Divinas Enseñanzas

Alejemos de nosotros la funesta manía de pensar. Que piensen ellos, que inventen ellos, que investiguen ellos. Pensar demasiado es un camino seguro hacia la infelicidad, aún más en esta desquiciada coyuntura en la que nos movemos, en la espiral inversa de un túnel del tiempo que nos conduce hacia un pasado que fue de todo menos glorioso. La religión, la verdadera y patentada, desconfíe de las imitaciones, la católica, apostólica y vaticana, ocupa de nuevo su lugar como superstición de obligado cumplimiento, divina superchería consagrada y privilegiada por las leyes de los hombres. Vale más púlpito de obispo que cátedra de sabio, España vuelve a ser católica por decreto de obligado cumplimiento, la asignatura de Religión (única) contará para la nota media y la concesión de becas  tanto como la ciencia. Los alumnos de religión habrán de desaprender lo que les enseñaron en clase de biología y renegar de cualquier escuela filosófica no homologada por la jerarquía eclesiástica. No se puede creer en Darwin y en Adán y Eva, el autodenominado creacionismo inteligente es una tontería sin coartada alguna, pero la fé (permítanme el acento) no necesita coartadas y el papa de Roma es infalible por la gracia de Dios y el consenso de su grey. Bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el reino de los cielos del que gozarán después de la muerte si han soportado con cristiana resignación su trajinar por este mundo cruel, estación de paso, bifurcación que conduce al infierno o al paraíso. A los buenos cristianos ni siquiera les queda la perversa satisfacción de saber que los ricos y poderosos no entrarán en el reino celestial; desde que sus dueños convinieron el pago del peaje correspondiente los camellos pasan sin problemas por los ojos de todas las agujas, en las hipotecas celestiales cabe la dación en pago.

Crea cada uno en sus creencias y al que Dios se la de San Pedro se la bendiga. Cada uno en su casa y Dios en la de todos siempre que sea invitado, crean o descrean, recen o blasfemen que son los dos extremos del comportamiento religioso, pero háganlo en la intimidad, sin imponer a los demás sus creencias y menos sus impuestos, sus diezmos y primicias, sus sinrazones y sus despropósitos. La reforma de la ley del aborto,la validación de la asignatura de religión y las subvenciones a colegios concertados que practiquen la discriminación sexual, son las últimas victorias de esa Iglesia militante, luz de Trento y martillo de herejes que parpadea en las profundidades del túnel del tiempo, del bucle atemporal en el que nos hallamos inmersos. El siglo XX ha desaparecido en la vorágine, volvemos al XIX y seguimos cayendo y ya hay quien empieza a echar de menos aquellos tiempos de la esclavitud porque los esclavistas al menos se preocupaban y cuidaban sus posesiones, alimentaban, vestían y cobijaban a sus esclavos porque un esclavo bien alimentado, vestido y razonablemente satisfecho resultaba más rentable y seguro.

Los ricos y poderosos han abdicado de sus potestades que no de sus riquezas, se han vuelto absolutamente improductivos y se limitan a acaparar presuntos bienes materiales que solo lo son por consenso, montañas, cordilleras de papel timbrado y numerado, virtuales y astronómicas cifras, papel mojado, masticado y sacralizado por la santa alianza entre los dioses y los césares.

La contrarreforma educativa de Wert ha sido posible y posibilitada por gobiernos anteriores bajo el signo de la cruz. El gobierno “laico” de Zapatero se sometió a las directrices de una Iglesia que le fustigaba a placer en todos los foros y luego cobraba por la penitencia sus óbolos, subvenciones, exenciones y mamandurrias. Paganos somos los que pagamos a los profesores de Religión para que sigan desenseñando y manteniendo las viejas y carísimas supersticiones que emanan de la única dictadura teocrática de la vieja y decrépita Europa, del poder de una secta intolerante y privilegiada. Vayan con Dios, pero lejos.

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