El arte de blasfemar

Siempre he tenido una relación complicada con la religión, más aún con la Iglesia católica. Crecí en un hogar donde mi padre era agnóstico y mi madre una católica “light” o como a ella le gusta llamarlo, “no practicante”. Sin embargo, en mi entorno un poco más amplio sí ha habido practicantes, de misas, rezos y procesiones. Yo no. Nunca me llamó espiritualmente la atención y es por eso que nunca hice ni la primera comunión, ni mucho menos la confirmación. En definitiva, ejercí mi libertad de religión y decidí creer en lo que quería y en lo que no.

Ahora bien, no solo respeto a todos los católicos por el hecho de que vengo de una familia de tradición católica, sino porque hostigar a alguien por su creencia religiosa es un delito tipificado en el Código Penal. Así, cualquier tipo de ofensa a una persona por razón de su creencia religiosa o de su culto puede costarle al infractor una pena. Es el principio de laicidad del Estado: garantizar la libertad religiosa y de culto a cada ciudadano, proteger su libertad de ejercer sin temor su religión y de rezarle a quien quiera: Dios, Alá, Jehová, los Apus, Lucifer o lo que sea.

Sin embargo, esa libertad de religión no puede ser una excusa para minar la libertad de expresión que yace en el corazón de lo que es la blasfemia. Sí, blasfemar es un derecho y en un Estado laico no se puede condenar a alguien por cagarse en Dios. Uno puede insultar a Dios, puede utilizar biblias como leña y puede criticar al Papa sin que eso constituya un delito. Lamentablemente, el congresista Carlos Tubino, en su afán de defender intereses que no le competen, ha metido la mano en el caldero caliente.

La entrevista a la que Tubino asistió junto a Beto Ortiz y Pedro Salinas, mostró de cuerpo entero lo que es una improvisación motivada por intereses personales. El congresista tiene razón: es el juez el que considera cuándo una acción califica como delito. Sin embargo, como promotor de la ley, él está en la obligación y en la responsabilidad de presentar un cuadro analítico e ilustrativo de lo que sería el alcance de la misma. Sus titubeos y hesitaciones no hicieron más que recalcar el nivel patético de una propuesta que responde a sus propios intereses, a su cucufatería y, en definitiva, a lo que él realmente quiere proteger: la Iglesia.

Señor Tubino, soy ateo, tengo familia y amigos creyentes, respeto enteramente a los católicos como a todos los practicantes de otras confesiones, pero nadie, ni siquiera usted, me impedirá criticar cuanto quiera a una institución a la que, si quiero, tengo el derecho de menospreciar y hasta odiar. Señor Tubino, usted no ha llegado a terminar de entender que usted es representante del Estado peruano, no de la Iglesia católica, y que por tanto los intereses que tiene que defender no son los de la Iglesia. Señor Tubino, tenga siempre presente, en cada uno de sus pensamientos, que tendrá a un inagotable grupo de demócratas que defenderán su libertad de expresión, su derecho a blasfemar y su derecho a cagarse en Dios si así lo quieren. Crea más en la libertad de expresión, señor Tubino, y lea algunos ejemplares de Charlie Hebdo, que no le harán ningún mal.

Javier Llopis Puente

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*Los artículos de opinión expresan la de su autor, sin que la publicación suponga que el Observatorio del Laicismo o Europa Laica compartan todo lo expresado en el mismo. Europa Laica expresa sus opiniones a través de sus comunicados.

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