El altar y la urna

¿ALGUIEN ha oído a los obispos norteamericanos pronunciar una palabra en la campaña electoral de Estados Unidos? La conferencia episcopal de aquél país es una de las más poderosas, si no la más, del orbe católico y pastorea una de las minorías religiosas más cultas e influyentes del mundo, aunque los escándalos de pederastia han restado vigor a la voz de sus clérigos en los últimos años.
 
 Por otra parte, en la disputa política de Estados Unidos, y desde luego en su larguísima campaña electoral, entran en liza también valores como el derecho de la vida o la familia. Nada más normal que, de acuerdo con la lógica invocada por los prelados españoles, sus hermanos de allende el Atlántico hubieran hecho oír su voz con objeto de «ofrecer unos criterios de orden moral para ayudar al discernimiento de los votantes católicos y de aquellos que quieran escucharnos», que esos eran términos con los que monseñor Blázquez justificaba esta semana las recomendaciones electorales de la Conferencia Episcopal Española.
No lo han hecho. ¿Y por qué? Porque una sociedad madura en el aspecto religioso como es la americana se basta por sí sola para solventar el debate sobre los valores sin necesidad de una asistencia espiritual a la carta. Casi nadie, tal vez ni siquiera sus propios feligreses, entendería una intervención directa de los obispos en el debate electoral.
Estados Unidos es un paradigma de cómo la política de un Estado que tiene inscrita en su código genético la estricta separación de lo religioso y lo público no tiene por qué desvitalizar el sentimiento religioso de su pueblo, ni inducir a la «muerte de Dios» o «amenazar la existencia de la democracia», como temen los prelados españoles. El ejemplo de Estados Unidos debería ser alentador para nuestros obispos: explica cómo estados formalmente laicos (y no meramente aconfesionales, como el español) pueden albergar, sin mayores conflictos, sociedades con un músculo religioso capaz de influir de manera decisiva en la vida cultural y política del país.
Algunos lectores me reprocharon hace unos meses que polemizara con el cardenal Rouco sobre el laicismo, una plaga que el arzobispo de Madrid consideraba en aquellas fechas, junto al agnosticismo y el relativismo, como la fuente de casi todos los males de España. Nada más lejos de mi propósito, les contesté, que polemizar con el señor cardenal, sobre ese asunto ni sobre ningún otro. Me había limitado a recordar que, de acuerdo con la Real Academia, laicismo es una «doctrina que defiende la independencia del hombre, de la sociedad y del Estado de toda influencia religiosa o eclesiástica», y que de esa definición no podía deducirse que el laicismo predicara la persecución o el aniquilamiento de las creencias religiosas, sino la independencia de los sujetos para actuar en la vida política sin presiones de orden sobrenatural y de los estados para organizar la sociedad al margen de las confesiones de sus ciudadanos.
Si España pierde nervio religioso no se debe exclusiva, ni principalmente, a supuestas ofensivas paganizadoras de éste o aquél Gobierno. Si algún efecto pueden tener esas políticas no será, espero, sobre las convicciones de los católicos españoles sino, con mayor probabilidad, sobre las expectativas electorales de quienes las ejecutan. Ninguna política laicista puede mucho frente a una sociedad bien armada moral y religiosamente. Los obispos españoles deberían preguntarse si les cabe alguna cuota parte en el fenómeno del descreimiento progresivo de la sociedad española, y si alguno de sus altavoces no ha podido contribuir a fomentar la antipatía de muchos buenos cristianos por sus pastores.
En una cosa tienen razón los obispos españoles: el sentimiento religioso no puede reducirse exclusivamente al ámbito privado. El sustento de la fe hace referencia, en efecto, a la esfera de lo íntimo, pero resulta inevitable que trasciendan al terreno de lo público las implicaciones de orden moral que una fe religiosa exige de quienes la practican, sobre todo si los seguidores de esa creencia representan una mayoría social. Por no hablar de la influencia de las religiones en la conformación de la culturas. Pero una cosa es pedir a los cristianos que den testimonio de su fe en la acción pública y otra es que sus pastores les digan a quién deben votar.
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