Dios, qué vida

Me viene mucho a la memoria ese verso estremecedor de Victoriano Crémer, que murió centenario en León. Dios, qué vida, da rabia beber sin alegría… Era la época del Don de la ebriedad de Claudio Rodríguez, la época en que Gabriel Celaya exclamaba que ya sabía por qué bebía Novais, aquel periodista legendario que decía en Le Monde lo que aquí era imposible que se susurrara…

Dios, qué vida… Invocamos mucho en España a Dios, sobre todo en vano. Ahora cobran otra vez vida esas imprecaciones, esas invitaciones a Dios a ayudar a entender qué pasa. En la época de Crémer, la posguerra caliente, era verdaderamente una vida cuya esperanza estaba limitada por la miseria y por el desánimo, pues levantarse de aquella época ardua era como pedir agua en el desierto. Pero nos levantamos, de todo se despierta uno, decía Bertolt Brecht, y de todo se aprende.

Así que pasaremos el cáliz, por seguir diciéndolo con palabras de la Iglesia, y andaremos sobre aguas que ahora parecen ríos turbulentos. Y es que de la Iglesia (es decir, de la jerarquía eclesiástica) quería hablar un momento. Ahora ha vuelto el poder político a enfrentarse a la querella anual con los ateos, específicamente en los andurriales de Madrid. Como hacen desde hace algún tiempo, los ateos quieren significarse en esta época de la Semana Santa, pues consideran que acaso entonces tendrá más eco su cuestionamiento de Dios, al que, en su derecho, están rindiendo homenaje los católicos. El poder político considera que es una provocación que los ateos quieran salir a la calle contemporáneamente.

No estoy de acuerdo, permítanme que lo diga. Seguro que la Iglesia, nacida para el perdón y también para el entendimiento, y manejada hacia dentro y hacia fuera por el ánimo ecuménico, no sería tan tajante como el poder político y levantaría esa prohibición anual. No es tan fácil ser ateo en esta sociedad, que lo penó durante cuarenta años en el pasado inmediato y durante siglos en el pasado que aún nos pesa. De modo que tanto la Iglesia como los que la defiendan entenderían como la expresión de un enorme valor que los ateos salgan a la calle para ser contados, y en todo caso para contar qué piensan de Dios, que está tan presente en sus vidas, aunque sea para oponerse a la idea de su existencia.

Cuando el Rey Juan Carlos juró su cargo de Jefe de Estado fue después de escuchar una homilía en la que el cardenal Tarancón, al que los ultras (que entonces eran legión, de Cristo, precisamente) juraron odio eterno, propuso que la Iglesia y el Estado fueran por caminos muy separados. Pues no, no ha sido así. La Iglesia (católica) y el Estado continúan siendo concomitantes, unas veces más y unas veces menos; sigue la Iglesia bendiciendo los actos de los políticos y siguen estos yendo bajo palio (es un decir) para ganarse el favor de las jerarquías cuando les viene bien para su doctorado cuatrienal. En medio de ese ayuntamiento tan contrario a la Constitución (pues esta obliga a la aconfesionalidad), este debate anual con los ateos es una piedrita nada más, pero se empeña la jerarquía (política) en convertirla en una piedra grande como si así fuera a contentar a la jerarquía religiosa, sin saber que esta, por su propia definición, es insaciable. Dios qué vida y qué Dios nos coja confesados. jcruz@elpais.es

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