Día de la Mujer

En el Día de la Mujer sería imposible hablar de todo el mal que las grandes religiones le han hecho específicamente a esta mitad del género humano. La han transformado en puerta de entrada del mal en el mundo, tentadora y seductora, bruja, débil de alma; la han puesto siempre última en la jerarquía que baja desde Dios Padre (nunca Madre); la han querido obligar a ser esclava y animal de cría y a elegir sin matices entre ser virgen o madre o ser llamada prostituta. Si quisiera darse una causa subyacente a la mayor parte de la miseria de las mujeres del mundo, sería una u otra de las múltiples religiones que pululan en nuestro planeta, y que son cimientos y puntales de culturas y sociedades donde las mujeres no tienen derecho a educarse ni a participar en el proceso político ni decidir sobre el sexo o la procreación.

Si les preguntamos, todos los líderes religiosos dirán que en su fe las mujeres son privilegiadas y especialmente favorecidas por sus dioses; algunos incluso dirán que su religión es la única que garantiza que el hombre y la mujer sean tratados como iguales en dignidad. Por cada afirmación de este tipo hay una realidad que la contradice y la transforma en una burla. En los países islámicos ser mujer es ser una ciudadana de segunda; en aquellos donde el cristianismo predomina, lo que las leyes (generalmente) ya no dicen, lo impone el peso de la tradición, proveniente de un pasado donde se tomaban como mandatos ciertas partes de las Sagradas Escrituras que hoy los creyentes más liberales prefieren pasar por alto.

Termino esta lista de generalidades con un ejemplo concreto, aprovechando para homenajear a Elizabeth Cady Stanton, que junto con un comité de mujeres feministas escribió y publicó a finales del siglo XIX La Biblia de la mujer. Un par de muestras bastarán:

La Biblia enseña que la mujer introdujo al mundo el pecado y la muerte, que precipitó la caída de la especie, que fue llevada ante el sitial de juicio en el Cielo, juzgada, condenada y sentenciada. El matrimonio debía ser para ella una condición de sujeción, la maternidad un período de sufrimiento y angustia, y en silencio y sometimiento debía jugar un rol de dependiente de la riqueza del hombre para todos sus deseos materiales, y para toda la información que pudiera desear sobre las cuestiones vitales del momento, le fue ordenado que le preguntara a su esposo en el hogar.

Y peor aún, sobre la mujer que defiende la religión que la oprime:

Tan pervertido está el elemento religioso de su naturaleza, que con fe y obras es el principal soporte de la iglesia y el clero: los mismos poderes que hacen su emancipación imposible.

Muchísimas mujeres negarían que este manifiesto de E. C. S. tenga validez hoy en día. Sin embargo, aunque los sacerdotes ya no griten estos juicios desde el púlpito, la tradición que formaron sigue transmitiéndose silenciosamente y propagándose de modos más insidiosos. El Día de la Mujer no es un festejo (no es para dar un feliz día, en otras palabras) sino una reivindicación y una advertencia para que (hombres y mujeres) sigamos luchando.

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