Educar, adoctrinar

Es de guasa pensar que la escuela puede seguir siendo un instrumento de adoctrinamiento ideológico y religioso como antaño

Intervenciones recientes y declaraciones sobre intenciones futuras de cambio en algunas normas escolares por parte del Gobierno populista español han vuelto a sacar a debate el papel político-ideológico que algunos querrían que tuviera la escuela. Me refiero al cómputo de las notas de la asignatura de Religión -dada por profesorado impuesto por la Iglesia- en la selectividad o a la consideración de tal materia a la hora de superar los cursos en secundaria con menos de dos suspensos, así como a la obligatoriedad de un número total de horas de Religión que supera el dedicado a otras materias básicas como las científicas. Y tengo en mente los vagos anuncios de intervención para asegurar la conveniencia de que la escuela sea garantía para la cohesión y la identidad nacional española, con un aumento de horas de castellano o el deseo expresado por José María Aznar a algunos presidentes autonómicos en el sentido de que limiten los contenidos con referencias locales a cambio de una ampliación de la visión del conjunto español.

De entrada, cabe decir que este tipo de consideraciones ponen en evidencia dos limitaciones graves de tal pensamiento: por una parte, que tienen una concepción trasnochada de lo que debe y puede ser la escuela, y, por otra parte, que desconocen la realidad de la enseñanza actual, además de tener muy mala memoria sobre lo que fue la escuela hasta no hace mucho. Efectivamente, suponer que los problemas principales de la enseñanza escolar están en los contenidos y que pueden resolverse a fuerza de cambiar el número de horas lectivas, el reparto de éstas entre asignaturas, su obligatoriedad estricta y su control por medio de exámenes, es de una ingenuidad que, al no ser nada creíble, suena a mala fe. La escuela no puede vivir al margen de su entorno, de manera que los contenidos y, mejor, las estrategias educativas, deben adecuarse a las oportunidades que queramos ofrecer a unos determinados individuos a partir del conocimiento de cuál es su medio. Por otra parte, no se puede seguir pensando en los maestros y profesores como en un ejército de funcionarios a los que se les ordena desde el puesto de mando central qué contenidos deben transmitir, sin contar con que a estas alturas de la historia, como pasa en cualquier otro colectivo laboral, ya son personas libres con criterios propios que aplican con profesionalidad. Hay cosas que la escuela ya no debe ser, y aunque debiera, tampoco podría.

Pero peor es no conocer lo que ya es la escuela u olvidar lo que fue. Así, pensar que la escuela puede seguir siendo aquel instrumento de adoctrinamiento político, ideológico y religioso que había sido, junto con el ejército, al servicio de la invención y la legitimación del modelo de Estado-nación, es de pura guasa. Si alguien cree que examinando sobre don Pelayo y el «Cantar de Mío Cid» va a conseguir una España más cohesionada y con una identidad más clara, es que vive en Babia. Y eso vale para la cohesión nacional y la identidad española, pero también para la catalana, la vasca, la gallega y la del resto de las naciones grandes y pequeñas de toda Europa. Además, por si fuera poco, la escuela ya fracasó en ese objetivo durante el tardofranquismo. El catecismo obligatorio de mi infancia, junto con las prácticas religiosas forzadas o la propia Formación del Espíritu Nacional fueron los mejores antídotos para no quedar atrapado ni en una fe dogmática ni en un patrioterismo enardecido. Todo lo contrario, la mayor parte del anticlericalismo actual se forjó en las escuelas de curas y monjas -en las que apenas puse los pies y me salvé de tal actitud reactiva-, y mis escalofríos ante una bandera española remiten a aquellas clases de mi profesor de la OJE y a mi forzada experiencia militar. Naturalmente, seguro que no todas las escuelas en todos los rincones del territorio español y de manera simultánea fueron la misma cosa y dieron los mismos resultados. Pero hay que estar ciego para no ver el fracaso, cuando todo era fácil, de lo que ahora se pretende recuperar, siendo todo más difícil.

Y es que buena parte de la cuestión está en la confusión entre educación y adoctrinamiento. El adoctrinamiento, la propaganda, tiene un efecto sólo a corto plazo, de tipo meramente retórico. Sirve, sin duda, para aprobar exámenes memorísticos, por ejemplo. Pero no garantiza ni una adhesión afectiva ni racional. Y, por esa razón, tiene un corto recorrido. Como pasa con cualquier campaña publicitaria. La educación es otra cosa. Más sutil, se vincula con las aspiraciones personales y colectivas. Madura con los afectos personales hacia quien, a menudo sin darse cuenta, nos conduce mucho más allá de los límites de su asignatura. Arraiga hondo echando raíces en la confianza que proporciona un pensamiento racional y en el placer de un descubrimiento estético. Y avanza estirada por desafíos éticos y morales. Nada que ver, pues, con la lista de los ríos españoles; nada que ver con los mandamientos de la Santa Madre Iglesia; nada que ver con don Pelayo.

La realidad de lo que escribo es tan fácil de comprobar empíricamente, que parece raro que el Gobierno no lo sepa. Y ésa es  la razón por la que sospecho que actúa de mala fe. Es decir, que utiliza este tipo de cuestiones no para resolver algo, sino para provocar un electoralismo fácil a partir de nada. Sí: como en otros temas sensibles -utilizar la inmigración para sacar votos de la preocupación por la seguridad-, también se utiliza la escuela para sacar votos de las resistencias -tan lógicas como inútiles- a vivir en un mundo con pocas certezas. En la escuela, el adoctrinamiento que hace cuarenta años era una resistencia para frenar un mundo en crisis que se avecinaba, ahora es una huida hacia delante que va a romper la frágil vajilla de la institución escolar. El adoctrinamiento sólo funcionaría si se encerrara al alumno en una campana de cristal que lo aislara de la  intemperie a la que nos abandona nuestro mundo. Afortunadamente, y pese a tales despropósitos, la escuela sigue educando.

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