Egipto, las elecciones y la democracia

El argumento es recurrente. También con respecto a Egipto: las elecciones no significan democracia. Es totalmente cierto y en Francia sabemos algo de eso. El 29 de mayo de 2005, por una amplia mayoría de casi el 55% de los votos, el pueblo francés rechazó el Tratado Constitucional Europeo. A pesar de esa clara elección al final se impuso el Tratado. En mayo de 2012, tras una larga campaña, el pueblo francés eligió a François Hollande presidente de la nación. Resultado: su política es exactamente lo contrario de sus promesas y su programa.

Así pues, las elecciones no significan democracia. ¿Pero es posible imaginar una democracia sin elecciones?, ¿una democracia que pisotea las elecciones?

Con respecto a Egipto a menudo nos recuerdan que el pueblo se expresa en las calles y que el presidente Mursi habría perdido su legitimidad. Abordé este asunto en la crise égyptienne y volveré a él más ampliamente, en particular en Le Monde diplomatique del mes de agosto, analizando sus diversos aspectos. La responsabilidad de Mursi en la crisis actual es abrumadora. Pero el argumento de la pérdida de legitimidad es peligroso, igual que el que invoca los riesgos para la estabilidad del país. Recordemos que muy pronto se cumplirán 40 años de que el ejército chileno derrocara al presidente Salvador Allende, con los mismos argumentos, y que entonces el ejército tenía un amplio apoyo de una parte de la población. La cuestión que se plantea es: ¿Quién decide? Y siempre la respuesta es: el ejército (a menos que el movimiento popular sea lo bastante poderoso para relegarlo).

En alguna ocasión el ejército ha desempeñado un papel positivo. Fue el caso de levantamiento de los coroneles contra la dictadura en Portugal, la célebre Revolución de los Claveles (25 de abril de 1974). Pero en la mayoría de los casos los militares que han llegado al poder han impuesto regímenes dictatoriales. El caso de Argelia es interesante, en la medida en que el rechazo del resultado de las elecciones legislativas en diciembre de 1991 no solo condujo al aislamiento de los islamistas y a una guerra civil sangrienta; más de 20 años después sobrevive un régimen cuya relación con la democracia y las libertades es tan tenue como un hilo de seda.

Otro ejemplo pertinente es del las elecciones palestinas de enero de 2006. Por primera vez desde hacía dos decenios se celebraron una elecciones relativamente libres –no pueden ser totalmente libres bajo una ocupación-. Como consecuencia de las presiones estadounidenses y europeas sobre la Autoridad Palestina, las elecciones fueron supervisadas por cientos de observadores extranjeros. Resultado: los palestinos llevaron a la Asamblea a una mayoría de diputados de Hamás. Todos los autoproclamados «apóstoles de la democracia» explicaron entonces doctamente que los palestinos habían votado mal y por lo tanto había que castigarlos. El rechazo desembocó en una guerra civil interpalestina y en la ruptura entre Gaza y Cisjordania. Finalmente la democracia no avanzó ni en Gaza ni en Cisjordania.

Echar abajo las reglas constitucionales, sean cuales sean las razones aducidas, siempre es peligroso. Como explicaba un profesor alemán de derecho a sus estudiantes en los años 30 del siglo pasado:

«No he desechado a los moralistas imbéciles para permitir que se pavoneen los 'maquiavelos' imbéciles. Quiero enseñar a vuestra generación a descubrir en el derecho el origen inmundo del poder que lo instituyó, pero también quiero mostraros que el poder se va al diablo cuando destruye el derecho que él fundó» (1).

(1) En la novela de Manès Sperber Et le buisson devint cendre, Odile Jacob, París 1990, p. 199.

Traducido para Rebelión por Caty R.

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