Dogal al islamismo

Los generales egipcios juegan con fuego en su empeño de eliminar a los Hermanos Musulmanes

La prohibición por un tribunal administrativo de las actividades de los Hermanos Musulmanes y la incautación de sus activos forma parte del guion previsto por los militares egipcios que derrocaron en julio al presidente islamista Mohamed Morsi para eliminar a la más poderosa fuerza política del país árabe. La sentencia, teóricamente recurrible, no afecta por el momento al brazo político de la organización, el partido Libertad y Justicia, pero caben pocas dudas sobre las intenciones del general Al Sisi, el hombre fuerte, a propósito de una formación cuyos dirigentes están en la cárcel o huidos y cuyos militantes han caído por centenares víctimas de la represión.

La decisión judicial refuerza y legitima la campaña castrense y del Gobierno provisional de civiles que le sirve de fachada, pero está por verse cómo puede ser llevada eficazmente a la práctica. Los Hermanos Musulmanes han logrado trabajar en la clandestinidad durante 80 años en Egipto y emerger después de la caída de Mubarak para ganar las elecciones parlamentarias y presidenciales. A esa insólita supervivencia no ha sido ajena su capacidad de recaudar dinero para sus obras sociales, ahora prohibida.

Los generales siguen equivocándose, por más que muchos egipcios hayan visto el ominoso rostro real de los Hermanos Musulmanes y su sectario desprecio por los más elementales principios democráticos durante su desastroso año de Gobierno; y por mucho que los obedientes medios de comunicación se refieran ahora a la organización como un grupo terrorista. La represión violenta y sin resquicios desatada por Al Sisi y sus camaradas —enterradores de cualquier vestigio de primavera árabe— está convirtiendo a los islamistas en víctimas, cuando no mártires, a los ojos de muchos, en un país dividido y con millones de islamistas o simpatizantes. Y eso es munición política de grueso calibre.

Nadie, tampoco los miopes militares cairotas, puede criminalizar a millones de personas y suprimir sus libertades, por elementales que sean, sin arrebatárselas en el proceso a todos los demás. Egipto, el más influyente y representativo de los países árabes, está convocando con ello, casi 25 años después, el espectro terrible de Argelia. Su manifestación más alarmante es la multiplicación reciente del terrorismo, un yihadismo incipiente que ya no se confina al remoto Sinaí.

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