Efemérides laicistas 30 agosto

1980 – En Argentina la dictadura militar cumplió con un rito siniestro que es casi una obsesión de los totalitarismos: la quema de libros. En la mañana de ese día, en un terreno baldío de Sarandí, en la provincia de Buenos Aires, la Policía bonaerense al mando del general Ramón Camps los roció con nafta y quemó un millón y medio de ejemplares del Centro Editor de América Latina (Cedal), el sello fundado por Boris Spivacow, recordado por sus colecciones Capítulo, Historia del movimiento obrero, Biblioteca Política Argentina, Nueva Enciclopedia del Mundo Joven y Transformaciones, entre centenares de entregas en fascículos o volúmenes económicos. La profesora Amanda Toubes, directora de la colección La Enciclopedia del mundo joven, y Ricardo Figueira, director de las colecciones de la editorial, fueron testigos de la quema. También estaba presente Boris Spivacow, fundador del CEAL. Antes había sido el director de Eudeba, desde mediados de los años ‘50, y la transformó en la editorial universitaria más importante en lengua española hasta el 28 de julio de 1966, cuando en La Noche de los Bastones Largos, la editorial llegó a su fin gracias a la censura de Juan Carlos Onganía.

“Los libros son tuyos, vení a buscarlos”, le dijo el capitán de navío Francisco Suárez Battan, interventor en la Editorial Universitaria de Buenos Aires (Eudeba), al jefe del Estado mayor general del Ejército Guillermo Suárez Mason. La invitación para proceder al retiro y destrucción de libros calificados de “subversivos” por la flamante Junta Militar se constituyó en el punto de partida para que se ordenara la quema de un millón y medio de ejemplares publicados por la editorial más importante de Hispanoamérica.

Esta quema no fue un hecho aislado sino más bien la culminación de una persecución que atacó muchas editoriales, entre ellas el allanamiento y clausura de Siglo XXI editores, y más tarde el encarcelamiento de los directivos, el cierre definitivo y la quema de libros de la editorial Constancio C. Vigil en Rosario y la desaparición de trabajadores editoriales como Graciela Mellibovsky (asistente de producción del CEAL), Pirí Lugones (correctora y traductora de Jorge Alvarez, Carlos Pérez Editor y Crisis) y tantos otros.

Esa pira bibliográfica, la más grande que perpetró la dictadura militar en Argentina ardió durante tres días seguidos.

Varios siglos atrás, el creador de la imprenta, Johannes Gutenberg, en referencia al poder de su invención, decía que había formado un ejército de veintiséis soldados de plomo, capaces de conquistar el mundo. El sentido y alcance de aquella frase fue entendido por todas las dictaduras del mundo que intentaron arrasar con la ideología disidente.

La quema de libros fue el último eslabón de la cadena represiva sobre la cultura. Tenía un fuerte mensaje intimidatorio dirigido a la comunidad e incluía la exposición pública de los libros secuestrados, el discurso de alguna autoridad castrense, la toma de fotografías antes y durante la quema, y la posterior publicidad de lo sucedido en diversos medios de comunicación

El genocidio, con su plan sistemático de exterminio de personas, tuvo su paralelo, salvando las distancias de su gravedad, con la ejecución de un plan de persecución y destrucción bibliográfica. Las listas negras de libros, los controles de las actividades de extensión de las bibliotecas, el seguimiento de los lectores y las quemas de libros eran prácticas recurrentes.

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