El adiós del vicepapa español

El cardenal creó un modelo de Iglesia de resistencia frente al impacto del laicismo y el secularismo. Rouco Varela abandona la presidencia de la CEE entre muchas sombras y algunas luces

Este martes al mediodía -la Asamblea Plenaria se ha retrasado un día por la conmemoración de los diez años del 11M-, el cardenal de Madrid, Antonio María Rouco Varela, pronunciará su último discurso como presidente de la Conferencia Episcopal española. Unas palabras que pondrán fin a casi dos décadas de mandato cuasi absoluto en la Iglesia española, que se tradujo en cuatro trienios como presidente -de 199 a 2005 y de 2008 a 2014-, superando con creces al cardenal Tarancón, y en un modelo de Iglesia que hoy, un año después de la elección del Papa Francisco, se presenta en franca retirada.

El adiós de Rouco -que no es definitivo, pues Bergoglio todavía no le ha aceptado la renuncia al Arzobispado de Madrid presentada el 20 de agosto de 2011, en plena efervescencia de la JMJ de Madrid- supone poner el punto y final a una etapa, probablemente la más larga que haya vivido la Iglesia española contemporánea, marcada por el poder absoluto del cardenal, que se ha convertido en los últimos veinte años en un auténtico "vicepapa" español, con mando en plaza y capacidad para nombrar y cesar obispos, imponer tesis políticas y arremeter contra congregaciones religiosas y grupos de laicos que no se plegaran a sus tesis.

Bajo su mandato, la Conferencia Episcopal se ha convertido en un órgano netamente presidencialista y centralista, donde -especialmente bajo la portavocía de su obispo auxiliar, Juan Antonio Martínez Camino- nada se hacía sin la aquiescencia del cardenal de Madrid o su fiel colaborador. El resultado ha sido la plena identificación de la Iglesia española con una opción política de derechas, un modelo de familiar único y exclusivo -el mal llamado tradicional- y una visión catastrofista de una sociedad española marcada por la secularización, y una Iglesia martirial y perseguida.

A lo largo de sus veinte años de pontificado en Madrid, y de sus doce al frente de la Conferencia Episcopal -en dos mandatos, de 1999 a 2005, y de 2008 a este 2014- el cardenal Rouco ha hecho y deshecho a su antojo. Una tarea con luces y con sombras, que tardará en ser olvidada y que no resiste comparaciones con ninguno de sus antecesores. Algunos, incluso, han querido comparar su poder con el del cardenal Cisneros.

Sin llegar a establecer dichos paralelismos, lo cierto es que hay que retrotraerse algunos siglos para encontrar una figura capaz de aglutinar tanto poder, y durante tanto tiempo, en la Iglesia española. Y es que Antonio María Rouco Varela (Villalba, 1936) ha sido el hombre de confianza de dos papas. Tanto Juan Pablo II como Benedicto XVI confiaron ciegamente -más Wojtyla que Ratzinger- en el cardenal de Madrid, quien desde la atalaya de la Congregación de Obispos fue, durante una década, el hombre que decidía los nombramientos -y ceses- episcopales en España.

Hoy, buena parte de los prelados de nuestro país son "hijos" de Rouco Varela. Una herencia difícil para su sucesor, y para el modelo que, desde hace un año, está postulando desde Roma el Papa Francisco. Una primavera eclesial que, por el momento, se resiste a llegar a nuestro país. Rouco es, sin lugar a dudas, el "tapón" para los nuevos aires.


Durante dos décadas, el cardenal de Madrid ha creado un modelo de Iglesia de resistencia frente al impacto del laicismo y el secularismo. Un modelo que buscaba "ganar la calle", para lo que se entregó a los movimientos eclesiales más conservadores -también, los más activos-, especialmente el Camino Neocatecumenal, que ha logrado llenar manifestaciones, misas públicas en Colón y también, en buena medida, la JMJ de Madrid de 2011, sin lugar a dudas, el gran éxito mundial de Rouco Varela.

