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Educar en derechos humanos, educar en igualdad de género · Juan José Tamayo

A principios del siglo XXI fui durante varios años sucesivamente vicepresidente y presidente de la Asociación Pro Derechos Humanos de España (APDHE). Hoy soy miembro de su Junta Directiva. Desde entonces, una de mis preocupaciones ha sido la educación en derechos humanos, una de las asignaturas pendientes en el currículum escolar en nuestro país, que ni siquiera la democracia ha logrado darle la importancia que merece. Con motivo del Día de los Derechos Humanos, 73 años después de la aprobación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, ofrezco a continuación unas reflexiones sobre el tema con el objetivo de contribuir a su plena incorporación en el sistema educativo en todos los grados, niveles y modalidades.

Escasa —y muchas veces raquítica— es la incorporación de los derechos humanos en los programas educativos de la enseñanza reglada, al tiempo que deficiente su desarrollo por considerarla una asignatura menor. En una concepción bancaria de la educación, por utilizar una expresión de la pedagogía de Paulo Freire, no parece tener cabida el discurso de los derechos humanos.

En un enfoque tecnológico del sistema educativo, los derechos humanos pasan a segundo término e incluso se tornan superfluos. En una visión educativa orientada a la productividad y al consumo, la imagen que transmite del ser humano es la de homo consumens. En una pedagogía puramente intelectualista, lo que importa es el cultivo de la mente sin prestar atención a la educación en la convivencia cívica, en el respeto de las otras y de los otros, que constituye el corazón de la educación en derechos humanos.

Reconocer los derechos del alumnado y educación no directiva

La educación en los derechos humanos debe ser la piedra angular del sistema educativo, pero dándole un contenido nuevo y alternativo al planteamiento formal, intelectualista, elitista y selectivo con que frecuentemente se ha hecho hasta ahora. La condición primera y necesaria a cumplir para una correcta educación en derechos humanos es el reconocimiento del alumnado no como simple vasija de barro a moldear, sino como sujeto de derechos y protagonista de la educación, de su dignidad inalienable, una dignidad igual para todas y todos, sin ningún tipo de discriminación: étnico-cultural, de género, de identidad sexual, de clase, de religión, de edad, de procedencia geográfica, etc. A partir de dicho reconocimiento deben facilitarse entre el alumnado cauces para la práctica de la libertad de opinión y de pensamiento (librepensamiento), el fomento de la libertad de expresión y del espíritu crítico y la participación activa. Ello requiere una pedagogía no directiva.

Para ello es necesario reconocer los derechos de los niños, las niñas, adolescentes y jóvenes en el ámbito escolar. Es la clave de bóveda del sistema educativo. Como reconoce Begoña López, del grupo ASPASIA, “la LOMLOE (Ley Orgánica de Modificación de la LOE) es la primera Ley educativa en España que señala como eje principal de la misma los Derechos de la Infancia, concretamente en su Preámbulo, que debe impregnar todo el desarrollo de la misma”:

“La Ley incluye el enfoque de derechos de la infancia entre los principios rectores del sistema, según lo establecido en la Convención sobre los Derechos del Niño de Naciones Unidas (1989), reconociendo el interés superior del menor, su derecho a la educación y la obligación que tiene el Estado de asegurar el cumplimiento efectivo de sus derechos.”

Educar en la igualdad y la justicia de género, contra la discriminación y violencia de género

Uno de los atentados más graves contra la dignidad y los derechos de los seres humanos es la discriminación de género ejercida por el patriarcado en alianza con otros sistemas de dominación como el colonialismo, el capitalismo y los fundamentalismos religiosos hasta desembocar en violencia contra las mujeres basada en la masculinidad hegemónica y en odio contra su vida, que con frecuencia termina en feminicidios. 

Para erradicar tamaña agresión contra la mitad de la humanidad, creo que la educación en derechos humanos debe poner especial empeño en educar en la igualdad y la justicia de género bajo la guía del feminismo, ya que de lo contrario se seguirá reforzando el patriarcado desde la escuela y reproduciendo las actitudes sexistas, difíciles de erradicar en la edad adulta. Requiere también educar en el respeto a las diferentes identidades afectivo-sexuales más allá de la heteronormatividad y de la binariedad sexual. El espacio escolar es el lugar más adecuado para deconstruir los discursos de odio homófobos, sexistas y antiLGTBI, que desembocan a menudo en prácticas violentas.

Educar en la memoria histórica, contra los totalitarismos

Es necesario, asimismo, educar en la crítica de los sistemas totalitarios que transgreden sistemáticamente los derechos humanos, y de las tendencias autoritarias en los propios sistemas democráticos, que imponen el pensamiento único. Aquí es donde hay que incorporar en los sistemas educativos la memoria histórica –“subversiva”, en palabras de Walter Benjamin– de las víctimas contra la desmemoria y el olvido, que exige el derecho a la verdad, la justicia, la rehabilitación, la reparación, la dignificación de las víctimas, el compromiso de no repetición y la condena de los victimarios.

Educar en los derechos de la naturaleza

Inseparable del reconocimiento de la dignidad y los derechos de todos los seres humanos y su inviolabilidad es la defensa de la dignidad y de los derechos de la naturaleza, así como su cuidado y actitud compasiva para con los sufrimientos causados por los seres humanos. Ello exige la crítica del antropocentrismo y del modelo de desarrollo científico técnico de la modernidad que explota a la naturaleza en beneficio del capitalismo y la depreda de manera inmisericorde hasta convertirla en basurero.

