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El arsenal de Dios

La Concentración Nacional Universitaria guardaba sus armas en la Parroquia San Roque de La Plata.

La Parroquia de San Roque, en 7 entre 39 y 40, es la única iglesia ubicada sobre la avenida más importante de La Plata. Allí, durante más de tres décadas, desarrolló sus actividades un cura extraño que combinaba su pasión por la música sacra –era un verdadero erudito– con encendidos sermones que, por lo general, se centraban en advertir a la feligresía sobre el riesgo que encarnaba la mujer para la salvación de las almas de los santos varones.
El padre Enrique Eugenio Bartolomé Lombardi –vástago de un matrimonio cuyos tres hijos varones habían abrazado la vocación sacerdotal y sus tres hijas mujeres se habían hecho monjas– era un cura de convicciones firmes. Hombre cercano al arzobispo de La Plata, monseñor Antonio Plaza, Lombardi consideraba que el Concilio Vaticano II era una conspiración diabólica contra la Santa Madre Iglesia y que la misa como Dios manda debía pronunciarse en latín. En eso coincidía no sólo con su arzobispo, sino también con el latinista Carlos Alberto Disandro, que bajaba la misma línea en el Instituto Cardenal Cisneros, donde captaba a jóvenes estudiantes para enrolarlos en la lucha contra la sinarquía internacional que se estaba apoderando de Occidente, en general, y de la Argentina en particular. Allí, en el Instituto Cisneros, a fines de la década de los ’60, Disandro pariría una de las unidades de ese ejército llamado a salvar a la civilización occidental y cristiana, la Concentración Nacional Universitaria (CNU).
Plaza, Disandro y el padre Lombardi coincidían también en unas sombrías tertulias donde el purpurado y el latinista –luego se les sumaría el jefe del Distrito Militar La Plata, coronel Mario Sila López Osornio– adoctrinaban a jóvenes integrantes del núcleo duro de la CNU como Patricio Fernández Rivero, Martín Salas, Félix Navazzo y Juan José Pomares (a) Pipi sobre la guerra santa que era necesario librar contra la conspiración judeo-marxista internacional.
Claro que para librar cualquier guerra –más aún si es santa– son necesarias las armas. El padre Enrique Lombardi sería uno de los encargados de custodiarlas.

Armas en la Iglesia. A principios de los ’70, de aquellas tertulias participaba también otro joven proveniente de una familia ultracatólica muy cercana a monseñor Plaza, tanto que el padre del joven había sido socio y testaferro del arzobispo en el Banco Popular de La Plata, una institución financiera que cerró sus puertas de un día para el otro y se quedó con los dineros de los incautos ahorrista que habían confiado en el banco de monseñor. Poco después fue asesinado en el marco de un confuso negociado con el equipamiento del Hospital del Turf. Enrique Rodríguez Rossi, el joven en cuestión, aunque no lo decía, pensaba de manera muy diferente que los otros participantes de las tertulias. Estaba allí con una misión precisa: obtener toda la información posible sobre el accionar de la CNU para pasársela a la dirección regional de las Fuerzas Argentinas de Liberación 22 de agosto (FAL 22), organización revolucionaria en la que militaba sin que nadie de su entorno lo supiera.
Fue Enrique Rodríguez Rossi –a quien sus compañeros conocían como El Tío– quien, luego de una reunión con otros integrantes de la CNU en San Roque, avisó que Lombardi guardaba parte del arsenal de la banda en una habitación cercana a su despacho parroquial. Con ese dato, a mediados de 1974 las FAL 22 montaron un operativo de vigilancia sobre la iglesia, con la intención de para planificar su “expropiación”. “A mí me tocó, junto con otros, hacer el relevamiento de los movimientos de la iglesia. Qué autos llegaban, quiénes venían en ellos, a qué hora. Teníamos también la información de que allí también los miembros de la CNU hacían reuniones, pero yo personalmente no los vi”, recordó para Miradas al Sur una ex militante de la organización. La operación de “expropiación” fue finalmente abortada. En abril de 1975, la CNU descubrió que Enrique Rodríguez Rossi era en realidad un infiltrado y lo asesinó. Su cadáver acribillado apareció en el camino que une Villa Elisa con Punta Lara.
Poco después, las armas de la iglesia fueron trasladadas a la quinta de Carlos Ernesto Castillo (a) El Indio, en 4 entre 76 y 77. Algunas de ellas fueron encontradas durante el allanamiento realizado el 30 de abril de 1976 (ver nota del 14 de agosto, “Fierros al por mayor”). Lombardi, entretanto, seguía pronunciando sus sermones. Durante la dictadura se incorporó a la Bonaerense con el grado de oficial subinspector. Su legajo lleva el número 14.017. A principios de este siglo –ya octogenario– seguía revistando en la fuerza, como capellán de Bomberos, con el grado de oficial inspector.