Un prelado a quien hay que reconocer su capacidad como estratega. Bajo su mandato, la Iglesia española ha vuelto a ser un elemento de poder ineludible en la sociedad y la política de nuestro país. Las grandes leyes educativas y en materia de moral sexual siempre han contado con el apoyo, la presión o la oposición frontal de los sectores más conservadores de la Iglesia española, aun a costa de marginar a las congregaciones religiosas, los colegios católicos o los católicos de base, y ofreciendo una imagen de Iglesia dura, condenatoria y alineada con la derecha más liberal. Y es que, para Rouco, hasta Mariano Rajoy pasaba por ser alguien demasiado "blando" (el cardenal se despide como presidente del Episcopado sin haber sido recibido por el presidente del Gobierno).

A través de sus púlpitos –Cope y, posteriormente 13TV-, el cardenal de Madrid arremetió contra aquellos que, incluso dentro de la Iglesia, no comulgaban al ciento por ciento con sus postulados. El Nuncio Monteiro, el cardenal Sistach o los obispos Sánchez o Uriarte fueron casi defenestrados desde los micrófonos episcopales, mientras se daba cancha a grupos de ultraderecha o se callaba ante las tragedias de la inmigración o de defensa de colectivos desfavorecidos.

Los teólogos, junto a los religiosos, fueron los otros sectores que más sufrieron la ortodoxia promovida por Rouco Varela. La lista es interminable: desde Castillo y Estrada a Marciano Vidal, pasando por Juan José Tamayo o, más recientemente -y ya sin alcanzar sus objetivos- José Antonio Pagola. Editoriales, congregaciones, universidades católicas, sacerdotes "de izquierdas" también padecieron persecuciones de un hombre que, en cambio, ganaba mucho en las distancias cortas, donde se mostraba afable e incluso cariñoso.

Este martes, Rouco Varela pronunciará su último discurso como presidente de la Conferencia Episcopal. Por la tarde, los obispos llevarán a cabo votaciones de sondeo y, alrededor de las once de la mañana del miércoles, la etapa del cardenal de Madrid como presidente del Episcopado tocará a su fin.

El modelo Rouco, como el de Franco, estaba destinado a quedar "atado y bien atado". Sin embargo, hace ahora justo un año, el Cónclave elegía como Papa a Jorge Mario Bergoglio, el primer Papa jesuita. Un Pontífice que está cambiando la cara de la Iglesia mundial, alejándola de los poderes, la corrupción o el carrerismo, y hacerla más cercana a los pobres y más inclusiva. Rouco no escondió que su candidato era Angelo Scola, el patriarca de Venecia, marcadamente conservador. Y tampoco, que su estrella comenzaba a apagarse.

Desde entonces, el cardenal de Madrid ha ido perdiendo todos sus apoyos. Y, lo que es más importante, su influencia. Los propios obispos españoles, liberados del miedo y de las servidumbres, impusieron a un secretario general alejado de las tesis de Rouco Varela -y de su delfin Juan Antonio Martínez Camino, auténtico "martillo de herejes" de la ortodoxia-. Y, desde Roma, Francisco lo alejó de la Congregación de Obispos y empezó a designar pastores "con olor a oveja" en lugar de prelados sumisos y oscuros.

La primavera de Francisco, con todo, aún no ha llegado a la Iglesia española. Rouco es el "tapón" que, hasta el momento, ha frenado la renovación. Una renovación que, a partir de este miércoles, comenzará a ser una realidad. El sucesor de Rouco Varela -previsiblemente Ricardo Blázquez– tendrá ante sí una tarea complicada: lograr que sociedad española vuelva a confiar en una institución que, a lo largo de las dos últimas décadas, se ha significado más por el castigo, el pecado y la oscuridad, que por el mensaje del Jesús de los Evangelios.

Rouco Varela sale CEE

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