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Discursos en París sobre la laicidad (Política y religión en Francia y en España)

Si la laicidad positiva fuese replantear la utilidad social o la función política de las religiones, se romperían las tradiciones laicas y se abriría la puerta a un nuevo clericalismo.

Algunos de nuestros obispos, si se hubiesen encontrado al Fundador del cristianismo en la ruta hacia Damasco, no le preguntarían como San Pablo «¿Señor, qué es preciso que haga?», ellos le habrían explicado al Mesías lo que tendría que hacer.

El pasado 12 de septiembre, al mediodía, un ujier de la Guardia Republicana, con uniforme de gala, a la puerta del gran salón del palacio del Elíseo, el de la Pompadour, la Montijo y la Bruni, entre otras, anunció a gritos la presencia del señor presidente de la República y de Su Santidad. Allí entraron Sarkozy, con un discreto traje oscuro, y Benedicto XVI, con sus ropas albinas y con los oros lujosos de una rica cruz pectoral y de un imponente anillo de Pescador. El Presidente y el Papa pronunciaron discursos de naturaleza político-religiosa; fueron discursos, pero podían ser también homilías.

El del Papa fue breve, muy medido, sin imprudencias como en el de Ratisbona, con sorprendente referencia a la «libertad, igualdad y fraternidad» que es divisa de la Revolución Francesa, tan enemiga en su tiempo de la Iglesia romana (Constitución civil del clero) y tan condenada por el Vaticano por ser madre de los liberalismos y modernidades (encíclica «Syllabus», de Pío IX). Esa divisa pronunciada por un Papa es ejemplo manifiesto de evolucionismo eclesiástico y de cómo también a la Iglesia afecta aquello de que la existencia acaba triturando las esencias. En ambos discursos el tema central fue la laicidad o separación entre lo profano y lo religioso, con algún brindis al sol o revolera de tauromaquia como fueron las referencias a la moralización del capitalismo financiero y a la distancia cada vez mayor entre los ricos y los pobres.

Su Santidad dejó claro que en el complejo tema de las relaciones entre Iglesia y Estado el mandato evangélico de «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios» está en el principio de una justa solución, afirmación papal que, con el respeto debido, debería ser matizada e incluso negada. En primer lugar, es verdad que nada semejante a ese mandamiento se encuentra ni en el monoteísmo judío ni en el islámico, llegándose a afirmar por el politólogo Marcel Gauchet que el cristianismo es la religión de la salida de la religión, pues la separación entre lo del César y lo de Dios implica el reconocimiento de un espacio profano, no religioso. Ahora bien, el verdadero problema está en determinar qué es lo del César y qué es lo de Dios, pues si se reclama de Dios el todo, nada queda para el César. La Iglesia misma patrocinó hasta la Revolución francesa absolutismos de naturaleza divina; ahora mismo los llamados teocom siguen defendiendo la competencia eclesiástica sobre todas las leyes morales, no sólo las evangélicas, sino también las llamadas naturales (debate actual en Italia sobre la muerte cerebral). Es decir, que el mandato evangélico de la separación puede vaciarse de contenido y vigencia por interpretaciones extensivas de lo divino, lo cual, por cierto, ha sido constante en la historia de la Iglesia católica.

En segundo lugar, curiosamente (ya hicimos referencia a ellos en otro artículo), el cristianismo católico o el de la separación entre César y Dios es la única religión con estructura jurídica de Estado, el Estado de la Ciudad del Vaticano, con peculiaridades pero Estado al fin (personalidad internacional). O sea, que el Papa es jefe de Estado (César) y jefe de la Iglesia de Dios (esta mezcla problemática es muy visible, por ejemplo, en España con los tratados entre la Santa Sede y el Estado español que tantas dudas jurídico-constitucionales plantean).

En tercer lugar, el Dios cristiano no es el trascendente y lejano como el de los judíos y musulmanes; la relación de los cristianos con su Dios es personal, como si se tratase de una relación de persona a persona (a un musulmán le resulta inconcebible que a Dios se le llame Padre). Precisamente en ese personalizar e incluso tutear a Dios los españoles hicimos grandes aportaciones: Teresa de Jesús encontraba a Dios hasta en los pucheros, y movimientos contemporáneos de espiritualidad rezan al Dios que encuentran en lo diminuto o en las pequeñas cosas. Ese Dios personal trasciende lo individual y penetra en lo social, trascendencia individual pero también colectiva; de ahí esa obsesiva convocatoria por la jerarquía católica a la presencia de los católicos en la vida pública, que, por tan repetida y exigida, parece que es más importante que la presencia de los fieles en el interior de los templos. Esa dimensión personal y social del Dios de los evangelios hace aun más difícil la separación entre lo del César y lo de Dios.

Esas tres matizaciones hacen dudar o permiten negar que en el Evangelio de San Mateo esté, tal como dice el Papa, el principio de la solución al problema de las relaciones entre la Iglesia y el Estado tal como la realidad y la experiencia prueban. Dos hechos o datos lejanos en el tiempo y de diferente naturaleza no son precisamente indicios optimistas para admitir el optimismo papal: el cardenal Ratzinger leyó el 6 de septiembre de 2000 la declaración «Dominus Jesús», elaborada por la Congregación para la Doctrina de la Fe que presidía y en la que se proclamaba que «la salvación eterna sólo está en la Iglesia». El segundo hecho fue la negativa de la Iglesia católica a reconocer la libertad religiosa, negativa desde el año 392, con el emperador Teodosio, que inauguró eso del cristianismo como religión de Estado, hasta 1965 (Concilio Vaticano II).