  • La edición del 12 de abril de 1975 del diario El Día, de La Plata, llevó una vez más como título de tapa una muerte. El día anterior había encabezado con el asesinato del médico Mario Gershanik, fusilado por una patota armada en la casa de sus padres, ubicada a poco más de una cuadra de la Jefatura de la Policía bonaerense. Ahora el titular decía: “Un estudiante fue muerto a balazos por terroristas” y la bajada de tapa explicaba: “Se trata de Enrique Rodríguez Rossi, hijo del ex titular del Banco Popular que también fue asesinado meses atrás por desconocidos.

  • El 26 de abril de este año, mediante la Resolución 1543, que lleva su firma, el ministro de Justicia y Seguridad de la Provincia de Buenos Aires, el ex penitenciario Ricardo Casal, dispuso que la vieja Escuela de Investigaciones de la Policía bonaerense –situada sobre el camino Centenario, en Berazategui– pasara a llamarse “Escuela de Policía Juan Vucetich, sede Comisario General Jorge Vicente Schoo”.

  • La detención, el mes pasado en la provincia de Córdoba, del ex jefe del grupo de tareas de la Concentración Nacional Universitaria (CNU) en La Plata, Carlos Ernesto Castillo (a) El Indio, y la denuncia de un antiguo militante de la JP sobre el accionar de los grupos parapoliciales y paramilitares en San Miguel de Tucumán (ver La juventud maravillosa de la ultraderecha) parecen haber sacado del sueño que dormían desde hace años las investigaciones judiciales sobre los crímenes cometidos por esa banda de la ultraderecha peronista que operó amparada desde el Estado entre 1974 y 197

  • Hasta el momento, Carlos Ernesto Castillo (a) El Indio y Juan José Pomares (a) Pipi son los únicos detenidos por los crímenes de lesa humanidad cometidos en La Plata por la patota parapolicial de la Concentración Nacional Universitaria (CNU) entre 1974 y abril de 1976, cuando fue desactivada mediante la detención de varios de sus miembros por fuerzas militares del Área de Operaciones 113, a cargo del coronel Roque Presti, durante un intento de secuestro de Juan Carlos Arias, un militante del peronismo platense.

  • La investigación de Miradas al Sur sobre el accionar del grupo de tareas paraestatal de la Concentración Nacional Universitaria pudo establecer que por lo menos cinco de sus integrantes, haciéndose pasar como víctimas del terrorismo de Estado, cobraron la indemnización que establece la Ley 24.043, que beneficia a quienes hayan sido juzgados por tribunales militares o hayan estado detenidos a disposición del Poder Ejecutivo durante la última dictadura cívico-militar.

  • El lunes pasado, cuando declaró como acusado en la causa por el circuito Camps, el represor y genocida Carlos García (a) El Oso aportó, quizás involuntariamente, una información clave para demostrar la articulación de la patota de la Concentración Nacional Universitaria (CNU), capitaneada por Carlos Ernesto Castillo (a) El Indio, con el aparato represivo ilegal antes y después del golpe del 24 de marzo de 1976.

Iglesia San Roque. Su párroco era el cura preconciliar Enrique Lombardi.

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