Educar en una ciudadanía global

Frente a la estrecha identificación entre derechos humanos y nación, que solo reconoce derechos a las personas nativas y los niega a las personas migrantes y refugiadas, apátridas, etc., hay que educar en una ciudadanía global que considera a todas las personas sujetos de derechos y posibilita su pleno ejercicio en todos los terrenos: social, político, educativo, cultural, sanitario, laboral, lúdico, etc. Ello implica fomentar en el alumnado actitudes hospitalarias y solidarias y erradicar las actitudes xenófobas, racistas y aporofóbicas que con frecuencia se encuentran grabadas en el imaginario social y se transmiten con facilidad a los niños, las niñas y los adolescentes.

“El laicismo es una de las principales asignaturas pendientes que no se ha aprobado en la vida política española a nivel institucional a lo largo de los cuarenta y cuatro años de democracia, donde quedan todavía no pocos restos de nacionalcatolicismo”.

Educar en el laicismo

El laicismo es una de las principales asignaturas pendientes que no se ha aprobado en la vida política española a nivel institucional a lo largo de los cuarenta y cuatro años de democracia, donde quedan todavía no pocos restos de nacionalcatolicismo, y tampoco en la educación, donde sigue manteniéndose la enseñanza confesional de la religión en los diferentes niveles de enseñanza, sea pública, concertada o privada, que lleva en la práctica a confesionalizar la educación. Por eso resulta necesaria y urgente la educación en el laicismo. Una educación que nada tiene que ver con educar en el ateísmo, el agnosticismo o la persecución a las religiones y a las personas religiosas, como a veces se intenta presentar falsamente para desacreditar el laicismo.

En absoluto. La educación en el laicismo no es anti, sino pro-; consiste en educar en los valores cívicos de la libertad, la igualdad (no clónica), la justicia, la solidaridad, la fraternidad-sororidad, el respeto al pluriverso étnico-cultural, religioso-espiritual y la diversidad de creencias y no creencias, en la participación activa en la vida política, así como en el cuidado de la naturaleza y la defensa de la ecodiversidad. Su base es la ciudadanía común y global, que no admite exclusiones ni discriminaciones, y su fundamento es la dignidad de la persona y su dimensión social. El resultado es la ética laica.

El laicismo constituye el marco político, jurídico y cívico más adecuado e inclusivo para la convivencia de las diferentes ideologías políticas, la diversidad cultural y el pluriverso religioso; en definitiva, una convivencia dentro de las diferencias, siempre que estas no desemboquen en desigualdades. Precisamente el laicismo como marco político y jurídico debe tener carácter social, que ha de traducirse en luchar contra las desigualdades de todo tipo.

Conforme a esta imagen de laicismo, que considero la más coherente con la tradición ilustrada de la que procede y con su práctica en los Estados laicos, las religiones no tienen razones éticas, políticas o religiosas para oponerse a la educación en el laicismo. Todo lo contrario, creo que deben apoyarla, ya que dicha educación implica la defensa de la igualdad de todas las religiones ante la ley, posibilita su libre ejercicio y elimina cualquier discriminación o privilegio. Asimismo, constituye la mejor garantía para el reconocimiento y la práctica de la libertad de conciencia y de la libertad religiosa.

Educar en la interculturalidad y el diálogo interreligioso, contra los fundamentalismos

Finalmente, educar en los derechos humanos requiere una educación intercultural. No vivimos en un universo cultural, en una única cosmovisión, sino en un pluriverso de cosmovisiones. La historia de las culturas es la mejor escuela para el reconocimiento de dicho pluriverso. Tampoco vivimos en un universo religioso, sino en un amplio mosaico de religiones y espiritualidades. La historia de las religiones así lo demuestra. Ello exige huir de las clasificaciones apriorísticas de culturas y religiones superiores e inferiores, culturas y religiones universales y locales, que suelen hacerse en las aulas en el estudio comparado de las culturas y desembocan en imperialismo cultural. Entiendo la interculturalidad como la comunicación simétrica y la interacción dinámica de las diferentes cosmovisiones, es decir, culturas, filosofías, teologías, concepciones morales, sistemas jurídicos, epistemologías.

En la interculturalidad no hay una absorción o precedencia de una cultura sobre otra, como sucede en el caso de la “asimilación”, como tampoco coexistencia, como es el caso del “multiculturalismo”, que suele desembocar en racismo encubierto, sino correlación, comunicación fluida, diálogo simétrico y compromiso de compartir un espacio comunitario humanizador. La interculturalidad constituye una experiencia de apertura a las personas de otras culturas mediante la acogida, que obliga a replantear la propia vida tanto a nivel personal como social.

En el ámbito educativo implica la apertura a la pluralidad de textos y contextos, considerados todos ellos fuentes de conocimiento, a la pluralidad de culturas como fuentes inagotables de sabiduría, la disposición a valorar la riqueza de otras tradiciones culturales, religiosas y étnicas, la no discriminación de las personas y los grupos que pertenecen a ellas, pero tampoco “conferir privilegio alguno [a priori] a ningún lenguaje, religión y cultura”, como afirma el filósofo y teólogo intercultural Raimon Panikkar.

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