Discúlpese, Monseñor

Las palabras de monseñor Munilla, obispo de San Sebastián, en relación a la catástrofe haitiana duelen por frías, por insolidarias, por indiferentes ante el horror que se está viviendo en el país caribeño. Pero, además, son fruto de la obcecación de la jerarquía católica por aprovechar cualquier ocasión en los medios para continuar su guerra particular contra el gobierno de Rodriguez Zapatero

Más de lo mismo
No voy a entrar en la polémica. Sería más de lo mismo. Es evidente que la existencia de una ley reguladora de la práctica abortiva no obliga a abortar a nadie, sino simplemente previene el ejercicio ilegal y los riesgos de una práctica que por prohibida, nunca dejará de ser inexistente. El aborto se ha practicado desde la noche de los tiempos y no hay más que recordar las carnicerías de las que fueron víctimas muchas mujeres por abortar clandestinamente en pleno franquismo. Someterse a él o no hacerlo es una cuestión de conciencia que solo atañe a la libertad individual; regularlo es un deber del Estado.

Obcecados en su cruzada
Pero la jerarquía católica, secundada por organizaciones ultramontanas como los Legionarios de Cristo, Neocatecumenales, Opus Dei u otras organizaciones similares, está obcecada en una campaña que, más que mostrarse disconforme con una ley, pretende seguir manteniendo vivo el pensamiento único y conservar los privilegios de que disfrutó durante el franquismo. Y lo está hasta tal punto que parece haber perdido el norte. Al menos eso demuestran las palabras de uno de sus miembros, monseñor Munilla, obispo de San Sebastián, a la Cadena SER.


Indiferente ante la tragedia
En su afán de cargar contra los políticos que, aún declarándose católicos, han votado a favor de la Ley de Regulación del aborto, Monseñor Munilla no ha dudado en declarar que la “pobre situación espiritual “ y “la concepción materialista de la vida" de la sociedad española es una desgracia aún mayor que la que están sufriendo la población haitiana. El escándalo ha sido tal que el obispo de San Sebastián se ha visto obligado a rectificar asegurando que había dado una respuesta desde la óptica de la Teología y, evidentemente, acusando a la prensa de haber sacado sus palabras de contexto.


¿Dónde está su espíritu evangélico Monseñor?
No me valen, Monseñor, sus excusas. No me sirve que se escude en que estaba dando una respuesta “teológica” a la pregunta de su entrevistadora porque no era momento para la Teología. Era una ocasión de oro para ejercer la caridad. Y ejercerla no con óbolos materiales, sino acudiendo a su estricto significado evangélico porque, por si lo había olvidado, caridad es amor. Y amor es solidaridad con el que sufre y apoyo a quien lo necesita, en este caso quienes están sufriendo el horror que lal fuerzas desbocadas de la naturaleza han provocado en Haití.

La hecatombe haitiana
Por si no se había enterado, sepa, Monseñor, que en Haití los muertos se apilan por las calles, los heridos sufren sin esperanza de ser atendidos, los servicios sanitarios no dan abasto y el hambre y el pánico campan por sus respetos. Sepa también que la ayuda internacional encuentra innumerables dificultades para llegar, que los saqueos comienzan a producirse, que la buena voluntad de los voluntarios se estrella ante la falta de salubridad. Sepa, Monseñor, que en Haití todo es muerte, horror y desesperanza.

Haití, Monseñor, huele a muerte. Pero, aún en medio de tanto horror, también a solidaridad, a empeño por salir adelante, a generosidad… Y nada de eso se desprende de sus palabras. Sus declaraciones, dentro o fuera de contexto, con intención pastoral o no, escandalizan por frías, por indiferentes, por insolidarias, y me permito recordarle que el escándalo es uno de los mayores pecados para la iglesia católica.

Discúlpese, Monseñor. Discúlpese y póngase a disposición de un país arrasado, de una población diezmada y hundida en el dolor. La Iglesia cuenta con medios materiales y espirituales para hacerlo ¿A qué está esperando?


María Pilar Queralt del Hierro es historiadora y escritora

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