Entrando ya en la laicidad, el Papa se remitió a la expresión «laicidad positiva» pronunciada por el presidente francés el 20 de diciembre de 2007 al recibir el título de canónigo honorario de la iglesia romana de San Juan de Letrán. El Papa se limitó a decir: «Utilizáis, señor presidente, la bella expresión de laicidad positiva». Por el cardenal Tauran sabemos que «en Roma el discurso de Letrán sorprendió, pues no se pensaba que tal interpretación de la laicidad fuese posible por un jefe de Estado francés» (diario «La Croix» de 12 de septiembre) -el Vaticano siempre habló y únicamente de «sana laicidad».

No se puede perder de vista que el presidente Sarkozy se caracteriza no sólo por sus desórdenes amorosos, sino también por ser el presidente de la V República más de derechas en ciertos asuntos, siendo la religión uno y otro su proamericanismo -el interesante tema de Dios en la política de Estados Unidos requeriría un análisis autónomo, ahora limitémonos a decir que una cuestión es la profunda religiosidad de los americanos (ateísmo como fenómeno europeo) y otra es el radicalismo jurídico (Constitución y jurisprudencia) en separar en el ámbito público lo político de lo religioso-. No se sabe bien qué es eso de la laicidad -no hay texto jurídico en ningún lugar que la defina-; escribamos, con aproximación, que es la neutralidad del Estado en materia religiosa, separados y distantes, sin privilegio alguno y de cualquier clase para las opciones religiosas, y sin que el Estado pueda promover convicciones ateas o agnósticas, garantizándose las libertades de conciencia, de culto o de expresión. La laicidad no se debe confundir con la secularización, que es un hecho social consistente en la pérdida de influencia de lo religioso en la sociedad. Laicidad estricta, constitucionalmente prevista, y secularización galopante se dan en Francia, que es ejemplo a estos efectos de libro. Lo que sea la «positiva» o abierta ni lo sabe Sarkozy ni el Vaticano, que tan intrigado parece y tantas explicaciones pide, siendo problema lingüístico el aplicar adjetivos calificativos a sustantivos tan abstractos.

Si la laicidad positiva fuese replantear la utilidad social o la función política de las religiones, se romperían las tradiciones laicas y se abriría la puerta a un nuevo clericalismo. Conviene recordar que la ley francesa de separación de las iglesias y el Estado de 1905, muy condenada por Pío X en la encíclica «Vehementer», permite que existan funerales de Estado y que el nuncio del Papa sea el decano del cuerpo diplomático. El texto que mejor hará comprender la problemática de la laicidad en Francia es el «Informe de la comisión de reflexión sobre la aplicación del principio de laicidad en la República», de 11 de diciembre de 2003.

Y ya llegamos a España, donde los discursos de Francia tan importantes son y donde tan necesario es un debate sobre la laicidad. La Constitución española de ninguna manera impide una laicidad, ni siquiera la estricta; el problema jurídico lo plantean los tratados y acuerdos entre la Santa Sede y el Estado español, que posiblemente no sean constitucionalmente admisibles. Pero si es interesante el problema jurídico, que demandaría artículos monográficos, acaso más importante sean los actos políticos, es decir, las acciones desde el Estado para frenar la religión en el ámbito social, que es lo que se conoce como lógica de laicismo. En esto la política religiosa del presidente Rodríguez Zapatero y su Gobierno, desde 2004, ha sido determinante; política que a muchos ha irritado, pero que a otros muchos, más posiblemente, ha gustado y apoyado (recuérdese el resultado electoral de marzo último). La legislación socialista sobre la familia, en particular la importante ley sobre el matrimonio de personas del mismo sexo; la legislación sobre la educación, y el empeño en la entrada de Turquía en la Unión Europea o Alianza de Civilizaciones son auténticas bombas de precisión, muy inteligentemente planificadas, que hacen trizas la transmisión y la inculturación religiosas, esenciales para la supervivencia de la religión.

Diferente a la lógica del laicismo es la lógica de la secularización, que es un proceso social de apartamiento de lo religioso de la vida social y a instancia de la propia sociedad. La Iglesia católica española, consciente de la secularización acelerada, tendrá que comprender que en el futuro nada se parecerá a lo de antes, y que, por ejemplo, a causa de la dinámica social, los funerales de Estado o los juramentos de altos cargos ante crucifijos serán residuales exotismos. La Iglesia católica, con humildad, debería mirar hacia dentro y analizar qué factores patógenos, por ella misma producidos, están contribuyendo a la secularización. Entre otros factores señalemos que su larga historia de poder y de dominación sobre la sociedad española supone una factura muy onerosa. Y eso no obstante la peculiaridad española, de siempre y de ahora, consistente en que el poder político, los poderes económicos y el poder religioso están continuamente en tratos lujuriosos y con tocamientos de pecado.

La historia contemporánea de Francia nada se parece a la española, con algún episodio parecido (la misión de Roncalli, futuro Juan XXIII, como nuncio del Papa en París fue arreglar los problemas planteados por el apoyo de importantes obispos al régimen de Vichy). Tampoco se parece el prestigio que tuvo el catolicismo francés con el español; allí hubo pensadores de máximo nivel y militantes católicos, como Maritain, Claudel, Bernanos, Mauriac, y más próximos, como Guitton, Frossard y René Remond, éste último de la Academia francesa y presidente de la Fundación Nacional de Ciencias Políticas hasta su fallecimiento, el año pasado, y cuyos dos últimos libros, «El cristianismo en acusación» (2000) y «La invención de la laicidad» (2005), son de consulta por los asesores en materia religiosa de Sarkozy, fuente de aquella laicidad positiva. ¿Y aquí?

Si de los obispos franceses Frossard escribió lo que encabeza este artículo, qué se podría escribir de los obispos españoles, con las excepciones de rigor, desde los preliminares de las Cortes de Cádiz hasta hoy.

Ángel Aznárez es notario.

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