Dios menguante

Pese a la corriente filosófica que quiere ver a la religión y a la ciencia como dos compartimentos estancos de la realidad, o como dos ámbitos inconexos de la naturaleza humana, lo cierto es que los físicos teóricos se sienten cada vez más desenvueltos para hablar de Dios con cierta autoridad. Es lógico, puesto que su disciplina toca de lleno a algunas de las competencias tradicionales del Hacedor de cuanto existe, empezando, justamente, por la de haber hecho cuanto existe. Por más que la ciencia logre explicar cada vez más propiedades del mundo, ¿no será Dios siempre necesario para explicar que haya un mundo, es decir, que haya algo en lugar de no haber nada?

El físico Stephen Hawking creía que sí, pero ya no lo cree más. En su último libro, The grand design (el gran diseño, o designio), se adhiere a la opinión crecientemente asentada entre los físicos teóricos de que nuestro Universo pudo surgir literalmente de la nada, como una mera fluctuación cuántica del vacío, como si todo lo que es procediera de una brizna vacilante de lo que no es. Por extraña que pueda parecer esta idea, no lo es más que el resto de la física cuántica que hace funcionar a nuestros televisores y ordenadores. Y desde luego tampoco lo es más que la teoría alternativa expuesta en el Génesis. En el fondo es similar a esta, solo que eliminando a Dios del reparto.

Durante el último siglo y medio, el cristianismo ha estado tan obsesionado con refutar a Darwin que apenas se ha ocupado de otros enemigos potenciales como la mecánica cuántica y la teoría de la relatividad. De hecho, el primero en deducir el Big Bang de las ecuaciones de Einstein fue un cura -el físico y sacerdote belga Georges Lemaître-, y el papa Pío XII no ocultó su entusiasmo al recibir esa teoría como una confirmación científica del relato bíblico de la creación. Dios aparece por todas partes en el habla de los físicos modernos: algunos son creyentes, y otros lo usan para fastidiar a los primeros. También para vender libros. Pero ese es el 'God of the gaps' de la teología decimonónica, el Dios que rellena los huecos del conocimiento humano allí donde la ciencia no alcanza todavía.

Un Dios menguante cada vez más parecido a la nada que ya usurpa su papel de Creador.

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