«Ecclesiam suam» (II)

Puede leer la primera parte pulsando aquí: «Ecclesiam suam» (I)

En esta segunda parte de su artículo sobre la vida eterna propugnada por la religión católica, Artemio Zarco escribe acerca del poder religioso ejercido a través del miedo, y en concreto la amenaza del infierno, que el anterior Papa, por el camino marcado por Juan XXIII y Pablo VI, había rebajado a «una situación de quien se aparta de Dios», pero que el actual jefe de estado del Vaticano ha devuelto al tradicional y terrorífico lugar «físico» y eterno».

Ecclesiam Suam» («A su Iglesia») corresponde a las primeras palabras que dan título a una encíclica de Pablo VI promulgada en 1964. Esta fue redactada personalmente por el Pontífice en un intento de renovación de la Iglesia para desenvolverse en los tiempos modernos, poniéndose al día en las cuestiones suscitadas por las ciencias, las artes o la filosofía.

No en vano la Iglesia tiene en su debe coladuras históricas, como la de la condena de Galileo, que todavía produce espasmos de hilaridad en la parte que concierne a la ciencia y de indignación en la que hace a la condena al sabio por un tribunal de fanáticos clérigos conocido por la Santa Inquisición, también denominado Santo Oficio para aviso y advertencia a quien ponga en duda el carácter sacrosanto de su condición.

No es cuestión de repasar tanta desdichada persecución de sabios, pensadores y reformadores. Basta la aislada cita de Galileo para situarnos.

La iniciativa de Pablo VI con la promulgación de la Encíclica constituye un ensayo de hacer más presentable a la Iglesia en un mundo cada vez más crítico que desconfía de los dogmas y de las verdades reveladas.

En definitiva Pablo VI recogió esa iniciativa de su predecesor Juan XXIII, al menos un una cuestión muy concreta a la que nos referimos en el artículo anterior: la vida eterna y las alternativas de disfrutarla en el paraíso o por el contrario de padecerla en el infierno.

Asunto que no es ninguna nimiedad a escala humana hasta el punto que se podría decir que viene a ser la pregunta más angustiosa de los Ejercicios de San Ignacio: «¿De qué te sirve ganar todo el mundo si pierdes tu alma?».

Así dicha la pregunta es irrebatible. Pero planteada en el contexto del ejercicio del poder religioso a través del miedo, la pregunta es sospechosa, se convierte en un instrumento ideológico en el sentido de que forma parte de un planteamiento que se basa en el terror para mantenerse los que lo ejercen aquí en la tierra a la mayor gloria de sus tropelías.

Pregunta angustiosa que lleva en su seno más preguntas igualmente angustiosas: ¿es que existe la otra vida? ¿es que existe el infierno? ¿es que puedes ser condenado al castigo eterno por tus pecados? ¿es que sólo un pecado mortal puede llevarte al infierno? ¿es que cinco minutos de pecados deshonestos o de desahogos lascivos pueden convertirte en una tea humana ardiente, en una antorcha de carne que arde sin consumirse por los siglos de los siglos?

En definitiva este es el planteamiento no negociable de toda la escatología cristiana que los más retrógrados de la Iglesia quieren imponer a sus atemorizados creyentes.

El fuego eterno es una expresión hecha que en la «Divina Comedia» de Dante se expresa en distintas variantes: túnicas ígneas, sepulcros ígneos, lagos de azufre fundido…

Los papas anteriores al reinante Benedicto XVI, han percibido que las contestaciones rotundas y afirmativas a tales preguntas resultan tan desorbitadas, tan contra natura, tan inhumanas que las puertas que conducen a la otra vida chirriaban de forma estridente, hasta el punto que decidieron engrasarlas suavizando la visión de lo que podía ser el infierno.

