Diez notas sobre el burka

Un fantasma recorre Europa. Porta burka. Todas las potencias de la vieja Europa, espirituales y materiales, se han aliado en una santa caza de brujas contra ese fantasma. Y es bueno que sea así.

(1) Evidentemente no hay disparidad de opiniones en lo que hace al burka en sí: es rechazable. La disputa asoma solamente con la cuestión de cómo ha de tratarse socialmente. ¿Hay que aceptarlo sin más, darle tiempo para que la emancipación social lo haga desaparecer,  armarse de paciencia e ilustración, o –según dicen otros— proceder sobre todo con restricciones jurídicas a fin de poder contener el problema? Entre esas alternativas se mueven, sobre poco más o menos, las opiniones. Casi nadie entra a discutir la prohibición motivada por la consideración del propio burka como un valor.

(2) ¿Y por qué habría que erradicar el burka? Porque con él se ha cruzado una frontera. El burka es la total liquidación de la individualidad. Cuando una persona queda degradada a la condición de cortina cubrelágrimas, cuando un varón aspira a poseer por entero a su mujer y se niega a compartir con el resto del mundo ni siquiera la vista de su hermosura individual, se ha traspasado una frontera. Una frontera que el yijab o el burkini, que al menos dejan ver el rostro, ya sea encuadrado, no rebasan. Con el burka o con el niqab, en cambio, la mujer no sólo se convierte en propiedad del varón, sino que se le arrebata aquello que ante todo puede llamarse humano: su particularidad, su individualidad, y la posibilidad de mostrarse a sí propia, es decir, de socialización sin mediaciones.

(3) Lo más esencial de la disputa sobre la prohibición del burka no es la cuestión de si se está a favor o en contra del Islam o a favor o en contra de sus costumbres más absurdas. Quien se limita a verlo así, se queda en la superficie. También se quedará en la superficie quien sólo vea en ello una disputa en torno a la emancipación. La particular estructura de esa disputa radica en la cuestión de qué debe hacer el Estado. El problema que tienen los críticos de la prohibición –según ellos mismos admiten de grado— no es el de su intención. Es la circunstancia de que se trate de una prohibición. No les preocupa el ejercicio del poder (de los varones sobre sus mujeres); les preocupa, sobre todo, que sea el Estado el que ejerce el poder.

(4) Se parte del erado supuesto allí donde el Estado se retira, la libertad viene a ocupa su lugar. “Lo que el Estado no regula, lo regulan otros”. A deletrear esta frase de Peter Hacks dedicó [en el año 2000] un libro entero Wolfgang Port. Su título era Brothers in Crime [Hermanados en el crimen]. El Estado puede oprimir o permitir que se oprima. Lo que no puede es combatir la opresión renunciando a la opresión. No tiene posibilidad alguna de llegar a ser humano. El grado más extremo de humanidad que puede llegar a alcanzar es el combate contra la inhumanidad.

(5) No se trata de la cuestión de si hay que ejercer el poder, sino de la cuestión de en qué dirección hay que ejercerlo. Los críticos de la prohibición plantean las cosas, casi sin excepciones, como si preexistiera un estado de paz social que sólo una prohibición legal vendría a perturbar. Se ven obligados a ello, porque sólo así funcionan sus argumentos. Si concedieran que, entre ejercer el poder y tolerar el ejercicio del poder no hay término medio, porque en los círculos contra los que va dirigida la prohibición rige un derecho consuetudinario que no es otra cosa que opresión organizada –y convertida en uso y costumbre— de las mujeres por sus maridos; si concedieran eso, resultaría patente que la liberalidad que tratan de demostrar esos críticos no es sino la ropa de abrigo que les permite decir que el tiempo está muy caluroso. Despojados de ese abrigo, se convierten en inopinados cómplices de una verdadera iliberalidad: la que rodea toda la vida cotidiana de las mujeres afectadas.

(6) Puesto que nos encontramos ante el desagradable hecho de que muchos críticos de la prohibición proceden del lado izquierdo, hay que insistir tranquilamente en lo siguiente: esos críticos se sirven de una lógica antiestatista libertariana o ultraneoliberal. Están en su derecho, obvio es decirlo. Pero habrá que recordárselo la próxima vez que, en cuestiones económicas, exijan más Estado.

(7) Los adversarios de la prohibición discursean de buen grado sobre las prohibiciones como último recurso. Tal vez tengan razón. Pero, precisamente por eso, ha llegado aquí la hora de una prohibición. Pues la sociedad, precisamente porque es mejor que las rancias estructuras del patriarcado musulmán, ha agotado sus medios. Durante las últimas décadas, Europa ha llegado tan lejos en términos de igualdad de género y emancipación de la mujer, que casi podría decirse que se está cerca de culminar la lucha contra los rudimentos del actual patriarcado. Pues bien; a quien precisamente ahora, y de modo harto consciente, emprende la dirección exactamente contraria y fuerza a sus mujeres a volver a ponerse velo, porque no soporta la hegemonía cultural de Occidente, no se le hará entrar en razón con seminarios académicos y entretenidas veladas de debate público. La idea de la prohibición sólo comoultima ratio es una abstracción, porque ningún crítico de la prohibición está en condiciones de indicar concretamente cuáles son los medios apropiados antes de recurrir al último.

(8) Muy preocupada se finge la entrañable opinión, según la cual las prohibiciones no sirven para nada. Lo que ciertamente –basta echar un vistazo a la historia— dista mucho de la verdad; pero eso apenas llamará la atención de unas gentes que en ningún respecto se dejan perturbar por los hechos y las circunstancias objetivas. Lo que estas gentes más bien hacen es expresar su deseo de que las prohibiciones no sirvan para nada. No lo saben, pero lo hacen.

(9) Las prohibiciones a medias no sirven para nada.

(10) La deficiente eficacia o aplicabilidad de las prohibiciones es un argumento carente de todo sentido. Por dos razones. Por lo pronto, debería estar claro que ninguna ley podría subsistir, si el criterio para la justificación de su existencia fuera el de la erradicación completa de aquello contra lo que esa ley está dirigida. El que la violación, pongamos por caso, estuviera prohibida, no ha cambiado nada en la circunstancia de que haya habido violación, porque en las situaciones en las que se dio hubo otras cosas de transfondo que la idea de una posible condena. Sin embargo, a nadie en su sano juicio se le ocurriría la idea de volver a despenalizar la violación. Pues las leyes tienen, en segundo lugar, no sólo una función práctica ligada a la persecución del delito; una sociedad expresa también, a través de esas leyes, dónde está y adónde quiere ir.

(Berlín, 1978) es un editor, crítico literario, escritor y lector alemán. Publica regularmente columnas de opinión en su blog Neuestes vom Parnassos.
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