Dicho sea suavemente

En el Londres de los años 20, con la lluvia siempre presente, Chesterton entró en una iglesia católica con la finalidad de protegerse de la lluvia. Pocos feligreses y el cura predicando. El autor, agnóstico militante, intentó seguir la predica siendo incapaz de dilucidar el sentido de la misma tal era la palabrería obtusa, insalubre y dudosamente racional del predicador. Aún más, estaba maravillado de que los orantes no abandonaran la iglesia cuando ya hacia rato que había dejado de llover. No daba crédito a lo que veía y ello le hizo pensar, en un arrebato místico, que esta era la religión verdadera;no había otra explicación.

De todos los grandes imperios en toda la historia de la humanidad, tanto los militares como económicos o religiosos, si acaso alguno ha tenido una presencia temporal tan longeva, con tan gran numero de adeptos y tan extensa geográficamente como el imperio católico.

En ello pueden confluir razones de verdad suprema o religión verdadera, pero también es muy posible que existan otro tipo de razones, más veniales e incluso pecaminosas, si por ello entendemos la praxis ajena y contraria a las enseñanzas del propulsor mediático de la misma. Picaresca, chantaje, uso de la fuerza y guerras, miedos eternos, finanzas alternas, olvidos presuntuosos, aunque también inteligencia y sabiduría, han perpetuado en el tiempo la presencia y el poder de la iglesia de Roma.

En los últimos años, estamos asistiendo a un despertar social de las conciencias de algunos problemas que han marcado la historia más reciente de la Iglesia.

Uno es la ignominia de la pederastia. Pocas cosas tan repugnantes como el uso y abuso del poder contra débiles e indefensos por parte de quienes debían servir de ejemplo. Son muchos, cientos, miles;una plaga divina ejecutada por deshumanizados actuantes militantes de una república bananera espiritual. Descansarán en ruinas que nadie visitará.

Pero con ser esto algo digno de sátrapas enjaulados en mentes animalescas, lo verdaderamente pecaminoso es el silencio de la institución, en todas las diócesis, a todos los niveles, incluyendo las más altas jerarquías. Quizás porque piensan que los mandamientos no dicen nada sobre la protección de los niños ante la crueldad, ni sobre los abusos infantiles o los genocidios;pueden pensar, incluso, que ello no es pecado. Maldición eterna a quienes de palabra, obra u omisión han permanecido en sus pedestales, capeando el temporal pensando que iba a ser de corto recorrido. Misma idiosincrasia, misma práctica encubridora.

Además de inmoral, es delito. Los causantes son delincuentes y debe ser la justicia humana quien juzgue y condene estos delitos, ya que la justicia divina está cataléptica, enfermedad de moda entre los guardianes del rebaño, constituyendo la omertá la dinámica habitual de (in)comunicación en esta dictadura bondadosa. No se pueden usar falacias arrogantes como el Concordato de 1979.

No solo por razones de Justicia, también por que la Ley del menor (2015) obliga a la Iglesia a comunicar a la justicia civil los casos de abuso sexual que conozcan. No existe justificación para explicar la crueldad, tampoco el silencio.

Diferentes organizaciones han solicitado que sea tratado como un crimen de Estado y juzgado por las Naciones Unidas. Es obligatoria la búsqueda de la verdad y la transparencia, pero también solicitar perdón y apoyar a las víctimas. Inténtelo, no es tan difícil y, en su jerga, serán perdonados.

El otro es la inmatriculación. Tales son las proporciones adquiridas, la magnitud de la misma, que la Iglesia (y quien sabe si algún particular) se ha convertido en la Inmobiliare de Don Corleone. Es una estafa el inscribir a su nombre bienes eclesiásticos y otros, cuando ellos no están a nombre de nadie (ley de 1946), sin tener que demostrar su propiedad. El expolio se estima en 40.000, solo en Navarra al menos 2.000. La mezquita de Córdoba o la Giralda de Sevilla están entre sus conquistas, pero la burbuja inmobiliaria incluye también la fuente pública o el cementerio de su población, plazas públicas, casas parroquiales y un sin fin de otros bienes (a veces, también privados). Su voracidad no tiene límites y este cuento de hadas es la representación de la impunidad en que han vivido bajo el dogma del todo vale.

Una nueva desamortización de los bienes de dominio publico debería estar incluido en todo programa electoral, antes de que el tema se enquiste y que la política de hechos se consuma. La Iglesia está en peligro y no por riesgo de herejías, ni por erratas en el dogma de la Asunción, ni por negación del dualismo hombre/dios, tampoco por augurios de hechicería;será por algo mas venial, mas de justicia humana que divina, por puro escepticismo. La convivencia debe ser en igualdad, sin privilegios, asumiendo el rol que la sociedad actual le concede. O catarsis o distancia irresoluble y ni siquiera un nuevo Concilio que impregne reformas estructurales concretas, con nombres y apellidos, será suficiente para detener la sangría.

La razón habla en voz baja, pero es muy insistente.

Ignacio Pérez-Ciordia. Sociólogo

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