El arzobispo de Burgos denuncia «un frente mundial laicista»

El arzobispo de Burgos, monseñor Francisco Gil Hellín, muestra en un artículo que nos encontramos ante “un laicismo cada vez más radical, que no da ningún valor a la ética cristiana ni está dispuesto a contar con el cristianismo a la hora de buscar soluciones a los gravísimos problemas que aquejan a nuestra sociedad”.

Artículo de monseñor Francisco Gil Hellín:

Las últimas semanas han sido testigo de un virulento ataque contra el Papa por parte de instituciones internacionales, gobiernos y medios de comunicación. El motivo ha sido una afirmación suya sobre el preservativo. Si fuera una salida de tono del Papa tendría una cierta justificación. Pero lo que el Papa ha dicho es compartido por la comunidad científica internacional, sea o no católica. Estamos, pues, ante la respuesta de un laicismo cada vez más radical, que no da ningún valor a la ética cristiana ni está dispuesto a contar con el cristianismo a la hora de buscar soluciones a los gravísimos problemas que aquejan a nuestra sociedad.
Este laicismo radical se ha ido incubando en Europa en los últimos decenios. Pero se ha agudizado de modo especial desde la caída del muro de Berlín. El Papa lo denunció cuando todavía era cardenal. Con su agudeza característica y su gran capacidad de comprensión de los fenómenos actuales, señaló, ya entonces, que Europa ha iniciado un derrotero muy peligroso. Pues, además de socavar sus raíces cristianas, está dilapidando la herencia de su humanismo, gracias al cual alcanzó una altísima cumbre en lo relativo a la persona humana, su dignidad e igualdad radical, su libertad y su destino trascendente. En lugar de escuchar estas sabias observaciones, ha seguido escorándose hacia una ortodoxia laicista cada vez más radical. Algunos la califican de «cristofobia».
Estados Unidos se había mantenido más o menos ajeno a esta realidad. Eso explica que el Papa viese en ellos una laicidad más esperanzadora y menos hostil. Con todo, hacía una afirmación que el tiempo ha convertido en profecía. «No es suficiente –decía Benedicto XVI- contar con una religiosidad tradicional y seguir adelante como de costumbre, incluso cuando sus fundamentos están siendo minados lentamente».

En efecto, aunque todavía no con tanta fuerza como en Europa, las fuerzas laicistas se han envalentonado cada vez más en Estados Unidos, intentando marginar a la  Iglesia y etiquetar sus enseñanzas sobre el matrimonio y la vida como desfasadas, cuando no fanáticas. La hostilidad hacia la Iglesia ha aumentado también en los medios de comunicación. Funcionarios clave de las Naciones Unidas, de algunas naciones de Europa y los medios internacionales con conexiones en Estados Unidos y Gran Bretaña, asumieron rápidamente que Benedicto XVI estaba equivocado sobre el preservativo.

Cada vez va resultando más claro que la Iglesia y Benedicto XVI se enfrentan a un eje mundial laicista, formado por elementos significativos de la Unión Europea, las Naciones Unidas y, más recientemente, Estados Unidos. Este eje se ha mostrado incapaz de aceptar algo que no sean sus propios valores. Y así, pese a las evidencias científicas, en nombre de la razón ha criticado irracionalmente al Papa y se ha mostrado irracional frente a la moral y fe de la Iglesia Católica.

El mundo corre el riesgo de abrazar una nueva dictadura: la dictadura del relativismo. Tras la dolorosísima experiencia de las dos formas más recientes del laicismo radical: el socialismo marxista y socialismo nazista, la Iglesia, lejos de replegarse ante el nuevo laicismo, ha de salir a la plaza pública y ofertar, sin altanería pero sin complejos, su propuesta sobre el hombre, yendo a las raíces en las que se afincan sus más hondos porqués y paraqués: qué sentido tienen la vida, la muerte y el sufrimiento; el valor y orientación de la actividad humana; su ansia infinita de autotrascenderse y de inmortalizarse, el anhelo de ser amado por encima del color de la piel y de la situación económica y social. Sin olvidar que hoy, como siempre, el testimonio de amor y respeto hacia la persona humana, especialmente la persona humana vulnerada, es una aportación irrenunciable para la Iglesia.

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