Todos sabemos que Juan Pablo II resultó un Papa enérgico y más bien poco tolerante capaz de reñir y humillar urbi et orbi con las televisiones filmando a un ministro que además era cura, el famoso nicaragüense Ernesto Cardenal, uno de los seguidores de la Teología de la liberación, a quien tuvo arrodillado el tiempo suficiente para que la opinión pública pudiera percatarse quién fulminaba y quién se sometía. En una palabra: Juan Pablo II pasará a la historia como uno de los Papas más enérgicos defensores de la fe, y sin embargo ha sido desautorizado por su sucesor en una de las cuestiones más sensibles de la religión, precisamente el de la vida de ultratumba y el del premio o castigo eternos inherentes a la misma a que venimos refiriéndonos.

Si dejamos suelta la imaginación e incontrolado el fondo sádico que en proporciones variables lleva en su código genético todo ser humano, acrecentado si ejerce el poder que en este aspecto hace las veces de catalizador activando y acelerando los efectos del castigo aplicado a los disidentes, recorreremos todas las atrocidades históricas: galeras, empalamientos turcos, las hogueras de la Inquisición, los campos de exterminio nazis, los gulags estalinistas, cepos, potros y tantos otros horrores… Pues a lo que voy: todo esto son minucias, menudencias, comparados con los suplicios que si somos malos nos esperan en el infierno por toda la eternidad según la versión amenazadora que históricamente ha venido transmitiendo la Iglesia y que últimamente con Benedicto VXI, el más reaccionario de los Papas que hemos conocido los de nuestra generación, que ya es decir, está planteando en un insólito viaje de retorno en el túnel del tiempo al pasado medieval.

Pablo VI, con su predecesor Juan XXVIII a través del Concilio Vaticano II (1962-65), propició importantes retoques conceptuales, corrigiendo aquí y allá los aspectos más esperpénticos de los castigos infernales hasta llegar a Juan Pablo II, que en el verano del 99 en cuatro audiencias dedicadas a desmontar la credulidad popular sobre el más allá dijo entre otras cosas que «el cielo no es un lugar físico entre las nubes» y que «el infierno tampoco es un lugar, más que un lugar el infierno es una situación de quien se aparta de Dios».

De pronto Benedicto XVI saca de su congelador espiritual el jarro de agua bendita completamente helada. La forma puede parecer la de un bondadoso abuelito leyendo unas cuartillas, pero el contenido es más propio de un profeta mayor de los que desde el Sinaí o desde algún desierto, levantando los brazos al Cielo, invocando a Dios y convocando a la humanidad, nos anuncia la mala nueva de que el infierno existe. Benedicto XVI el Terrible, el Restaurador, el Alguacil de Dios, el Depositario de los Libros Penitenciales, el Conservador de la Cámara de los Horrores, el Inquisidor… nos muestra el infierno en toda su abominación.

Los titulares de los medios de comunicación destacan perfectamente el alcance de esta ciaboga papal:

«Benedicto XVI desmiente a Juan Pablo II; asegura que el infierno es un lugar físico y no mental como decía el anterior Papa» («La Crónica»: Agencias en el Mundo Vaticano 9/2/2009). «El Papa Benedicto XVI resucita el infierno» («El País. Madrid, 23/4/2007), «Contra lo dicho por Juan Pablo II en 1999, Ratzinger sostiene que el infierno existe y es eterno».

¿Cómo explican los medios este cambio de rumbo? Con la más vieja y rastrera de las razones: la conservación y recuperación del poder. Remitiéndose al diario italiano «La República», el periódico digital «La Crónica» dice: «se trata de recuperar el protagonismo perdido y para ello el Pontífice al proclamar que el infierno existe y es eterno responde a esa estrategia».

Una vez más el repulsivo miedo suscitado con toda premeditación por los que ejercen el poder sirve para mantenerlos en su cima.

En este sentido, y como imagen del protagonismo perdido, cabe recordar la reciente y gratificante escena en el Bundestag alemán de la salida masiva de parlamentarios (¿un tercio?) en el momento de iniciar su piadosa lectura el Papa.

Y por último, un atrevido consejo de despedida a Benedicto XVI: que lea o relea la «Divina Comedia» para comprobar que Dante también mete en el infierno a los papas. A ver si eso le hace recapacitar.

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