Dilma y el Papa están llamados a entenderse

En el Planalto y en círculos católicos del PT evalúan que el pontífice puede ser un buen aliado de las políticas sociales. Francisco busca darse un baño de masas.

Será la segunda comunión de Dilma. Cuando la presidenta brasileña reciba esta tarde aproximadamente a las 16, horario de Río de Janeiro y Buenos Aires, al papa Francisco, estará completando un recorrido religioso imperfecto iniciado en los años ’50 al tomar su primera comunión en el estado de Minas Gerais, donde era alumna del colegio confesional Sion, frecuentado por los hijos de la elite local. Fue su madre, la católica practicante Dilma Jane, quien la indujo a tomar el sacramento, un asunto ajeno a las inquietudes más políticas que religiosas de su padre Pedro, un comunista búlgaro amante de la ópera.

Aunque la visita del Papa a la Jornada Mundial de la Juventud es formalmente pastoral, para Dilma reviste la importancia de un viaje de Estado. Tanto es así que le dedicó horas de trabajo este fin de semana, en reuniones con el ministro de Defensa, Celso Amorim, para ultimar aspectos de la seguridad del visitante que optó por recorrer Río en un vehículo sin blindaje, y con el canciller Antonio Patriota, el encargado de modificar el termostato de las relaciones con el Vaticano: que pasaron del frío polar al clima cálido, desde la jubilación de Joseph Ratzinger.

En marzo la memoriosa Dilma soltó una nota burocrática para saludar (antes bien celebrar) el fin del papado de Benedicto XVI, quien en las elecciones presidenciales de 2010 se había asociado explícitamente a la derecha brasileña, en una campaña recordada por las bajezas que incluyeron hasta insinuaciones sexuales contra la entonces candidata del Partido de los Trabajadores.

En cambio Rousseff recibió con simpatía a Jorge Mario Bergoglio, y pese a ser una católica nominal, que casi no volvió a la iglesia desde su primera comunión, viajó al Vaticano el 20 de marzo para saludarlo por su elección y reforzar la invitación para ser el anfitrión de la Jornada Mundial de la Juventud que comenzará formalmente mañana.

En el Palacio del Planalto y en círculos católicos del Partido de los Trabajadores evalúan que Francisco puede ser un buen aliado de las políticas sociales agresivas, la principal de ellas la Bolsa Familia, implementadas desde 2003 con la llegada al gobierno del ex presidente Luiz Lula da Silva, y continuadas por Dilma.

El ministro y ex seminarista Gilberto Carvalho, petista de paladar negro, está entre los abanderados de esta posición por entender, además, que a través del acercamiento con la Iglesia Dilma podrá establecer puentes hacia los bien organizados y populosos movimientos sociales, tan importantes en Brasil y generalmente más representativos que los partidos. El gobierno brasileño está haciendo una apuesta política ambiciosa al estrechar el diálogo con este Vaticano de perfil “franciscano”, que habla en español y posiblemente adoptará el portuñol a partir de hoy, como lo anticiparon algunos asesores del pontífice.

En los próximos siete días los jefes de Estado Rousseff y Bergoglio pronunciarán discursos (posiblemente ricos en señales sobre lo que cada uno espera cosechar de esta primavera diplomática), además de reunirse al menos dos veces, la primera hoy y la segunda el próximo domingo en una misa a cielo abierto en la que se espera alrededor de un millón de fieles.

Claro que el Papa también considera importante trabar una relación armónica con el gobierno de la mayor potencia católica del mundo, con cerca de 120 millones de fieles, a pesar de la sangría de católicos que emigran hacia las corrientes evangélicas, en expansión, que ya representan el 19 por ciento de la población, de acuerdo con una encuesta publicada ayer por el diario Folha de Sao Paulo. Y para contener ese éxodo hacia el mercado de fe pentecostal, la Iglesia necesita del Estado brasileño y de una concordata, acordada por Lula y Ratzinger, que autoriza la enseñanza religiosa en las escuelas públicas, norma denunciada ante la Corte por ser anticonstitucional.

En suma, Dilma y Francisco están condenados a entenderse y, si fuera el caso, hasta a quererse. Y de los dos es la presidenta quien estaría ciertamente más urgida, debido a la difícil coyuntura política que atraviesa luego de las manifestaciones que estremecieron al país el mes pasado. En la única entrevista sobre la visita del Papa, concedida a este cronista, Rousseff reconoció que aún no se disipó el alarmante telón de fondo de las protestas causantes de la caída a pique de su popularidad, que ahora está en la banda del 30 por ciento. “Nuestro país, que recientemente asistió al clamor de los jóvenes en las calles por el perfeccionamiento de la democracia, tendrá oportunidad de tener una amplia reflexión sobre valores espirituales de la tolerancia, la solidaridad y la fraternidad”, declaró Dilma.

“Estoy segura de que en su primer viaje a América latina, (un hecho) de un valor sin presidentes”, el Papa demostrará su “sensibilidad …frente a temas sensibles para nuestra región, como el combate al hambre, la pobreza y el (impulso) al desarrollo con justicia e inclusión social”, reforzó en la nota publicada por la agencia ANSA.

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