Educación para la Apostasía

Pues anda que no es difícil apostatar en nuestra Imperial España. De otras sectas cuesta salir porque tienen que desprogramarte, pero de ésta porque quieren reprogramarte.

Empieza la cosa porque tienes que escribir una carta a la parroquia donde te bautizaron pero, como eras muy pequeño, ya ni te acuerdas de cual fue. Si hubieras tenido veinte años, seguro que recordabas el lugar de tan venturoso fasto, pero a los pocos días de ver la luz no tenías conciencia de lo que te hacían.

También tienes que enviar una carta a la parroquia donde te confirmaron y otra donde te casaron. De la primera te puedes acordar, de la segunda, seguro. Aunque sólo sea por las fotos. Pero demasiadas cartas. Al final puedes hacer una baraja.

Tras pasar el duro trámite de presentación en el obispado, y esperar el resultado de alegaciones en contra, a favor y resoluciones, se ha de recurrir a la Agencia Española de Protección de Datos para que, al menos, conste en algún lugar. Pues viene el supremo y exime a la Iglesia de tener que registrar las apostasías. (01/10/2008
El Plural / Macro/Vida). Bien, pero raro. ¿Quién ha de hacerlo ahora?

Es lógico que la Iglesia no quiera soltar las presas ya que en esa supuesta mayoría basan su fuerza para solicitar donaciones del denostado, por ellos, Gobierno democrático. Perfecto, pero en algún lugar habrá que registrar a esos ciudadanos que desean ejercer ese derecho. ¿O no? No digo que se obligue a la Iglesia a hacerse el harakiri. Tiene derecho a conservar documentos de un glorioso pasado, pero sí pienso que este grupo de ciudadanos también tienen derecho a dejar de pertenecer a una secta y si en otras sociedades te envían una carta cada, cierto tiempo, preguntándote si quieres seguir perteneciendo y amenazándote, si no respondes, con darte automáticamente de baja, no veo por qué en este caso no es así.

Hace algún tiempo, el Ayuntamiento de Rivas Vaciamadrid se convirtió en meta de peregrinación de todos los aspirantes a apóstata de nuestra Imperial España pues facilitaba enormemente la gestión de los trámites, pero ahora, no se sabe bien por qué se limita a tramitar solamente las peticiones de los vecinos de dicho municipio.
No parece de recibo que en un país aconfesional, como el nuestro resulte tan difícil dejar de pertenecer a una agrupación que ya no te interesa. Algo similar a lo que sucede con las compañías de telefonía móvil. Parece lógica la creación de un Archivo Nacional de Apóstatas como, en su tiempo, hubo un Archivo de Indias.
Ante tantas dificultades que encuentra el aspirante a apóstata bien estaría, para que sepa a que atenerse, la creación de una nueva asignatura, esa sí, voluntaria, que se podría titular algo así como Educación para la Apostasía. Entonces sí que tendría razones la Conferencia Episcopal para oponerse a ella.

Ladislao García Pardo es farmacéutico y columnista del Diario Montañés

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