Ecuador: ¡Que reviva el laicismo!

El mundo actual plantea un sinnúmero de problemas y desafíos en medio de avances dramáticos y de retrocesos históricos. Avances impresionantes de la información, de la ciencia, de la tecnología y del intercambio; y retrocesos: depredación del medio ambiente, ensanchamiento de la iniquidad social y económica a escala planetaria, movimientos contradictorios de uniformización cultural y proliferación de identidades locales y de minorías, acelerado deterioro de los estados nacionales y debilitamiento de la participación social, movimientos migratorios masivos, desborde de la violencia, de los extremismos, fundamentalismos y xenofobias.

En este marco el ser humano y sus derechos son cada vez más vulnerables y sus logros históricos pierden terreno a consecuencia de la hegemonía política del modelo de mercado y del retroceso del ‘Estado de Bienestar’. Ceden su espacio en la vida de los pueblos el laicismo, las conquistas sociales, la calidad de vida y la convivencia pacífica.

La laicidad fue una conquista de la humanidad que se concretó y difundió desde el siglo XVIII a través de la Revolución Francesa. En nuestro país Alfaro intentó implantarla a partir del 5 de junio del 1895. Tuvo y tiene como fin establecer un poder público al servicio de los ciudadanos.  En este sentido el centro político del propósito laico no tuvo como esencia la hegemonía de una clase, raza, etnia, gremio, partido o corporación, sino la total realización material y espiritual de la persona humana dentro de un colectivo social en base a un ideal de convivencia: libertad, igualdad y fraternidad.

El laicismo no propugna el combate contra ninguna forma de religiosidad o de expresión cultural o del pensamiento, lo que promueve es la independencia y autonomía de las instituciones públicas de toda estructura que pretenda afectar o incidir desde el Estado la libre opción del individuo en sus creencias y afiliaciones filosóficas, políticas, culturales, ideológicas y religiosas. De esta manera, el laicismo es absolutamente respetuoso de las posturas y creencias de todos los individuos.

El laicismo es tolerancia. Además, según el pensamiento laico hay que generar las condiciones para que el individuo a plenitud de su conciencia y en cabal ejercicio de su libertad adhiera a un proyecto de vida en común. Tal adhesión implica el respeto y consideración al ‘otro’ en sus diferencias y requiere de una institucionalidad, el Estado, que en representación de todos cree las condiciones materiales (crecimiento, redistribución), espirituales y legales para el ejercicio pleno de las responsabilidades y de los derechos políticos, sociales, económicos y culturales de la gente. El derecho a ser feliz. Mas el plan común requiere también de la empresa y sobre todo de una sociedad organizada, movilizada y  potente, que tenga por fundamento una ciudadanía propositiva, vigilante y consciente. En este ámbito el papel de la educación fue y es clave.

Cuánto nos hace falta retomar este pensamiento profundamente humanista y democrático, más vigente que nunca, que inspiró la mayor transformación del Ecuador, la de Eloy Alfaro, que hoy retrocede. ¡Que reviva el laicismo!

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