” “Precisamente porque prefiero que Dios exista tengo fundadas razones para dudar de su existencia.” (129).

También preferiríamos creer que se acabarán las guerras, el hambre, la pobreza, las injusticias, pero si alguien anunciara que mañana desaparecerán lo consideraría un iluso que toma sus deseos por realidad.

Nuestro propio deseo de que Dios exista es un elemento de sospecha. “La realidad no acostumbra a satisfacer hasta tal punto nuestras expectativas. ¿Qué es lo que deseamos por encima de todo? Si dejamos de lado los deseos vulgares (…), no morir, o no por completo, o no definitivamente. A continuación, volvernos a encontrar con los seres queridos que hemos perdido. También, que la justicia y la paz acaben por imponerse. Y, finalmente, y quizá sobre todo, ser amados” (p.130). Es justo lo que promete la religión y lo que la convierte en menos creíble, como denunciaron Freud y Nietzsche, entre otros.

Nos interesa la verdad, y no la confundimos con nuestros propios deseos. “La ilusión no se trata de un tipo de error, sino de un determinado tipo de creencia: consiste en creer que algo es verdadero porque se desea con intensidad. No hay nada más humanamente comprensible. Ni más filosóficamente discutible.” (p. 134).

Los argumentos tercero negativo y tercero positivo se refuerzan mutuamente. “Dios es demasiado incomprensible, desde un punto de vista metafísico, como para no dudar de él (¿cómo saber si lo que no se entiende es Dios o una quimera); la religión es demasiado comprensible, desde el punto de vista antropológico, como para no sospechar de ella” (p. 134).

Para poner de manifiesto algo que reconocía Spinoza, a saber que “nos sentimos inclinados por naturaleza a creer fácilmente lo que esperamos, y al contrario, a creer con dificultad lo que tememos” en este tipo de asuntos, pero recuperamos el realismo pragmático en la vida real, Comte-Sponville nos pone un ejemplo. Busca un piso nuevo y espacioso que tenga seis habitaciones y tres baños, que esté en el centro de Manhattan y tenga amplias vistas al Central Park. No han encontrado de momento ninguno que salga por menos de 100.000 dólares, pero está muy seguro de que pronto aparecerá pronto un vendedor con su piso soñado. ¿Lo consideramos un iluso? En realidad, podría no estar equivocado y tener un golpe de suerte… Pero el caso es que no pocas personas que consideran iluso al que tenga tal tipo de fe, comparten otra –quizá bastante más improbable- en la existencia de “un Dios inmortal, omnisciente, todopoderoso y perfectamente bueno y justo.” Si os parece esto más creíble que la existencia de un piso de seis habitaciones en el centro de Nueva York por menos de 100.000 dólares, “quizá tengáis una idea muy reducida de Dios, o una muy elevada de la inmobiliaria” (p.135).

Resumiendo, Comte-Sponville no cree en Dios porque no halla ninguna razón (ni argumento, ni experiencia) a favor de su existencia y sí varias a favor de su inexistencia. Y también por fidelidad, incluso ante “el misterio, el ser, el horror, el mal, la compasión, la misericordia, el humor, la mediocridad… (si Dios nos hubiera creado a su imagen y absolutamente libres, no tendríamos perdón) y, en fin, por lucidez ante nuestros deseos e ilusiones” (p. 136).

Compte-Sponville esclarece que son “sus razones”, que no pretende imponer a nadie, bastándole con reivindicar su derecho a exponerlas libremente y someterlas a discusión. “El fanatismo es confundir la propia fe con un saber o querer imponerla por la fuerza (las dos cosas van siempre juntas: el dogmatismo y el terrorismo se alimentan mutuamente). Doble falta: contra la inteligencia y contra la libertad. Frente a la que hay que responder doblemente: mediante la democracia y mediante la lucidez. (…) La religión es un derecho. Y la irreligión también. (…) Quizá la libertad de pensamiento sea el único bien más precioso que la paz. Porque la paz, sin ella, sería esclavitud” (p.136-137).

José Manuel Barreda

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*Los artículos de opinión expresan la de su autor, sin que la publicación suponga que el Observatorio del Laicismo o Europa Laica compartan todo lo expresado en el mismo. Europa Laica expresa sus opiniones a través de sus comunicados.

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