Dios golpista

La derecha siempre ha tenido la tentación de apropiarse de la patria, la bandera, los principios y los valores que deben regir a una sociedad. Es un derecho que le ha concedido un Dios igualmente usurpado.

Su complicidad con las decisiones mesiánicas de los dictadores es una constante. Franco, Pinochet, Videla son paradigmas de este mesianismo entreverado de un Dios que justifica los medios con la condición de que el fin consiga la implantación de una Iglesia monopolizadora de la verdad que hace grande a los pueblos y dignifica al hombre como portador de valores eternos.

23 de Febrero de 1981. Dios empuñó la pistola de Tejero, los fusiles de los golpistas y amenazó a la soberanía de un pueblo para someterlo nuevamente a una dictadura de la que apenas había salido. Aquella mañana, que muchos llevamos archivada en los sótanos del alma, un sacerdote, hijo del Teniente Coronel, acompañó a su padre a la celebración de la Eucaristía. “Momentos de silencio, de oración profunda, de contemplación sincera de un hombre creyente que sabía cuál era su deber. Un hombre de uniforme de rodillas ante el Sagrario y el altar del sacrificio: mi padre. Suponía para mí un ejemplo de gallardía que nadie me hará olvidar. Al salir de la capilla, con una mirada penetrante –y me atrevería a decir que trascendente-, contempló la Bandera Nacional y, con voz serena, tranquila y gallarda, me dijo: ‘Hijo, por Dios y por Ella hago lo que tengo que hacer”, relata.

En ese tránsito místico, el juan de la cruz acharolado, interioriza la decisión de un dios golpista, asume la responsabilidad de subvertir el orden constitucional y decide someter a todo un pueblo a la ignominia de la bota militar. “Hijo, por Dios y por ella (la bandera) hago lo que tengo que hacer” Y retumbó por los montes la voz serena, tranquila y gallarda, según relata el sacerdote vicario de un dios golpista con tricornios en el alma.

“Mi padre es un hombre de honor, fiel a sus principios religiosos y patrióticos, coherente y sincero.” ¿De qué evangelio nacen unos principios que llevan a pisotear la libertad de la ciudadanía? ¿Qué Cristo puede impulsar la amputación de los derechos más elementales y atribuir a los fusiles el criterio vivencial de un pueblo? Resulta blasfemo en boca de un sacerdote, y de cualquiera, esta apología de un terrorismo que España había soportado durante cuarenta años. Porque terrorista fue la actitud de ese hombre “sereno, sencillo, no violento ni agresivo”

Ramón Tejero Díez hace bien en querer con locura a su padre. Pero su defensa es un vómito sobre la democracia ganada a pulso, fusilando el esfuerzo que significa construir una esperanza temblorosa, una utopía de horizontes conquistados. La apología del terrorismo no pertenece a la libertad de expresión, como él reivindica. Debe estar esposada y de rodillas para siempre.

El silencio, Ramón, es un placita íntima donde el amor se hace grande, elegante y redentor.

Rafael Fernando Navarro es Filósofo

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