‘El Apóstata’ presenta una historia distinta relacionada a la religión

En los últimos años, la fuerza que todavía tiene el cristianismo se ha mostrado también en la industria cinematográfica a través de películas con un claro mensaje religioso y una factura plenamente hollywoodense, incluyendo a “Miracles from Heaven”, un filme basado en hechos de la vida real y relacionado a los latinos desde el momento en que fue dirigido por la mexicana Patricia Riggen (“La misma luna”, “Los 33”).

Estas cintas suelen ser complacientes y muy comerciales, porque sus creadores deben pensar que el mensaje de Dios no puede llegar a los feligreses en medio de dudas ni incertidumbres; y eso es justamente lo que dificulta la labor de quienes pretenden plantear una visión distinta de las cosas, como ocurre con “El Apóstata”, una producción dirigida por el uruguayo Federico Veiroj que se estrena hoy en el Laemmle Music Hall de Los Ángeles y en la que la ambigüedad juega un rol esencial.

Gonzalo Tamayo (Álvaro Ogalla) es un estudiante español de filosofía que ha decidido abandonar la fe que le fue impuesta sin su consentimiento desde que era niño, y para ello, decide atravesar un proceso destinado a eliminarlo de los registros de la Iglesia Católica; pero lo que parece inicialmente un proceso sencillo se convierte en una verdadera odisea, porque los representantes de la institución no están dispuestos a dejarlo ir tan fácilmente.

En otras manos, esto podría haberse convertido en una historia de terror o en una acusación feroz contra la Iglesia; pero en las de de Veiroj, el asunto entero asume tonalidades mucho más discretas, empezando por el hecho de que Tamayo no es un militante lleno de rabia, sino un tipo muy desgarbado (aparece con las mismas ropas desaliñadas a lo largo de toda la historia) que se comporta siempre con una tranquilidad inaudita y que se acuesta con su prima Pilar (Marta Larralde), lo que es obviamente un signo de alerta para la sociedad convencional.

En el plano del estilo visual, el filme tampoco adopta un camino predecible, porque además de que busca intencionalmente un tono atemporal al seleccionar como locaciones parajes antiguos de la ciudad de Madrid, abandona pronto la manera tradicional de exhibir los hechos para emplear recursos propios del surrealismo de Luis Buñuel, sobre todo cuando le toca mostrar lo que ocurre en el subconsciente de su protagonista.

De ese modo, pese a que la intromisión de la religión institucionalizada está siempre presente en el guión escrito por el mismo Veiroj en colaboración con Ogalla, Gonzalo Delgado y Nicolás Saad, las respuestas no son nunca fáciles, lo que alejará sin duda a esta propuesta de la audiencia típica del ‘mainstream’, pero debería en cambio acercarla a quienes se interesen por cuestionamientos más artísticos del tema tratado.

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