Dios por Dios

LA religión no ha hecho más que complicarle la vida a la especie humana. Poco importa el rito, pues cualquier fe antigua ha provocado guerras, genocidios y desolación. Y todo por vender humo a base de decretos sangrientos.

Todas están basadas en las mismas falsedades, que se sustancian en una vida mejor allá en el paraíso y la vida eterna, como si la experiencia en la Tierra te pudiera dar fuerzas para querer aguantar en el cielo a los mismos que te han amargado la existencia en Salamanca, por poner un ejemplo. Pero todos estos pensamientos etéreos se han puesto de acuerdo en afligir al hombre. Todo lo que te gusta es inmoral o engorda. Si alguien elige vivir con alguien de su mismo sexo se da de bruces con el pecado mortal. Cuando en Israel un tipo enciende la lavadora en Shabat está insultando a Dios. Si miras a la mujer de un musulmán más de dos segundos le estás ofendiendo. Si en España practicas sexo antes del matrimonio no dejas de ser español pero te colocas al margen de la moral. El Gobierno ha escrito leyes que permiten a cualquier paisano que se desenvuelva de un modo más acorde a su condición humana, pero la Iglesia católica las considera una afrenta a la familia y a los designios divinos. Y están que rabian, como se comprobó hace días en la plaza de Colón. Aquella jornada, unos príncipes católicos quisieron atentar contra el Estado de derecho, con un comportamiento que recordaba a los 'hooligans' británicos en su pretensión de quebrar el orden establecido por el imperio de la ley. Por fortuna para ellos, el sistema que pretenden demoler les amparó y pudieron arengar a los fieles con total libertad, la misma que pretenden negarle al resto de los ciudadanos que no comulgan con sus ideas. En Madrid se escucharon sentencias que han removido los cimientos de nuestro país. Pero se les concede más importancia de la que deberían tener. Es como si a un partido de fútbol le diésemos más trascendencia de la que tiene, pues no dejan de ser miles de personas con un apego a sus colores. Por eso, cualquier religión ha de ser una manifestación sentimental para disfrutarla en el ámbito de lo privado, alejada de cualquier pretendida tutela o apropiación del Estado. La Iglesia ha estado muy mal acostumbrada durante siglos, marcando la línea a seguir a quien ostentaba el poder. Ahora las cosas han cambiado y la gente quiere tener una existencia que les permita desarrollarse de forma integral como seres vivos, ajenos a las cortapisas de una probidad inexplicable. Los discursos malintencionados de los cardenales García Gasco y de Cañizares quedarán en las hemerotecas como una huida a la desesperada de una corriente ideológica que pierde adeptos por vender un discurso trasnochado, por no asumir los cambios en un terreno que ya no cuenta con el mismo sustrato que en el pasado. Cañizares no va a poder parar este gol. Que cada uno se meta en sus asuntos y Dios en los de nadie.

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